Abrir las manos y entregar un sol

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A mí me parece que lo verdaderamente trágico en este mundo no son los planes siniestros de los perversos, ni siquiera la idiotez de quienes atestiguando la injusticia se hacen los disimulados para evitar problemas, lo verdaderamente trágico es la pereza de los cínicos, la apatía de quienes contemplan los abusos de los más crueles y asumen en ello una expresión inevitable de la  naturaleza humana, como tantas veces se repite por aquí y por allá; se equivocan terriblemente y deben pagar por sus omisiones. Si bien es cierto los seres humanos somos imperfectos y propendemos a los desvíos, no menos cierto es que esa naturaleza humana cristaliza también en enormes actos de generosidad y entrega sin los cuales nuestra civilización humana hubiera desaparecido de la faz de la tierra hace mucho.

Solamente quien se dispone a vivir con todas sus fuerzas es capaz de llevar un sol entre las manos y es capaz también de entregarlo a los demás sin menoscabo alguno de su tesoro. Estoy hablando del amor, por si no ha quedado claro, del amor y la pasión, de la alegría cotidiana de este milagro que se nos entrega diariamente en las calles y avenidas de la ciudad o en la mesa de la casa, o en la misma intimidad de nuestros pensamientos.

Te voy a decir algo, esta luz es contagiosa y a poco que uno repara en ella, uno también comienza a iluminarse poco a poco con los colores de la esperanza. No entender estas cosas que digo –gracias al Guillén cubano- es caminar por el mundo con el alma llena de derrumbes y muerte.

No voy a negar la maldad del mundo, pero lo que no voy a hacer jamás es usarla como excusa de mi pereza, mi egoísmo y mi falta de solidaridad con los demás.

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