La filosofía y el artículo tercero constitucional

Una de las promesas irrenunciables de la Cuarta Transformación es emprender una reforma educativa que reemplace el modelo educativo anterior por uno nuevo, uno que responda a los ideales más altos y a los valores más fundamentales del cambio que vive México.

La nueva reforma educativa no puede ser cosmética, no puede ofrecer más de lo mismo con otro ropaje. 

No puede quedarse en la eliminación de la evaluación punitiva de los maestros, incorporada de manera artera en el artículo 3º constitucional. Tiene que ir más allá, mucho más, llegar a la pregunta por el sentido más profundo de la educación pública. 

El modelo educativo que ha imperado en México durante las últimas dos décadas puede calificarse como neoliberal. No me parece equivocado este epíteto. La principal preocupación de ese modelo es formar los individuos que requiere el desarrollo económico del país. No aspira formar ciudadanos ni construir una nación, sino únicamente formar trabajadores eficientes y construir un mercado local integrado de manera exitosa al mercado internacional. 

Fue así que se impuso en el sistema educativo, desde el jardín de niños hasta la universidad, el modelo pedagógico de las competencias. Se trataba de hacer que el alumno fuera competente en esto y aquello: en expresión escrita, matemáticas e inglés como segunda lengua, etc. Lo que necesitaba México, se argumentaba, era formar individuos con esas competencias para que el país pudiera avanzar en su desarrollo económico. 

Un requisito del modelo neoliberal era tomar control de la dimensión magisterial del proceso educativo. Si de lo que se trataba era de organizar la educación como una enorme factoría de producción de individuos competentes, el trabajo de los maestros tendría que ser supervisado y evaluado como si fueran los obreros de esa factoría. 

Nuestra crítica al modelo neoliberal no consiste en negar que el sistema educativo deba formar a individuos con las competencias para poder integrarse al mercado de trabajo nacional e internacional. Lo que se le critica es que ponga eso por encima de otras aspiraciones legítimas de la educación pública, como la de formar los ciudadanos de una democracia robusta, de una sociedad más libre y más justa. 

No debe extrañarnos que el modelo neoliberal de la educación —que predomina en la mayoría de los países desarrollados— quiera eliminar a la filosofía de los planes de estudio. Desde esta perspectiva, la filosofía ocupa un sitio en el currículum que debería ser ocupado por otras disciplinas más útiles, como la computación o la contabilidad. 

En México, durante el gobierno de Felipe Calderón, se intentó eliminar no sólo a la filosofía sino a las humanidades enteras del sistema de educación media superior. De no haber sido por la heroica lucha del Observatorio Filosófico de México, los jóvenes mexicanos no estudiarían ni ética, ni lógica, ni estética en los bachilleratos nacionales. 

¿Sirven estas asignaturas para mejorar las condiciones laborales de esos jóvenes? Yo diría que sí. Que les sirven de mucho. Pero incluso si concediéramos que no tienen un beneficio económico directo, tienen otro tipos de beneficios que aunque no sean medibles, no son, por ello, menos reales. 

La enseñanza de la filosofía y de las humanidades abre un horizonte a los niños y a los jóvenes, que hace que su vida tenga una dimensión más ancha y más profunda. ¿Y no es eso, acaso, lo que todos queremos para nuestros hijos?

En estos días se están celebrando audiencias públicas en la Cámara de Diputados con el propósito de recabar opiniones sobre la reforma educativa. 

El Observatorio Filosófico de México y otras agrupaciones afines están solicitando que en la nueva redacción del artículo 30 constitucional, se incorpore la enseñanza de la filosofía y de las humanidades, como un requisito de la educación impartida por el Estado. Se pide, además, que el Estado se comprometa de manera explícita con el apoyo a la investigación que se realiza en ese campo. 

Esta petición puede ser apoyada por cualquiera. Estimado lector, le pido que le haga saber a su representante ante la Cámara de Diputados que usted también piensa que la educación que se merecen los mexicanos, todos y cada uno de ellos, debe ser una educación con una orientación filosófica y humanística. 

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