Golpe de finitud

En algún momento de nuestra infancia nos golpea de pronto la consciencia de que algún día hemos de morir, aunque quizá esa consciencia se centre primero en aquellos que están a nuestro alrededor, principalmente nuestros padres, para después recaer en nuestro propio ser. Ese momento representa el instante en que nos empezamos a hacer conscientes de nuestra finitud y contingencia, aún sin conocer, si quiera, tales términos.

Determinante es en nuestras vidas esa consciencia, porque de alguna manera nos obliga a darnos cuenta de que el tiempo es limitado, que nuestra vida, al igual que la del resto de las personas que han existido y existirán, así como tuvo un principio, tendrá, también, un fin.

Nos asusta el fin, no solo el nuestro, sino el de aquellos a quienes queremos; pues la vida –biológicamente hablando– es algo que queremos conservar de manera instintiva. Después, a nivel racional y emocional, valoramos la vida por todo lo que ella representa, por ejemplo por nuestro desarrollo personal, afectivo, social, material, profesional, etcétera.

La vida, esa sucesión de momentos que vamos impregnando de nuestro propio ser, el cual quiere prolongarse por medio de los ámbitos antes mencionados, es nada más y nada menos que nuestra intervención personal en la vastedad del tiempo. Ese tiempo que muchas veces parece insuficiente y quisiéramos prolongar, pues nuestra humanidad, indeterminada e inacabada, nos exige siempre más, esto es evidente ya que nunca nos terminamos de hacer en nuestra dimensión inmaterial, espiritual, afectiva e intelectual. Así, nuestro tiempo es insuficiente.

Sin embargo, nuestra dimensión física es distinta a a la inmaterial. Aquélla ya está determinada, por decirlo de alguna manera. Nuestro cuerpo cumple un proceso de madurez –muy distinto al que se da en el ámbito espiritual– el cual comienza desde la concepción, cuando nos conformamos ya como una persona, un proceso de madurez que, en el transcurrir del tiempo, alcanzará su cenit para después emprender un descenso que, poco a poco e inevitablemente, nos acerca a la muerte.

Cuando existe unidad entre estas dos dimensiones no hay conflicto. El problema surge cuando una ya no se logra manifestar o llevar a cabo aquello que interiormente quiero o pienso, cuando el exterior parece ya no manifestar lo que soy o deseo ser.

La disparidad existente entre estas dos dimensiones genera en nosotros un conflicto, pues aunque el desarrollo intelectual y emocional se da en muchos aspectos a la par del desarrollo físico, llega un momento en la vida en que nuestro yo inmaterial no se identifica plenamente con esa otra parte que nos conforma: nuestro cuerpo. Así, mientras todo esté bien con el cuerpo, cuando nos permite expresar bien lo que pensamos o queremos, no existe conflicto, pues lo que soy internamente se encuentra en equilibrio con lo que soy externamente o físicamente: existe una buena conexión o identificación entre lo que pienso y quiero hacer, con lo que soy capaz hacer. El cuerpo es, en cierta medida, una herramienta o un soporte, que permite manifestar nuestra interioridad, pero también puede no serlo y convertirse en un impedimento para tal manifestación. Ya decía Platón que el cuerpo es la cárcel o la tumba del alma.

Distintas son las razones que pueden dar origen a la disparidad de estas dimensiones personales y no todas ellas se relacionan necesariamente con la decadencia del cuerpo, normalmente relacionada con la edad, pues las limitaciones físicas pueden presentarse en cualquier momento de la vida; sin embargo, es cierto que conforme el cuerpo envejece, su capacidad de acción se limita cada vez más (se presentan enfermedades o padecimientos propios de la edad, la vista y otros sentidos comienzan a debilitarse y otros tantos síntomas), lo que se traduce en conflicto o frustración si no se acepta la realidad de envejecer, todo que ello implica, y lo inevitable que es.

Sucede, entonces, que el cuerpo parece ajeno a mí yo profundo, se manifiesta como un extraño o un intruso, como lo escribe Jean Luc-Nancy cuando describe la experiencia de su corazón enfermo y la necesidad de un trasplante para poder continuar con vida, menciona como él no podía identificarse ya más con su cuerpo porque había recibido el corazón de una mujer más joven y, como consecuencia del trasplante y todo lo que ello implica, su cuerpo había sufrido un desgaste terrible, por lo que había envejecido de manera más acelerada. Su edad mental no coincidía ni con su nuevo corazón ni con su cuerpo maltratado y envejecido. Él mismo se sentía ajeno a su parte física, o bien, su cuerpo era ahora un intruso para su yo. Entonces la unidad personal se rompe, ya no siento ser uno, sino dos cosas superpuestas, ajenas una a la otra.

