Razones sensibles

Existe un falso dilema que aparentemente asumimos de manera acrítica. Me estoy refiriendo a la idea de que los hombres somos mitad razón y mitad sentimiento o emoción, como si fuéramos, pues, un fruto dividido en dos mitades: una amarga y precisa, la otra dulce y vaga. Esta antropología simplista, de andar por casa, como se dice, es profundamente restrictiva; se trata de una dicotomía típica del pensamiento binario que nos empuja siempre a apostar por A o B, por blanco o negro, por día o noche, y así hasta el infinito. Como todas las alegorías, todo esto contiene un innegable valor pedagógico que reduce lo complejo a una medida humanamente asequible, tal como sucede con el mito o las parábolas; sin embargo, es necesario dar un paso al frente y tratar de complicar el pensamiento un poco más. Lo que quiero decir aquí es que la experiencia humana no es puramente instrumental, sino que implica elementos reactivos, no racionales, que en muchas ocasiones son decisivos en nuestra vida. Este binomio no describe una estructura tanto como una condición. Pensamos y sentimos al mismo tiempo; nuestras ideas son hijas de la experiencia sensible; nuestras emociones no serían humanas si no fuéramos capaces de expresarlas con palabras. Al decir el mundo es que lo sentimos, como una flauta que se deja atravesar por un viento que modula y ordena.

Hablo de todo esto porque creo que ahora mismo nos encontramos viviendo una época inclinada peligrosamente al mundo de las pasiones. Se trata de una suerte de neoromanticismo radical que nos impulsa a confundir la verdad con nuestros vértigos interiores; lo óptimo y deseable con nuestros más elementales caprichos. Yo vivo de la academia y puedo asegurar que nunca como hoy la idea de un pensamiento racional había sido objeto de tanta persecución y abierto desprecio. Todo esto lejos de ser anecdótico es profundamente peligroso: hemos endiosado nuestros prejuicios al punto de que no queremos comprender la realidad, ¡queremos que nos obedezca!

Las consecuencias de esta confusión trascienden la esfera de lo privado y hunden sus raíces en la plaza pública. Basta observar la pasión con la que la gran mayoría de las personas se confrontan por cualquier cosa, como si la vida les fuera en ello; un mínimo análisis racional nos liberaría de mucho sufrimiento innecesario. Es un mito que los apasionamientos nos justifiquen: la vehemencia nunca nos ha llevado a ninguna parte. No nacemos dando de gritos, lo aprendemos por el camino, en nuestra familia y nuestra comunidad; así que podemos desaprenderlo también -más nos vale-, asimilando nuestra lectura del mundo a un modelo más justo y más crítico. Creo que no hay país que pueda evolucionar sin que esta verdad, que no es otra cosa que la proporción y la prudencia, se incardine en lo más hondo de su pueblo.

“Pides mucho”, me dijo un amigo con el que hablaba de estas cosas. Yo creo que no, yo creo que lo que pido es posible y necesario.

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