Sacar a Anacleto del gueto

Esta semana la Iglesia en México nos dio la gran noticia de que el Beato Anacleto González Flores ha sido nombrado patrono de los laicos católicos mexicanos. Este jalisciense peculiar (oriundo de Tepatitlán) fue abogado, trabajador, líder social, padre de familia, gran orador y murió mártir en abril de 1926.

Siempre he tenido la impresión que Anacleto ha sido “coptado” por ciertos sectores ideológicos al interior de la Iglesia y así como decía Alain Filkenkraut que habría qué sacar a Péguy del ghetto, creo que lo mismo podemos decir, este acontecimiento es la ocasión para sacar a Anacleto del Ghetto en que cierto conservadurismo lo tiene etiquetado.

Cuando se hacía referencia al beato se centraban en la actividad de la Liga de la Defensa Religiosa, en la lucha por una causa política y en cierta elocuencia barroca, muy de su época y un tanto (diríamos hoy) “pasada de moda” que parece que tiene poco qué decirle al hombre de hoy o que puede parecerle poco atractivo a los más jóvenes. Considero que no podemos dejarlo en esa narrativa cuando hay muchos aspectos en esta figura que lo hacen no sólo un personaje célebre del pasado, sino del presente y con una gran proyección hacia el futuro.

Quisiera referir tres elementos que me parece que pueden ayudarnos a ver la pertinencia de Anacleto en la Iglesia y el mundo de hoy.

1. Una presencia original como laico. Era conocido por ser un hombre bueno y virtuoso, sencillo y atento con las necesidades de los más pobres, devoto pero profundamente realista. Buen esposo y padre de familia. Su testimonio de vida se adelanta 30 años a las reflexiones de teólogos como Yves Congar que hablaron del papel de los laicos.

2. La participación en la vida de la Iglesia. En una comunidad marcada por el clericalismo, supo tener amistad y colaboración con el Arzobispo de Guadalajara, en un periodo difícil e incomprendido de la historia. Nunca buscó injerencia en las decisiones del pastor y se manejó con mucha libertad en el rol que decidió participar. Era líder, proponía y en sus escritos se ve cómo se considera hijo de la Iglesia, podemos afirmar que su fidelidad era creativa.

Nadie podría catalogarlo como “conservador”. Conocía el pensamiento filosófico y social que muchos católicos promovían en otras partes del mundo e iba en “avanzada” a su época, sin caer en esa categoría que hoy llaman “progre”.

3. La participación en la vida política y pública. Era un hombre decidido, no violento. Sabía que el tiempo que vivía era necesaria la participación, fue promotor del diálogo y de la no violencia (por algo le llamaban el “Gandhi mexicano”), su objetivo era la libertad de la Iglesia y el derecho de los mexicanos a ejercer la religión. Algo que me parece digno de recalcar es que para él la Fe nacía de su vida de piedad y no era una ideología que usara como pretexto para la lucha. Su causa no era una pelea contra el gobierno, era un hombre que defendía derechos, como buen abogado. El mundo no era un peligro a evitar, ni actuaba de manera reaccionaria viendo un enemigo en quien no pensara como Él. No era un hombre de condenas, sino de amistad y perdón, hasta en el último de sus momentos lo hizo así. No lo movía el mal que existía, sino un Bien que lo abrazaba.

Dios le dé a México más laicos como Anacleto.

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