Las tentaciones del caos

No son pocas las veces que, en medio del día, caminando o a punto de dormir se nos presenta una angustia nueva: sentimos la imperiosa necesidad de abandonarlo todo, prenderle fuego a la rutina, empezar de nuevo. Lo que hacemos cotidianamente adquiere una apariencia gris que no podemos digerir más; entonces la inapetencia se nos vuelve ira, desprecio, ganas de salir corriendo en la dirección contraria. Suponemos, en esto el cerebro es muy eficiente, que estamos perdiendo el tiempo en todo aquello y que en algún otro lugar nos está esperando algo mejor. Corrijo, no solo algo mejor sino algo específico para nosotros; de tal manera que seguir haciendo lo que hacemos, deducimos, es una absoluta pérdida de tiempo. Cedemos pronto y nos convencemos de todo aquello que ha salido de la nada, que no se sustenta de ninguna manera y terminamos por renunciar.

Las renuncias ocurren mucho más por aburrimiento que por cansancio. Abandonamos cualquier proyecto porque no nos ha dado los frutos que queremos, porque la proporción entre el trabajo y el reconocimiento no es lo que esperamos; y he aquí que podemos ver con claridad cuál es la raíz de nuestra volubilidad: la impaciencia. No se trata de algo casual, qué va, sino de algo inoculado, algo que ha sido programado por un sistema social basado en la rapidez del ciclo económico. Hay que vender más y más rápidamente. La manera en que eso se puede conseguir pasa por la dispersión: la oferta de posibilidades de consumo es aplastante, así como las doctrinas de una felicidad que siempre sinónimo de satisfacción inmediata. Hay que invadir el sistema nervioso central de la persona, obligarlo al demencial autoerotismo del consumo bulímico: comprar, desechar, aspirar y comprar de nuevo.

Este mecanismo afecta no solo nuestras prácticas económicas, sino la manera en la que le atribuimos un sentido a nuestras vidas. Somos porque nos ven, porque nos reconocen, porque aquello que hacemos es consumido por los demás pagando la moneda más valiosa de todas cuantas existan hoy en día: la atención. La indiferencia virtual es hoy en día el encefalograma plano de la vida pública.

Yo creo que nadie puede escapar de esto si no se afirma en convicciones sólidas sobre el carácter trascendente y único de su persona. La liberación de estos yugos infames requiere certezas interiores, humildad, prudencia y un gran amor por sí mismo y por los demás. Recuperar el mundo de la vida simple sin menoscabo de la paz interior.

El ruido social es tanto que resulta casi imposible escucharnos y el caos es la tentación de arrojarnos a una totalidad que no nos concierne de ningún modo. La salud de la mente, es decir, la salud de espíritu requiere desacelerarnos, concentrarnos y, sobre todo, aceptar con sabiduría nuestros límites.

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