El bálsamo del perdón

Homilía correspondiente al domingo VII del Tiempo Ordinario, ciclo C.

La estatura que los discípulos de Cristo estamos llamados a alcanzar es muy alta. Tan alta, que a veces puede parecernos imposible. Avanzamos en la vida bajo el riesgo continuo del abuso, la violencia y el odio. Podemos ser víctimas de atropellos y de la maldad ajena. Pero la honestidad nos hace ver que también nosotros participamos en una tensión que perjudica la relación humana por medio de nuestros propios gestos de maldad, de nuestra propia agresión y prepotencia. Sucede en otras ocasiones que nuestra pasividad o la inercia termina por volvernos cómplices del ambiente hostil que respiramos. En este marco, el Evangelio nos lanza el desafío del perdón, que no consiste en la dejadez o la ceguera ante la maldad, sino que le otorga a las heridas la única auténtica medicina que puede sanarlas.

El episodio narrado en la primera lectura describe a David cumpliendo un acto de perdón que trasluce también su piedad. Antes de que fuera rey, había sufrido de parte del rey Saúl una persecución envidiosa, fracturando una relación que había sido buena no sólo con él, sino con su familia. De hecho, el joven David había prestado importantes servicios al legítimo gobernante. Sembrada, sin embargo, la desconfianza en el rey, terminó por desencadenarse una guerra entre sus bandos. El pasaje de la Escritura nos da cuenta del momento en que Saúl duerme entre los carros de su cargamento, y queda a merced de David. Estaba ahí, frente a él. Podía matarlo y resultar triunfador. Ese es, además, el consejo que su propio compañero le propone. La mano vengadora, sin embargo, se detiene. David decide, por una parte, no entrar en la secuencia mezquina que devora las buenas intenciones. Y el texto nos refleja, además, que lo hizo no sólo por un hondo sentido de justicia humana, sino también por el respeto que la autoridad, en cuanto tal, le merecía. Saúl era el ungido del Señor. Sólo cogió la lanza y el jarro de agua de la cabecera, como un signo, y se retiró. Pudo así después volver, para dar la cara a Saúl y hacerle ver la injusticia que había cometido. Su sentencia final es impecable. “El Señor le dará a cada uno según su justicia y su lealtad, pues él te puso hoy en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor”.

El Evangelio de Jesucristo, lejos de proponernos un gesto semejante como ejemplo de noble heroísmo, propone que la disposición al perdón se convierta en la norma de vida ordinaria de la comunidad de sus discípulos. Son muchas las palabras que emplea para retratarnos a los gestores del mal: los enemigos, los que nos aborrecen, los que nos maldicen, los que nos difaman, los que nos golpean, los que nos roban. Y ante ellos se proponen actitudes distintas, que no quedan en la defensiva, sino se lanzan hacia delante, a una ofensiva pero caracterizada por la misericordia: amar, hacer el bien, bendecir, orar, adelantar el flanco débil y regalar. Estos sentimientos y estas actitudes y acciones no significan la negación de la justicia. No son el pretexto para rendirse ante las maquinaciones del perverso. Son la custodia del corazón para que el mal sufrido no nos arroje a la violencia o a la desesperación, volviéndonos peores que quienes nos han hecho el mal. Se trata, más bien, de la conquista del propio corazón, para volverlo capaz de entrar en una lógica distinta, que no es sino la lógica de Dios. Él es bueno aún con los ingratos y los malos. Perseverar en la bondad ante el mal sufrido es un reflejo de la bondad de Dios mismo. Así realizamos nuestra condición de hijos del Altísimo.

Pero la generosidad que el buen Padre del cielo nos quiere participar llega más lejos. Aún en acciones buenas puede esconderse un interés egoísta. Si amamos sólo a los que nos aman y hacemos el bien sólo a aquellos que de alguna manera nos pueden corresponder, ¿qué hacemos de extraordinario? Si sólo prestamos a quien sabemos que nos va a pagar, ¿qué tipo de gratuidad entendemos? Una bondad calculada y ventajosa no se parece a la divina. La bondad de Dios se expande por encima de nuestras previsiones y nos mueve también a ensanchar el corazón. El pecado del orgullo no consiste en la sana autoestima, sino en el bloqueo que imponemos al desbordamiento interior. Amar a los enemigos y hacer el bien sin esperar recompensa son disposiciones en las que la principal conquista es sobre nosotros mismos. El mismo Jesús, cuando fue injustamente abofeteado encaró a quien lo hizo preguntándole por qué lo había hecho, si había hablado bien. El perdón no es dejadez, sino una actividad interior creativa y positiva, que nos eleva al nivel de la misericordia divina.

Sobre Adán, nuestro padre, por quien llegó a nosotros la vida en la carne, se eleva Jesús, el hombre celestial. Del primero heredamos, ciertamente, el orden terreno en el que nos seguimos moviendo. Pero del segundo recibimos el don supremo del Espíritu Santo, el que nos hace hijos de Dios. Tal es la estatura que se nos entregó como código genético en el bautismo. Amemos en Cristo. Perdonemos en Cristo. El Espíritu nos habilita. Vivamos como buenos hijos del Padre misericordioso.

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