Pero, ¿acaso se puede aceptar plenamente este camino ineludible y el destino al cual conduce?  ¿aceptar que aunque espiritualmente no hemos terminado de crecer, físicamente nos dirigimos hacia un ocaso?

La necesidad, o bien, la búsqueda de trascendencia nos hablan de que aunque el hombre sabe bien que sus días –aunque suene duro– están contados, busca por distintos medios prolongar su existencia, aunque no sea ya de manera física, desea prevalecer por encima de la muerte. Vencerla de alguna manera, eso es la trascendencia.

Aunque el envejecer –idealmente– traerá madurez emocional e intelectual y también un sosiego que se verá reflejado en la manera de vivir y procesar las experiencias –lo que supondría, como se dice usualmente, que disfrutaremos de la vida de una manera distinta (más profunda, más serena, sin prisas; lo cual parece bastante bueno)–, no se puede negar que no es fácil aceptar que lo que vemos en el espejo no refleja lo que esperamos ser (por dentro), no nos identificamos con la imagen avejentada que se presenta frente a nuestros ojos.

Lo anterior nos ha llevado, como sociedad, a buscar cualquier cantidad de remedios que retrasen ese proceso de envejecimiento: “la fuente de la eterna juventud” en donde quiera que ella se encuentre. ¿Es malo hacerlo?,¿es malo tratar de retrasar ese proceso? Creo que no lo es, no creo que sea malo tratar de retrasar los efectos del envejecimiento, mientras ello no nos lleve a negarlo del todo, a negar la realidad, o a buscar “soluciones” a algo que ya sabemos que no lo tiene o auto engañarnos pensando que la juventud será eterna y que esto nos lleve a identificarla con la bondad y belleza, asociando, en contraste, a la vejez con la maldad y la fealdad. Es necesaria, entonces, la plena consciencia de nuestra fragilidad física, la aceptación, más que la mera tolerancia de los achaques del cuerpo, porque tolerar es aguantar al cuerpo y aguantar no es lo mismo que aceptar. Al cuerpo, que también soy yo, debo aceptarlo, de otro modo, la disparidad continuará.

¿Qué es lo que hay que aceptar? Que todo lo material, aunque corruptible, si se cuida, si se procura, tiende a durar más y en mejores condiciones. Entonces, cuidar la salud, hacer ejercicio, mantenerse activo intelectual y físicamente retrasan en cierta medida los efectos de la vejez, pero nunca podrán evitarla del todo, y eso hay que aceptarlo.

No es fácil pensar –mientras aún tenemos juventud e independencia para actuar– que llegará el día en el cual nuestras acciones se verán limitadas y que dependeremos de otros; así como tampoco lo es darse cuenta de que el tiempo ha pasado y seguirá haciéndolo, y no hemos hecho las cosas que pensábamos que haríamos a cierta edad. Pues ¡qué cierto es que el tiempo vuela! Y entre más edad se tiene, parece que se va cada vez más rápido.

Interminable es esta lucha entre el cuerpo y el alma, entre mortalidad e inmortalidad. Pero, al mismo tiempo, sin la muerte, la vida no tendría ningún sentido. ¿Paradójico, no? No la buscamos, no la queremos, pero sin ella, la vida no sería la misma. La consciencia de nuestra finitud hace que valoremos el tiempo, las acciones que llevamos a cabo y a las personas que nos rodean. En cambio, cuando pensamos en la muerte como algo muy lejano o ajeno a nosotros, no valoramos el tiempo, lo que nos lleva a posponer nuestras decisiones y acciones, perdiendo aquello que no se puede reponer, a saber: el tiempo mismo. De ahí la fuerte imagen de Cronos devorando a sus hijos, que es una imagen de todos nosotros, sin distinción. Cuando falta la conciencia de la muerte tampoco valoramos, lo suficiente, a las personas que nos rodean, como si ellas fueran inmortales.

Saturno devorando a su hijo.
Francisco de Goya.

Así, si la muerte nos viene con el cuerpo, y nosotros somos también nuestro cuerpo, con todo lo que ello conlleva. La única manera de vivir en armonía, o al menos acercarnos a ella, es el conocimiento y aceptación de nuestra naturaleza finita. Así como sucede con cualquier fenómeno de la realidad, en la medida que lo conocemos, será más fácil aceptarlo y vivir con ello. Y la inmortalidad hay que buscarla, entonces, no en lo material, sino en lo espiritual, intelectual: en la trascendencia.

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