Si Marie Kondo viniera a mi casa

“Quédate con lo que te da alegría” es código para “reflexiona sobre toda la porquería que acumulas”. Marie Kondo, la gurú del orden, autora convertida en estrella de Netflix, cree que a través del orden podemos alcanzar la felicidad. Es una idea muy bonita y muy utópica, pero que se adapta poco a nuestra cultura: llena de apegos disfrazados de recuerdos, de duelos no superados vestidos de “cosas”.

Si Marie Kondo viniera a mi casa tendría que saltar algunos obstáculos para poder “saludarla”. Pero, primero, mi mamá le ofrecería un vasito con agua o un refresquito. Un cafecito. Me mandaría a la tienda por unas Galletas María o un Panqué de Nuez de Bimbo. Sacaría la vajilla antediluviana que tiene desde que se casó. La invitaría a sentarse en la sala blanca con dorado que tiene desde que se casó y le presentaría todas las decoraciones navideñas que saturan la estancia. Sería 1987. Marie Kondo vería que tenemos una consola de tv-radio-torna discos que encima tiene un montón de muñequitos armados de las colecciones que vienen los domingos en el suplemento del periódico sobre “las naciones del mundo”.

Tendría que hincarse a hacer su “saludo” a nuestra casa en un tapete dorado con naranja y café rodeado por macetas con follaje. Si fuera finales de noviembre, “la” Marie Kondo sería acompañada por -lo menos- una docena de adornos o juguetes, cojines y decoración navideña. Al fondo vería nuestro árbol dorado de Navidad adornado con cien mil figuritas de estambre y esferas de muchos colores, con un nacimiento de 50 piezas colocado en forma de “aldea” sobre una construcción nada sencilla de cajas de cartón forradas con paxtle y luces tintineantes.

Mi papá le enseñaría primero las fotos (ojo, recuerden que eso se ordena al final del método KonMarie). “Aquí está el primer Volkswagen, me lo dieron por ser el mejor vendedor de la agencia en Patriotismo. Esa es mi hija mayor, la llevábamos a clase de flamenco desde chiquita”. “Estos son mis diez hermanos con mis papás… esta otra es de los nietos más grandes. ¡Ahora somos casi 100!”.

Mi mamá traería cafecito con el pan que me mandó a comprar y le preguntaría si quiere escuchar los discos que grabó mi abuelo. “Todo un tenor”. “Hace dos años le dio una embolia. Ocho días después del temblor. Nosotros vivíamos en Tabasco. Imagínate la preocupación”. Dos horas de plática después sobre el temblor, el PRI y Pemex, la perfecta cortesía de Marie Kondo seguramente ya llegó a su fin.

¿Tirar la chambrita de mi hermana mayor, diez años mayor que yo, que no usó nadie más que ella, pero que la tejió alguna tía abuela a la que ni apreciamos, pero que es toda una artesanía porque era buenísima con el gancho, antes de que le diera artritis? Jamás en la vida.

¿Qué vamos a hacer si vaciamos el baño del fondo del patio, en donde tenemos los triciclos, las rejas de Orange Crush y la escoba vieja que está esperando al siguiente cumpleaños para que se use como palo para romper la piñata?

En México, donde guardamos el auto desvielado “por si algún día junto para repararlo” y la ropa talla 6 “porque me voy a poner -ahora sí- a dieta”, ese sistema es una afrenta a nuestros usos y costumbres. Nuestros valores e identidad.

Marie Kondo: 30 libros en la casa es una nimiedad. Te reto a que intentes que un abuelo mexicano tire talegas del Libro Vaquero o del Selecciones Reader’s Digest que viene juntando desde la década de los 70. ¿Quedarnos con lo que nos da alegría? Pregunta a cuántas mujeres les da “alegría” tener en su closet su vestido de novia, aunque ya estén divorciadas. Nos da felicidad tener La Leyenda de Tarzán en formato Beta, porque nos recuerda tiempos mejores. Nos da emoción el costal de Barbies descabezadas o despeinadas, porque nos hace sentirnos niñas de nuevo. No, mi Marie, aquí la tendrías bien difícil nada más convenciendo a una mamá a tirar los botes de yogurt y mayonesa donde almacena frijoles refritos y botones. Mejor invéntate otro método “a la mexicana” y te esperamos con el cazo de carnitas y las coronitas bien frías. Así no, Marie Kondo, así no.

*Digo las mismas cosas pero diferente en Twitter @ireriherrera y en IG @ireriherrera.

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