Una rebelión mundial

De Praga a San Francisco, de Brasil a Alemania, el año de 1968 fue testigo de una rebelión mundial contra el autoritarismo. En Estados Unidos cientos de miles de jóvenes salían a las calles a protestar contra la Guerra de Vietnam y a exigir libertades y derechos políticos para los negros. En Checoslovaquia se vivía la “primavera de Praga”, una revuelta contra la opresión soviética. En París, millones de estudiantes y trabajadores se iban a la huelga y estuvieron a punto de derribar el gobierno de Charles de Gaulle en “el Mayo francés”. Los jóvenes tomaban las calles en Londres, Berlín, Tokio y Sao Paulo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, una generación de jóvenes había gozado del Estado de Bienestar y la expansión de la educación pública. Adquirieron conciencia política y reclamaron libertad. Libertad contra la opresión de la familia tradicional, contra los gobiernos autoritarios tanto en el Bloque Soviético como en el supuesto mundo libre capitalista. En México, 1968 representó la insurgencia juvenil: el Movimiento Estudiantil fue el mayor desafío al régimen conservador y autoritario, del régimen emanado de la revolución mexicana, que entonces encabezaba Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970).

La asfixia política recorría México. Un solo partido político, el PRI, ganaba todas las elecciones, y el resto de los partidos o eran comparsas de este —como el PARM—, eran fuerzas marginales —como el PAN— o estaban proscritas, como el Partido Comunista. Apenas una década atrás, en 1958, los trabajadores ferrocarrileros se habían levantado contra el sindicalismo priista y habían elegido a Demetrio Vallejo como su líder democrático. El gobierno, en respuesta, había encarcelado a más de 10 mil ferrocarrileros y a Vallejo lo mantenía en prisión 10 años después. A Rubén Jaramillo, antiguo oficial zapatista que se levantó en armas en 1953 y luego encabezó un movimiento por la tierra, el ejército lo asesinó al lado de sus tres hijos y su esposa embarazada en 1962. En la década de los sesenta, el ejército había invadido universidades en Michoacán, Puebla, Sonora y Tabasco. Se habían aplastado movimientos en Sinaloa, Durango y Nuevo León y estaba fresca la memoria de una ocupación militar de dos años en el Instituto Politécnico Nacional contra un movimiento estudiantil en 1956. El autoritarismo permeó todos los ámbitos de la vida, en el cine se censuraban las caricias y en las calles también: a una pareja de muchachos besándose la policía los llevaba detenidos. La televisión y la prensa sólo difundían noticias oficiales y le rendía culto a una figura semisagrada e intocable: el presidente de la república, que todos los días aparecía en las portadas de los diarios.

México vivía los últimos años de un despegue económico sostenido. Entre 1950 y 1970 el país creció entre 5 y 7 por ciento al año, lo que el mundo conoció como “el milagro mexicano”. Los centros urbanos se expandían y, con ellos, la población estudiantil: en 1960 había un estudiante universitario por cada 333 personas, en 1970 había uno por cada 125. En la capital las cifras eran más impresionantes, pasó de uno por cada 111 a uno por cada 66 en el mismo periodo. Los estudiantes eran por primera vez una fuerza de masas. Entre el 26 de julio y el 2 de octubre esos jóvenes protagonizaron el mayor levantamiento social en el México posrevolucionario.

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Consejo Nacional de Huelga. “Prensa corrupta”
Hoja impresa Cartel 36 x 23 cm
Archivo Ana Ortíz Angulo / http://www.ahunam.unam.mx
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