La desmoralización de lo bello

Según el clásico diccionario de filosofía Ferrater Mora, la kalokagathía juega un papel importante en la formulación de muchas concepciones éticas, ético-sociales y ético-políticas, como expresión griega en la antigüedad.

Para los que no saben griego clásico, la palabra kalón significa “bello” y la palabra agathón, “bueno”. Estas dos palabras devinieron un concepto compuesto no por azar. En la cosmovisión griega, desde Hesíodo en adelante, pasando por Homero hasta Platón, el ideal del ciudadano que había recibido educación formal, es decir paideia, la mayor parte de ellos de familia noble, pasaba por alcanzar la kalokagathía. De ahí que el “kalokagathós” pasó a ser “el hombre noble”, el “ser de raza”, un “buen ejemplar del propio tipo”, un “hombre de honra”, que servía de modelo por pertenecer al selecto grupo de los kaloi kagathoi.

La esencia de esta filosofía, la kalokagathía, “es definida por Platón por oposición a la injusticia y a la maldad; la concibe, por tanto, en un sentido esencialmente ético”.  No es algo contrapuesto a la naturaleza sino un modo distinto de concebir la naturaleza humana, que debe ser educada, cuyo verdadero sentido no es vivir según la naturaleza sino llevar su naturaleza a la plenitud por el “paidagogo”, no en la violencia sino en la cultura. Así pues, la educación formal del niño pasaba por la enseñanza de las letras, la matemática y la música, para adquirir cultura y, a través de la cultura, la areté (excelencia, virtud), y la gimnasia, para adquirir a través de lo que hoy nosotros llamamos deporte, un cuerpo bien formado, equilibrado, fuerte y proporcionado, en definitiva, bello.

En la época helenística el kalokagathós pasa a ser directamente el “hombre justo”. Y he aquí un punto importante al que quería llegar, el hombre justo (agathón, en sentido amplio) era considerado también bello (kalón). El bien moral, la areté griega, no se entendía sin su relación al concepto de kalón. El hombre justo era “el hombre justo-y-bello”. Dicho de otro modo, la ética y la estética no podían concebirse de modo separadas.

Algo de esto hay en algunos temas y pasajes veterotestamentarios, de la tradición judeo-cristiana. El caso más conocido en la mitología hebrea, tal vez sea el del ángel caído (nefilim) o demonio, llamado Lucifer. El libro de Isaías y el de Ezequiel (Ezequiel 28, 12-19) describen a este ángel rebelarse contra Dios. Ese relato llama particularmente la atención al afirmar que Lucifer era “acabado de hermosura”, y suponemos que si era creado por el mismo Dios también sería bueno. Pero, por un extraño giro en su libertad decide no obedecer (Non serviam, Jer. 2, 20), y por tanto alejarse de Dios. Lo que produce en él, según los relatos mitológicos de la cultura hebrea, que a partir de entonces sea representado como un monstruo o una creatura fea, horripilante, estéticamente revulsiva. El que había sido bueno, al volverse malo, también y a causa de esto se afea, se desluce, se ennegrece, se degenera.

Esto explica que en la cultura pictórica occidental judeo-cristiana se lo represente a partir de la fealdad. Es famosa la obra extravagante de El Bosco, que es una de las primeras representaciones del infierno, donde hay todo tipo de monstruos y creaturas estéticamente desagradables.

“El jardín de las delicias” (1500-1505), Jheronimus Bosch.

Lo que a mi juicio sucede en nuestros días, es que se ha producido en gran parte de la cultura occidental una “desmoralización” de lo estético, en el sentido de que lo bello se escinde de lo bueno, y lo bueno de lo bello. Ya Kierkegaard había ensayado una separación de lo estético y lo ético en su conocida teoría de los tres estadios de la existencia. Aparece así en la filosofía contemporánea la figura del “esteta”, un hombre que vive una vida totalmente abstraída de lo ético. El esteta es figura del esteticismo, representado muy bien en la hipercultura de las redes sociales, por los influencers, que buscan la imagen bella e impoluta, transformada artificialmente con photoshop, en bellezas ideales (en el sentido platónico del concepto).

 A contrapelo de siglos de tradición en donde lo bueno y lo bello iban juntos, en nuestros días (y me refiero también al siglo XX), lo kalón no va acompañado necesariamente de lo agathón. Es más, se ha creado una especie de contra-cultura en donde se propone lo feo como modelo estético para los adolescentes, por un lado, y por otro lado, lo bello como absolutamente desvinculado de una vida buena y lograda. Se han inventado incluso personajes, por ejemplo en el mundo del cine, diabólicos que lucen saco y corbata, y que “humanizados” se los retrata “bellos”, “a la moda”, incluso “de buenos modales”. Y al revés, modelos bellísimas y bellísimos que llevan una vida decadente, frívola y, en varios casos, deshonesta.

Aparece en nuestro tiempo entonces el esteticismo y, su contracara, el feísmo, que Wikipedia lo define como “la tendencia artística que valora estéticamente lo feo. Las obras feístas se distinguen porque el artista se recrea en ellas en la presentación de objetos, animales, personas, lugares o situaciones repugnantes”. Son ejemplos de este último movimiento y de esta estética sin moral, el grupo musical Kiss de los años ochenta del siglo pasado, el cine gore, las modas Punk que engendraron movimientos culturales como los adolescentes “emos”, los festejos de Halloween, y sobran ejemplos.

Es muy difícil hacer un juicio sobre las consecuencias de la desmoralización de la estética, particularmente en un mundo globalizado y multicultural. Por otro lado, hemos sido testigos muchas veces en la historia de la humanidad de tanto hombres y mujeres de imagen estéticamente agradable, de una belleza proporcionada que cometieron grandes males. Y al revés, Quasimodos que resultaron ser personas honradas y bondadosas. De todos modos, en el ámbito en el que me muevo las chicas se siguen enamorando de los chicos buenos (y viceversa), precisamente, porque las pequeñas bondades de cada día siguen hechizando ya que llevan en sí una promesa: la promesa de lo bello que no se marchita, de una belleza que va más allá. Tengo la sensación de que las personas siguen buscando lo Bello-que-no-fenece en la bondad cotidiana del hombre y la mujer ordinaria, y que la separación de la que hablamos, que operaron algunas modas contemporáneas, son sólo imposturas o actos de rebeldía efímeros.