Navidad es desear

“Navidad es añorar, añoranza con palpitar de súplica”

Postrada como estaba, cansada del cuerpo y afligida en el espíritu, Clara se aferraba a un deseo que le calentaba el corazón no obstante sus pies fríos marchitos por el peso de los años y la enfermedad: quería celebrar navidad de manera diferente, única. Más allá de escuchar la voz de sus dolores del cuerpo que le hablaban claramente en su lecho pobre que se había convertido en su único lugar posible ya desde hacía no pocos años. Inmóvil y enferma, se había resignado a estrechar aún más su aceptada y profesada clausura a un reducido espacio dentro del dormitorio común del antiguo monasterio de San Damián. “¡Una navidad diferente!”. Se repetía a sí misma con ansía fervorosa como quien sabe de una última vez en este mundo. Ese año de 1252 el hielo invernal daba un brillo especial al Asís de la mítica Umbría, Italiana.

El deseo de su corazón no era más que una continuidad de su forma de vivir. De la herencia recibida de Francisco. Del amor que muta creciendo en los que no se cansan jamás de amar. “¡Un navidad única!”. Se repetía ya a sí misma, ya en la oración.

Entre los quehaceres del delicado bordado recordaba las narraciones de los frailes que por más de 27 años traían a la memoria en esa fechas lo ocurrido en la comarca de Greccio. Francisco había tenido el mismo deseo que llevó a la realidad con el suceso histórico de la representación plástica y sacramental del misterio del “Emmanuel”. Gracias a él y a ese deseo surgió el primer pesebre. Desde aquella navidad, Clara llevaba en su interior esa misma inquietud, latía igual que su corazón durante aquellas entrevistas escondidas con Francisco antes de su renuncia familiar. Las cosas que marcan la historia deben nacer en la inquietud. De una ilógica inquietud.

En la tarde previa al día a la fiesta de navidad, se sentía turbar el silencio monacal con los agitados pasos de las monjas que se preparaban a la vigilia. Clara iba y venía entre el sueño y la luz que se extinguía poco a poco. Después, silencio.

Nos cuenta Fray Tomás de Celano, biógrafo oficial:

“En aquella hora de la Navidad, cuando el mundo se alegra con los ángeles ante el Niño recién nacido, todas las monjas se marcharon al oratorio para los maitines dejando sola a la madre, víctima de sus enfermedades. Ella, puesta a meditar sobre el niñito Jesús y lamentándose porque no podía tomar parte en sus alabanzas, le dice suspirando: «Señor Dios, mira que estoy sola, abandonada para ti en este lugar». Y he aquí que de pronto comenzó a resonar en sus oídos el maravilloso concierto que se desarrollaba en la iglesia de San Francisco. Escuchaba el júbilo de los hermanos salmodiando, oía la armonía de los cantores; percibía hasta el sonido de los instrumentos. Pero, sobre todo, lo que supera a este prodigio de audición es que la santa mereció también ver el pesebre del Señor.”

( LCl [Leyenda de Santa Clara], 29)

            El acontecimiento de la “televisión espiritual” como ha llamado la Iglesia al prodigio concedido en aquella noche especial a Santa Clara, es la corroboración de la belleza y la bondad de una inquietud devota. El placer de Dios hacia los deseos que nacen latiendo al ritmo de su voluntad y guiados por lo sabroso de su misterio. Vista y oído vueltos al “niño de Belén”, del que tantas veces le habló Francisco aun relamiéndose los labios cuando pronunciaba las dulces palabras de la frase simple que lo describía ( 1Cel [Vida primera], 87), como si después de aquella navidad de 1223 hubiera quedado untada en toda su piel por el resto de sus años. Francisco le había transmitido a Clara todo lo experimentado –con los sentidos y el alma- en el pesebre viviente y sacramental del Greccio en modo que la Santa de Asís jamás separó el acontecimiento de Belén con el del Calvario. Entendía a Cristo desnudo e indefenso al nacer, como despojado de todo y humillado antes de morir. Todo Él; Dios desnudo y hombre resplandeciente escondido en el pan sacramental.

Fue la última navidad vivida en la tierra para Clara, una navidad sin comparación alguna. El deseo de su corazón fue escuchado y favorecido a manos llenas. Le fue concedido ver y oir, observar y escuchar, participar pues. Nuestras navidades hoy en día pierden cada vez más esta noción del deseo. Se nos enseña a desear desde niños cosas materiales que –imprecisa o erróneamente- desarrollan una idea materialista del tiempo de la navidad. El exceso de festejos, la publicidad desmedida y los periodos merecidamente vacacionales han conducido la navidad por rumbos distintos al deseo verdadero de contemplar el misterio del Dios humilde nacido para todos. Santa Clara nos dejó un mensaje simple: navidad es desear.

Cualquier persona sin deseo, creyente o no, se vuelve un fantasma en el mundo. La Navidad es en sí misma un ejercicio de introspección. Es un acto humano; necesario e imprescindiblemente humano. ¡Hasta las religiones o ideologías sin el Dios encarnado tienen sus “navidades”… o desean tenerlas. Se las procuran. Ser cristiano y no desear es casi como no serlo, su negación. Navidad es sentirse orgulloso de ser humano y ayudar con mi paz a los demás a estarlo.  Navidad es añorar, añoranza con palpitar de súplica. Desear a Dios. Añorar conocer su misterio. Suplicar lo imposible.

¡Una navidad diferente en sus corazones!. Mis deseos.

“…o la resonancia de aquella solemnidad había sido amplificada hasta ella por el divino poder, o su capacidad auditiva le había sido reforzada más allá del límite humano.” (LCl. 29)
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