La oración de los días santos

Homilía correspondiente al Domingo de Ramos, ciclo C.

Domingo de Ramos

Ciclo C

14 de abril de 2019

“Oren no caer en tentación”. “Alzándose, oren, para que no caigan en tentación”. Tentación. Entrar donde la fuerza de la corriente arrastra es un grave peligro de muerte. En medio de las dos expresiones en el Monte de los Olivos, Jesús mismo se postró en intensa oración. Él personalmente se sumergió en el abismo de nuestras luchas para levantarse victorioso. Antes, le había asegurado a Pedro que había pedido por él, para que su fe no desfalleciera. La oración caracterizó todo el camino del Señor entre nosotros. Una oración continua, con diversos episodios e intensidades, acompaña el proceso de su pasión. Es también oración lo que Jesús nos recomienda para estar a su lado en esta hora solemne. Y podemos estar ciertos de que más allá del peligro de la traición, él mismo ha pedido para que perseveremos en su amor, no ser avasallados por la injusticia y poder confortar a nuestros hermanos. Orar es la acción por la que somos rescatados del naufragio. Orar es la disposición del espíritu para garantizar la fidelidad a Dios. Al orar, el ángel de Dios nos anima a superar la turbación y nos adhiere a él con eficacia. Cuando oren, nos enseñó, pidan no ser llevados a la tentación. Oren al Padre, y déjense invadir únicamente por su inefable misericordia.

Una oración de alabanza retembló en la bajada del monte de los Olivos cuando la multitud de discípulos, entusiasmados, gritaban: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” Palabras semejantes al canto de los ángeles que escucharon los pastores cuando se les anunció el nacimiento para ellos del salvador. Aprobando aquel gesto de exultación, Jesús rechazó cualquier intento de limitarlo: “Les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras”. Toda lengua en el universo está convocada a la alabanza y al reconocimiento público de su nombre. El que bajó hasta el abismo rescató lo más hondo de nuestras desgracias, para que nadie se asfixiara en la tiniebla. No es tiempo de dormir. Hay que levantarse en oración. Hay que levantar los corazones. Hay que escuchar en los días santos, mañana tras mañana, la palabra de la fe, despertar el oído como discípulos, y mantenernos firmes en la roca de su manifestación. Él nos muestra el camino, y nos convoca a seguirlo. Somos la multitud de hombres y mujeres que vamos detrás de él, con el corazón contrito, llorando. Y aún entonces nos enseña: las lágrimas corresponden a nosotros y a nuestros hijos. A la humanidad sobre la que pesa el castigo. Castigo que, sin embargo, él hace suyo para regalarnos la fórmula de la piedad, cuando la oración es súplica humilde: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Oremos los días santos. La palabra elocuente de salvación está a nuestro alcance, como regalo de gracia, por medio de la Iglesia. Atendámosla con obediencia. El único silencio de Jesús en su proceso, inquietante silencio y denuncia de la peor mofa, lo establece ante Herodes, que pretendía divertirse a su costa. Alejémonos del zorro manipulador, que bloquea el acceso al misterio. Dios habla. Dios actúa. Escuchemos y contemplemos. Alabemos y adoremos. Muy cerca de nosotros está la palabra, en los labios y en el corazón. La palabra de salvación, que se entrega por nosotros. Demos gloria a Dios por el hombre verdaderamente justo.

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