‘¿Dónde están los que te acusaban?

Homilía correspondiente al V Domingo de Cuaresma, Ciclo C.

Un formidable ejército de carros y caballos persiguió al pueblo de Dios cuando salía de Egipto. Unos escribas y fariseos, acusadores de una mujer adúltera, como aguas impetuosas se presentaron ante Jesús, prontos para exigir contra ella el implacable castigo previsto por la ley. De paso, tendían una trampa al Señor, orillándolo a decretar una muerte afrentosa que los judíos no podían aplicar por sí mismos en el contexto de la dominación romana, o a descartar la ley de Moisés. De cualquier manera, quedaría mal, y podría ser acusado él mismo de subversión al orden establecido o traición a la propia tradición. La persecución puede asumir figuras muy variadas: la de alcanzar a los esclavos en fuga, la de condenar al infractor de la moralidad, la de una trampa para hacer caer al hombre justo. Argumentos siempre parece haber para la violencia, ejércitos para hacer valer alguna comprensión de la justicia, manipulaciones para imponer algún criterio o capricho. Quedamos a merced del más fuerte o del más astuto. El que aspira a la piedad o a la libertad no tiene escapatoria.

Surge, sin embargo, entonces, el consuelo de Dios, el renovado horizonte de la redención. Abriendo un camino en el mar y un sendero en las aguas, desenmascarando la mala voluntad de los acusadores, la intervención divina concede el perdón y brinda una nueva oportunidad de vida. No es necesario estacionarse en el pasado. No es conveniente estacionarse en el pasado. Es posible lanzarse hacia adelante, libremente, considerar basura las propias cadenas, aunque hayamos llegado a encariñarnos con ellas, y tender con entusiasmo y decisión hacia el trofeo prometido por el Dios que hace correr ríos en la tierra árida, hacia el futuro del agua en el desierto y los ríos en el yermo, el que apaga la sed de su pueblo escogido.

Toda la intensidad de las persecuciones no puede compararse con el poder con el que Dios se ha dispuesto alcanzarnos. Pero Él no llega a nosotros para aplastarnos, sino para levantarnos. Pablo lo afirma determinante: he sido alcanzado por Cristo. Es lo mismo que corresponde a la experiencia de la desventurada pecadora. Cuando estaba a punto de ser apedreada, un Jesús que primero aparentó no prestar atención en ella y concentrarse en escribir en el suelo, terminó por enderezarse y preguntarle: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Su pecado era manifiesto. Sin embargo, el Señor no descuida la gentileza con ella. La alcanza, afrontando su triste vergüenza con un consuelo que la redime y una advertencia que la libera: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”. Jesús, evidentemente, no es cómplice de su pecado. Pero tampoco lo es del hipócrita linchamiento de la turba. Deja brotar algo nuevo, alcanzando a la mujer en el borde del precipicio. Y en una figura que adelanta el sacramento de la Reconciliación, otorga el perdón al culpable ofreciéndole como senda de libertad el camino de la conversión. Ella puede dejar atrás la basura de una vida indigna y buscar la perfección que le otorga el mismo que la hace verdaderamente libre.

“Vete y no vuelvas a pecar”. Atraviesa el mar de la ignominia con un pie seco, y dirígete al desierto de la penitencia en el que no faltará el líquido que apague tu sed. No te dejes establecer en la esclavitud del pecado. El cambio es posible. Cristo lo ha hecho posible. Nota cómo las voces enfermas de venganza, maledicentes y aguerridas, van callando entrampadas en las necias ruedas de sus propios carruajes. Escucha sólo el juicio santo que te exculpa, desarraigando la fatalidad y conduciéndote a tierras nuevas. “Vete y no vuelvas a pecar”. Vete de la escena del juicio y muévete con determinación al encuentro con el mismo que te ha salvado. Gana a Cristo. Síguelo a él. Persíguelo. Configúrate con él en su muerte y resurrección. Lánzate con decisión hacia adelante, para que puedas ser encontrado en él. Desde el cielo se te llama a una plenitud que parecía imposible. Confía. Él realiza en ti algo nuevo.

Los días santos de nuestra redención están a un paso. La Cuaresma nos ha permitido llegar a ellos con el corazón contrito y la esperanza fuerte. Las aguas del bautismo nos refrescan siempre, haciéndonos sentir el poder renovador del amor divino y su virtud purificadora. Somos de Cristo. Cristo es nuestro. En la comunión con sus padecimientos, la tajante determinación de su vida nueva nos arrolla y nos desborda. Con su primavera, la eternidad nos es profetizada. La fragancia del amor divino inunda el corazón y la habitación familiar. El tiempo es propicio. Cristo nos alcanza y se deja alcanzar. Cristo nos conquista y se deja conquistar.

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