Parálisis

boredEl primer síntoma del mal de nuestro tiempo es el aburrimiento. Esto es paradójico, entre más sean los estímulos que buscan seducirnos, más es el tedio que ha de brotar en nuestro espíritu; es como si la sobreexcitación generara un agotamiento de nuestra atención: el efecto de la luminosidad de las pantallas dura cada vez menos y por eso es preciso multiplicar la cantidad y la velocidad con que esos estímulos aguijonean nuestra conciencia. ¿Qué buscan estos mensajes? La respuesta es muy simple: nuestra atención. Así es, en un sistema que se basa en la dispersión de mensajes que buscan la promoción constante de consumos (materiales e ideológicos), nuestra atención se vuelve oro puro; en lo particular no tengo nada contra la diseminación de las promociones comerciales o la propagación sistemática de las ideas, por la sencilla razón de que esto es parte de nuestro mundo. Lo que deploro es la multiplicación exponencial de estas y la incapacidad de la persona para hacerles frente con una perspectiva crítica y seria; debemos recordar esto: no hay embestida semántica, por potente que sea, que consiga someter nuestra libertad si nosotros no lo queremos. Vencer el miedo y la confusión de nuestro tiempo solo es posible cuando nos sabemos libres para escoger nuestra reacción de cara a esa maquinaria del absurdo que se activa día a día en las pantallas de nuestros dispositivos móviles. Ser auténticamente libres es saber que no estamos determinados, es decir, saber decir no.

Los paralíticos, es decir, los aburridos han dejado de soñar. Este es el síntoma más claro de que el mal ha sido inoculado; si uno observa a los niños se dará cuenta de que una de sus características más luminosas es que poseen una enorme capacidad de soñar; me refiero a que adoptan como nadie la doble cara de este verbo: generar quimeras y visualizar sus deseos como algo que ya se ha realizado, aunque solo sea en el escenario de su imaginación. Esto es el reflejo de un espíritu saludable que se encuentra “enganchado” en un diálogo profundo con la vida, que rebosa esperanza y voluntad. La parálisis existencial es todo lo opuesto a esto que digo: solipsismo, pesadumbre, abulia. Las malas experiencias del mundo y las expectativas frustradas que se van acumulando a lo largo de los años consiguen que la persona, muchas veces enmascarada por un discurso filosófico de cierta complejidad, desestime como “candoroso” o “inocente” cualquier esfuerzo por recuperar ese estado de ensoñación perpetua en el que el mundo se abría a nuestro paso como un mar de posibilidades más que como una amenaza perpetua. Dejar de soñar es renunciar a la vida, es decir, es ya estar muertos, aunque respiremos y nos movamos de un lado a otro, y vayamos a trabajar y tengamos en apariencia una vida normal. El ser humano es más que una suma de sistemas fisiológicos que trabajan en perfecta consonancia; si le arrebatamos a la persona el afán trascendente la estamos condenando a un perpetuo estado de mendicidad intelectual y espiritual.

Esta parálisis de los que han dejado de soñar posee otra característica evidente: el despilfarro del tiempo. Más que ociosos, los paralíticos son desencantados, parapléjicos de la voluntad que no pueden moverse hacia ninguna parte porque allá donde vayan encuentran siempre el hedor de lo que nada significa; en el medioevo le llamaban acidia a esta honda fractura espiritual y algunos teólogos han querido ver en ello el famoso “pecado contra el espíritu” (Mt. 12:31). Como soy profesor tengo que lidiar diariamente con muchos estudiantes y no me es difícil encontrar rápidamente a los que han contraído este mal; siempre que les pregunto un poco sobre sus prácticas cotidianas, me encuentro la misma respuesta: “Sé lo que tengo que hacer, sé que debo hacerlo pero no puedo hacerlo”. Recuerdo el caso de un muchacho que dejó de asistir a clase y dos semanas antes de que terminara el semestre fue a mi oficina buscando clemencia; claro está, no podía hacer nada para ayudarlo y así se lo expresé con toda claridad. Le pregunté por qué no se había dado de baja del curso a tiempo para evitar males mayores. Me dijo: “Sabía que tenía que ir a la computadora, dar dos o tres clicks y eso era todo, pero no pude hacerlo”. Me conmovió mucho imaginarlo ahí, tirado en la cama, viendo desde su postración aquella computadora a la que no podía acercarse porque su voluntad estaba completamente desarbolada.

Estos padecimientos suelen agudizarse cuando el día termina porque la noche es el recordatorio que una jornada más ha terminado y en ella no hay nada que pueda justificar nuestra existencia, solo el abandono rutinario, el vagabundeo y ese estado espantoso de estupefacción de cara a un mundo que parece derrumbarse frente a nosotros. La noche del abúlico está llena de monstruos. Cuando se va a la cama no tiene más remedio que cerrar los ojos y ponerse a pensar en las enmarañadas causas y efectos que se multiplican y se proyectan hacia el infinito sin que nada tenga un asomo mínimo de sensatez. La parálisis de la voluntad es muy curiosa porque viene aparejada de una hiperactividad mental, una especie de molino en el centro de la cabeza, que no cesa de moverse a toda prisa hasta alcanzar un estado de horror incandescente que ha llevado a no pocas personas a buscar escapar saltando al vacío. Recuerdo que el escritor norteamericano David Foster Wallace decía pensando en el suicidio afirmaba que el suicida no quería morir, pero el horror de la vida era más fuerte que el de ese misterio insondable que es la muerte. Lamentablemente en su caso la ayuda no llegó a tiempo y terminó suicidándose en 2008.

El mundo del abúlico es el de las emociones muertas. Todo para él es una misma cosa sin matices, una grisura continuada en donde no hay nada que consiga sobresalir para provocar en su inteligencia el más mínimo interés. “¿Para qué?”, se pregunta encogiéndose de hombros, porque supone que lo sabe todo y ese saber lo ha conducido siempre a una misma conclusión: la vida entera es una broma cruel y estúpida.