Los santos inocentes franciscanos

«¡Ahora puedo decir con verdad que tengo cinco hermanos!»

No es la primera vez que se ha dicho lo que diré ahora, y si lo digo no es por otra cosa sino para expresar no una novedad, sino una convicción personal. El franciscanísmo fue en su origen –y con todo, lo sigue siendo- una evolución del cristianismo. “Evolución” en el sentido de regreso a la raíz y rescate consciente de lo esencial. Evolución que se debe entender como ir adelante en el sentido continuidad pero aferrándose al mismo ideal que defenderá con esmero y frenesí.

Por este lazo esencial sigue en boga aquello de que Francisco de Asís fue y sigue siendo el Alter Christus, no obstante las cantidades infinitas de santos que después le siguieron en propuesta de modelo de vida para la cristiandad. Esta “mancuerna” cristianiasmo-franciscanismo tiene no pocas coincidencias históricas, teológicas y de ideales, incluso fantásticas. Servirían varios libros para describirlas –al menos las que yo he detectado-, una de estas versa sobre la fiesta litúrgica de hoy.

La matanza de los santos inocentes (Mt 2, 13-18) como recuerdo memorial celebrado dentro de la atmósfera navideña debe ser también tenido en cuenta como un hecho histórico, no obstante las dudas que los biblistas han expuesto en torno a este suceso evangélico. Asesinados sin conciencia y sin voz, los infantes caídos por la intransigencia y la envidia de Herodes son los primeros que derraman la sangre por la causa de Cristo. Un Cristo que ni a ellos les fue predicado, ni mucho menos conocieron. Masacrados y sin lamento, aquellos pequeños han sido semilla de inspiración para tantos que protestando de ese mismo Cristo no lograron despreciarlo como deseaban y lo hicieron arte y poesía, música incluso, so pretexto de la libertad y laicidad del arte y la expresión artística toda. Admiración devocional, al fin.

Nosotros franciscanos, como comunidad cristiana, también tenemos nuestros “santos inocentes”. Basta ir atrás en la historia, justo a los orígenes de la Orden. Aun en vida de Francisco, cuando el ideal y lo carismático marcaban el ritmo de los días, de los procederes apostólicos y los sueños de cristianismo puro. Aquella vez que, él, Francisco, movido por el  santo empuje de su devoción desmedida deseó predicar en tierras no cristianizadas. Su deseo, se sabe por las fuentes biográficas, no fue posible por cuestiones de gobierno. Sin embargo, lleno de sentido paternal y con una fuerte convicción de trascendencia de aquel deseo suyo,permitió se realizara aquella noble e intrépida misión a Marruecos en 1220.

Fueron Berardo,Pedro, Acursio, Adyuto y Otón, frailes valerosos y formados por el mismo padre san Francisco, quienes contagiados de ese mismo espíritu misionero emprendieron camino hacia una aventura totalmente riesgosa y desconocida. El desenlace lo sabemos: esa misión inició con 5 hermanos valerosos y concluyó con 5 mártires. Los primeros “verdaderos hermanos menores” según lo gritó el mismo Francisco cuando se le dio la noticia de su deceso en manos de los musulmanes.

Son sin duda, nuestros “santos inocentes”, no sólo por la primacía en orden cronológico de su martirio, menos por tal elogio que merecieron del fundador y padre al llamarlos “hermanos verdaderos”. Santos inocentes por motivo de aquello que impulsaron y cambiaron sin jamás haberlo pensado ni menos deseado. Gracias a estos cinco, consta que Francisco permitió los estudios a los hermanos. Esto porque, aunque existen fuentes importantes que describen a detalle todo el Passio de estos héroes, todo parece indicar que a estos ni siquiera se les concedió predicar a los infles musulmanes sino que, por no saber la lengua árabe, ante la imposibilidad de comunicación les fue arrancada la vida sin piedad por considerarse enemigo a todo aquel que irrumpiera en aquellos terrenos. Se sabe también que el suceso causó revuelo entre los musulmanes debido a los pactos de paz y hermandad que –a su forma- establecieron Francisco y el gran sultán apenas unos meses antes de su estancia en aquellas tierras. Podemos asegurar más aún que, como sabemos, la caravana de los restos mortales, hechos reliquias andantes que fueron contemplados por el joven Fernando en Lisboa, capital de Portugal, y que esta experiencia fue el santo impulsó que cambió radicalmente la opción de vida de este para pasar de ser agustino para convertirse en franciscano al que conocemos como Antonio de Padua. Todo esto, en las “navidades” del franciscanísmo, cuando aún no terminaba de nacer a este mundo de la época tan necesitado de su noticia cristiana renovada y posible.  Por eso esta fecha del 28 de diciembre está hermanada con aquella otra del 16 de enero, día en que recordamos a este grupo de mártires.

Altar principal de “Chiesa Nuova” en Asís. Construida sobre la casa paterna de san Francisco. A la derecha la pintura del martirio en Marruecos.

Santos inocentes porque, mudos reforzaron el ideal primero franciscano: dar la vida por Cristo, o sea vivir su evangelio hasta las últimas consecuencias. Santos inocentes porque persiguiendo la luz de la fe les fue dada la oscuridad de la crueldad humana mediante el fratricidio expresión de las tinieblas del ser del hombre. Santos inocentes porque sólo sus madre los lloró. Francisco que entre lágrimas les adjudicó el estatuto del “fraile verdadero”, quedando al descubierto todo intento o imitación falseada del ideal. Y, Tan los lloró sólo su madre que,sabemos con certeza, no fue interés de la Orden el promover su canonización oficial porque los empeños en aquellos años posteriores al martirio andaban por otros rumbos, como ha ocurrido no pocas veces en nuestros ya más de 800 años de historia.  Santos por intrépidos, e inocentes por inspiradores. Mártires de Cristo en la navidad fecunda de la comunidad franciscana.

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