El grito de nuestros niños y jóvenes


“¿De qué sirve que un niño sepa colocar Neptuno en el Universo si no sabe a dónde poner su tristeza o su rabia”.


José María Toro

Sócrates dijo que “no hay que considerar lo más importante el vivir, sino el vivir coherentemente”, esta frase me hace mucho sentido tras 20 años de ser psicóloga. En este tiempo he podido observar un cambio radical en la humanidad. Es curioso que no necesito salir a buscar la realidad, ya que ésta llega a mi consultorio todos los días, en cada rostro, en cada historia.

La gente me ha catalogado como especialista en niños y jamás he estudiado una especialidad infantil, pero estudié una maestría en filosofía y eso fue justo lo que me hizo psicoterapeuta.

Aprender de la naturaleza y la esencia del hombre nos da sustento para entender mucho más que su conducta, nos ayuda a entender su alma, lo digo con frecuencia.

Y es que tengo que reconocerlo, disfruto muchísimo platicar y filosofar con niños y adolescentes. Uno de mis grandes proyectos ha sido el trabajo de filosofía con niños y adolescentes; no es fácil conectarse con ellos y entrar en su mundo, pues su forma de ver la realidad, a diferencia de un adulto, es muchas veces más auténtica y cercana a la verdad. Es lamentable que el paso del tiempo, los mecanismos de defensa y el entorno nos hacen perder esa capacidad.

El suicidio de un menor de edad ha removido mis sentimientos más profundos. Deseo, quizá desesperadamente, lanzar el mensaje urgente de que los niños sufren y no son escuchados, pero al parecer los adultos, al igual que a ellos, no parecen escucharme.

Hace tiempo leí un artículo sobre el suicidio de una niña de 10 años en Colombia y fueron sus amigas quienes lanzaron la hipótesis de que sufría maltrato continuo por sus bajas calificaciones y que sentía que sus padres no la querían como a sus dos hermanas. Para completar el panorama, los encabezados de los diarios recordaban que “más niños padecen trastorno emocional”.


Carl Honoré en su libro Bajo Presión,como educar a nuestros hijos en un mundo hiperexigente nos plantea que, según la ONU, uno de cada cinco niños sufre de algún desorden psicológico y la OMS calcula que en 2020 las enfermedades mentales estarán entre las cinco principales causas de muerte o discapacidad de los jóvenes.

En Gran Bretaña un adolescente trata de suicidarse cada 28 minutos. Lo adolescentes japoneses, en vez de acabar con todo se retiran a sus cuartos y se niegan a salir durante semanas, meses o incluso años seguidos.

En otras partes del mundo los universitarios sufren crisis nerviosas como no se había visto jamás. Hace una década, el motivo más habitual para visitar al asesor del campus eran los problemas con el novio o la novia, hoy lo es la ansiedad.

Steven Hyman, catedrático de neurobiología, ex director del Instituto Nacional de Salud Mental estadounidense y rector de la Universidad de Harvard declara que la salud mental de los universitarios norteamericanos se halla enun estado tan lamentable que “interfiere en la misión central de la universidad”.

Lo que observo constantemente son adultos alienados en el trabajo, en la desesperación de conseguir la famosa “calidad de vida” que aparentemente no consiste en bienes materiales, aunque insistimos en ello y así creamos vacíos que se hacen cada vez más grandes.

Veo niños solos, abandonados a su suerte, en escuelas donde lo primordial es prepararte para el consumismo, la productividad y la alienación y a eso agreguemos que ya no hay referentes espirituales ni valores concretos, al quedar como únicos “arquitectos de nuestro destino” desde temprana edad. Las herramientas para sobreponernos se nos acaban con mucha facilidad y son los niños quienes carecen terriblemente de ellas.

Un pequeño me dijo un que veía el mundo “apocalíptico”, por que como bien dijo Sócrates, la coherencia para ellos es básica y desgraciadamente no es lo que observan a su alrededor.

Los maestros expresan su preocupación ante la indiferencia de los adultos. No quiero ser dura, pero si el mundo no es atractivo para nosotros ¿qué le espera a un niño? No traer niños al mundo no es la solución ante un mundo que puede parecer podrido, sin embargo, para nosotros los adultos vivir coherentemente tal vez ya no es una prioridad y nos adaptamos sin problema únicamente a vivir apocalípticamente.

Constantemente llegan al consultorio niños y adolescentes con síntomas de estrés, síndrome de ansiedad, insomnio, irritabilidad en el carácter (neurosis), problemas alimenticios, dolores físicos y somatizaciones. A veces hay casos extremos de depresión o ideas e intentos de suicidio.

Con mayor frecuencia hay niños multitareas, que realizan un horario intenso en el colegio y llegan a casa a realizar deberes y aun así cumplen con una serie deactividades extraescolares: clases de idiomas, de música, pintura, ballet, karate y la lista no parece terminar.

Cuando cuestiono a los padres el por qué de semejante estrategia la respuesta es insólita: “brindarles las mejores herramientas para el desempeño laboral”. Y entonces me preocupo enormemente, porque psicológicamente los niños necesitan desarrollar habilidades de niños, de seres en desarrollo que abrazan y se asombran con lo que la vida les presenta y que implica su propio método y lenguaje, y entre ellos tenemos el juego, la fantasía y, por supuesto, el interés. 

Despertar el interés de un niño es un reto, si algo no le interesa dudo que le pueda significar algo. Para los niños no existe el futuro, viven el presente, y no pueden aprender algo con la justificación de que en el futuro les será de utilidad.

Si hablamos de conocimientos, pues necesitan estar acompañados de una experiencia para “introyectarse” para siempre en sus vidas. Es en el interés y la forma en que enfrenten lo que ahora les importa lo que sacará a la luz lo que ya son y las habilidades que poseen. No necesitamos transformarlos ni depositarles cosas como si fuesen buzones o alcancías.

La pregunta es si todo lo que se les está enseñando a los niños es lo que realmente necesitan para crecer y enfrentar la vida. Niños, adolescentes y adultos cuentan con grandes vacíos emocionales y espirituales y al final no son una prioridad.

Los estemos poniendo en riesgo, generándoles preocupaciones que rebasan su madurez y se salen de la realidad, porque su realidad implica la responsabilidad de recoger sus juguetes, de lavarse los dientes, ser autosuficientes y cumplir con sus deberes siempre y cuando encierren un significado.

La vida laboral es incierta no hay empleos ni trabajos seguros y el desempeño académico no es garantía de éxito. Veo a niños con diplomas, medallas y calificaciones perfectas, con diversos síntomas mentales y emocionales con los que si no hacemos algo ahora no sé en qué puedan terminar.

Necesitamos establecer relaciones, construir vínculos, enfrentar la frustración, el miedo, el fracaso, tomar decisiones acertadas es lo que al final definirá si los niños y jóvenes lograrán disfrutar y enfrentar la vida.

Un estudio demostró que los prisioneros de máxima seguridad pasan más tiempo al aire libre que los niños y otro que nuestra generación de adolescentes serán los mayores ineptos para la supervivencia. Esto da qué pensar.

Hagamos conciencia sobre nuestras vidas y lo que estamos haciendo con los niños. Simplemente acompañémoslos a vivir.

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