Chiara Lubich: el ideal de la unidad

Chiara Lubich es la fundadora del Movimiento de los Focolares, un movimiento eclesial presente en 182 países cuyo carisma reconocido por la Iglesia es la búsqueda de la unidad entre todos los hombres, para hacer realidad el deseo de Jesús que “Todos sean uno” (Jn. 17, 21).

El movimiento hoy cuenta con alrededor de dos millones de adherentes y simpatizantes, en su mayoría católicos, pero también miles de cristianos de 350 Iglesias y muchos fieles de varias religiones, entre los cuales hay hebreos, musulmanes, budistas, hindúes, e incluso personas de convicciones no religiosas.

Chiara nace en Trento el 22 de enero de 1920, es la segunda de cuatro hijos. Con 18 años obtiene el diploma de maestra de primaria. Un viaje, en 1939, será el punto de partida decisivo de su experiencia humano-divina:

«Fui invitada a un congreso de estudiantes católicas en Loreto –escribe Chiara-, donde está custodiada según la tradición, en una gran iglesia- fortaleza, la casita de la Sagrada Familia de Nazaret… Participo en un colegio en el curso con todas las demás; pero, cada vez que puedo, corro allí. Me arrodillo junto al muro ennegrecido por las lámparas. Algo nuevo y divino me envuelve, es casi como si me aplastara. Contemplo con el pensamiento la vida de los tres (…). Cada pensamiento me pesa, me estruja el corazón, las lágrimas caen sin control. En cada intervalo del curso, corro siempre allí. Es el último día. La iglesia está repleta de jóvenes. Me pasa por la mente una idea clara, que nunca se borrará: serás seguida por una legión de vírgenes».

El párroco le pregunta si en Loreto había encontrado su camino. La respuesta de Chiara es aparentemente (para él) una desilusión, porque la joven sólo sabe decirle cuáles son las vocaciones que no advierte como “suyas”, es decir aquellas tradicionales: ni el convento, ni el matrimonio, ni la consagración en el mundo. Nada más.

En 1943, mientras va a buscar la leche a un par de kilómetros de su casa, en lugar de sus hermanitas que no habían aceptado la invitación de la mamá porque hacía mucho frío, pasando por la localidad conocida como Virgen blanca, advierte, precisamente mientras pasa bajo el puente del ferrocarril, que Dios la llama: «Date toda a mí». Y el 7 de diciembre de 1943, a las 6 de la mañana, se consagra. Ese día, Chiara no tenía en su corazón ninguna intención de fundar algo: simplemente se “casaba con Dios”. Y esto era todo para ella. Sólo más tarde se le atribuyó a esa fecha el inicio simbólico del Movimiento de los Focolares.

 

En los meses sucesivos Chiara se encuentra rodeada de jóvenes. Algunas de ellas quieren seguir su mismo camino, y todo esto sucede a pesar de que el camino del focolar no estaba para nada definido, salvo por el “absoluto radicalismo evangélico” de Chiara.

En esos meses la guerra encrudece también en Trento. Chiara y sus nuevas compañeras se encuentran en los refugios antiaéreos cada vez que hay bombardeos. Es fuerte el deseo de estar juntas, de poner en práctica el Evangelio, después de aquella fulgurante intuición que las lleva a poner a Dios amor como el centro de sus vidas.

Chiara decía: «Todo es vanidad de vanidades, todo pasa. Pero, contemporáneamente, Dios ponía en mi corazón, a nombre de todas, una pregunta, y con ella una respuesta: “Pero ¿existirá un ideal que no muera, que ninguna bomba pueda hacer caer, por el cual valga la pena donar todo de nosotros?”. Sí, Dios. Decididamente decidimos hacer de Él el ideal de nuestra vida».

En el mes de mayo leen el Evangelio, como ya es su costumbre. Lo abren casualmente, y encuentran la oración de Jesús antes de morir: «Padre, que todos sean una cosa sola».

Es un texto evangélico extraordinario y complejo, es el testamento de Jesús, estudiado por lo exegetas y por los teólogos de toda la cristiandad: pero algo olvidado en aquella época, por ser misterioso para la mayoría. Y después la palabra “unidad” había entrado en el vocabulario de los comunistas, que en cierto sentido reclamaban el monopolio.

«Pero aquellas palabras parecían iluminarse una a una – escribirá Chiara-, y nos dejaron en el corazón la convicción de que habíamos nacido para “aquella” página».

Mientras se sucede la guerra, las familias de las muchachas en gran parte se ven desplazadas a los valles de las montañas. Pero ellas deciden permanecer en Trento junto con Chiara.

En un pequeño apartamento en la periferia de Trento nace el primer focolar. Las muchachas que viven allí tienen la impresión de que Jesús realice entre ellas su promesa: «Donde dos o más están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos» (Mt 18, 20).

«Pero para tenerlo con nosotros –explica Chiara a sus compañeras- es necesario estar dispuestas a dar la vida la una por la otra. Jesús está espiritualmente y plenamente presente entre nosotros si estamos unidas así. Él quien dijo: “Que sean también ellos una cosa sola en nosotros, para que el mundo crea”(Gv 17,21)».

El ideal de la unidad crece alrededor del mundo y comprende distintos ámbitos y «ramas»: jóvenes, niños, adultos, sacerdotes, consagrados, matrimonios, en distintas áreas profesionales como educación, salud, economía, política, artes, entre otras. Son además los impulsores de la denominada «economía de comunión».

Chiara muere el 14 de marzo de 2008, el funeral tiene lugar en la Basílica romana de San Pablo extramuros, El Secretario de Estado Tarcisio Bertone, enviado por Benedicto XVI, preside la misa. Lee un mensaje del Papa quien entre otras cosas, define a Chiara como una “Mujer de fe intrépida, dócil mensajera de esperanza y de paz”.

Resuenan las palabras que Chiara expresó un día: «Quisiera que la Obra de María, al final de los tiempos, cuando, compacta, se prepare a presentarse ante Jesús abandonado-resucitado, pueda repetirle: “Ese día, mi Dios, vendré hacia ti… con mi sueño más loco: ¡llevarte el mundo entre los brazos!”. ¡Padre que todos sean uno!».

Publicado originalmente en la revista FRAGUA del seminario diocesano de San Juan de los Lagos, Jalisco. 
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