Libertad ¿para qué?

En el mundo antiguo el hombre libre tenía un alcance muy limitado. En la cosmovisión helénica, desde un punto de vista existencial, la persona tenía un destino marcado, la moira, y su correspondiente hybris (“castigo”) sino se atenía a lo que ella le mandaba. Por otro lado, desde el punto de vista político, en la estructura social de una polis la libertad era un bien escaso; solo los ciudadanos griegos varones (y nobles) mayores de dieciocho años gozaban de ella.

En el medioevo, haciendo una afirmación muy general, la filosofía cristiana reinterpreta el tema del destino a partir del concepto personalista de Providencia. El hombre tiene libre albedrío, pero su vida es guiada por la “diestra divina” en el curso de su existencia. El Dios cristiano acompaña la vida del hombre, homo viator, por el camino que conduce al Cielo. Nuevamente, el desarrollo de la propia vida se interpreta como la conjugación de Providencia y suerte, con la consecuente limitación de la acción libre. Finalmente, la estructura estamental propia de este tiempo terminaba por acotar exageradamente la libertad del individuo.

Sin embargo, con el descubrimiento del yo por parte del filósofo francés René Descartes, en el pensamiento occidental la libertad pasa a ocupar el primer plano de las disquisiciones filosóficas, y de la política. Así lo atestigua el tema de la autonomía y espontaneidad kantianas, que afirma que el yo (trascendental) se da a sí mismo la Ley. Ésta ya no viene más impuesta desde afuera, sino que se la autoimpone el ego. Tal concepción de la libertad culmina en la cosmovisión existencialista de Jean Paul Sartre, que no entiende la subjetividad en términos trascendentales, y que le atribuye al hombre una libertad absoluta. Es más la libertad no es una facultad de la naturaleza humana, sencillamente no hay naturaleza, y ser hombre es ser libertad.

De este modo, la libertad termina de tornarse un tema político (inclusive, ideológico) y poco a poco deviene búsqueda de liberación; y la liberación, la acción más propia del hombre. Ser hombre es liberarse de ataduras. De las ataduras que impone la naturaleza biológica, la sociedad y la cultura, los distintos sistemas políticos, la religión y la cosmovisión local en la que nacemos, nos desarrollamos y morimos. La existencia del hombre se vuelve, por tanto, lucha (“política”) contra la opresión.

Y así llegamos a un siglo XXI en donde la democracia liberal se transforma en capitalismo de vigilancia (surveillance capitalism). Y este capitalismo de última generación, según explica la especialista Shoshana Zuboff, termina por oprimir y controlar nuestras vidas desde nuestros teléfonos celulares, laptops y demás gadgets y dispositivos electrónicos. La serie pesimista británica Black Mirror lo pone en evidencia en cada capítulo: la libertad del nuevo siglo, paradójicamente, no libera absolutamente nada. (Este estado de cosas viene claramente de la experiencia de dos guerras mundiales, con Auschwitz incluido).

Los resabios de los regímenes políticos del pasado siglo, que prometían liberación, cayeron hoy por su propio peso. Lo único que nos queda es el estado de Bienestar. Sin embargo, cómo de algún modo lo postula la serie citada de Netflix, el confort material y el bienestar urbano high-tech que supuestamente puede alcanzar el ciudadano del primer mundo no lo hace feliz. El hombre del siglo XXI sigue sin lograr la plenitud que ansía.

¿Qué es entonces lo que satisface verdaderamente al ser humano? La pregunta sigue latente, y yo no tengo claramente la respuesta, pero tengo alguna pista:

Los discípulos le dijeron a Jesús de Nazareth: “Pensábamos que venías para liberarnos de los Romanos”, y Jesús con acciones y palabras les dijo que el camino de la felicidad (Makar) no pasa solamente por la liberación del opresor, sino, primeramente, por liberar al oprimido.

Y liberar al oprimido tiene un significado que va más allá de lo político. La verdadera liberación es la que redime (que según la RAE significa: “Rescatar o sacar de esclavitud al cautivo mediante precio”). Pero, es evidente, que la noción de redención excede el ámbito de la acción pública y el programa de cualquier partido o sistema político contemporáneo.

He aquí la pista: liberarse es redimir al otro. Y esa es, a mi juicio, una de las principales claves para alcanzar la dicha que plenifica la existencia: liberando al otro, desinteresadamente, acabo liberándome a mí mismo. Todo lo contrario al ya citado Sartre que sentenciaba en A puerta cerrada (1944): “El infierno son los otros”.

Libertad ¿para qué, entonces? Libertad para redimir. Esa parece ser la única libertad que ansiamos con angustia, porque poner en juego la propia vida por los demás incondicionalmente nos libera plenamente.

Anuncios