El sacrificio

Fui siempre de familia piadosa, por eso, trabajar de sacristán en la parroquia de mi pueblo era algo hermoso para mí. Por treinta años serví en ella y me hice muy amigo del cura.

La guerra de cárteles empezó a sacudir a nuestro pueblo ¡Pobre Michoacán, todo ensangrentado! Un día, tras el funeral de una docena de campesinos asesinados, hallé a mi párroco rezando y llorando frente al crucifijo de la sacristía. Él me vio y me dijo:

—Pancho, esto no acaba nunca, hay que ofrecerlo todo al Señor para que vuelva la paz.

Me quedé callado y el prosiguió:

—¿Harías voto de martirio conmigo por la paz de nuestro pueblo? Me di el susto de mi vida, tartamudeando contesté:

—Señor cura, tengo esposa e hijos…

—Entiendo —me dijo mirándome con ojos compasivos. Y no agregó más.

En los días siguientes, lo vi que no comía casi, y rezaba mucho más de lo que acostumbraba; por lo demás, seguía siendo el mismo anciano sencillo y alegre, pero yo presentía que se preparaba para algo.

Un domingo, ante el asombro de todos, empezó a denunciar la violencia y el crimen; pero ya no con las palabras vagas y prudentes que todos los curas de la zona utilizaban, intentando lograr un cambio pero protegiéndose de represalias; sino que mencionó hechos concretos, organizaciones, nombres de jefes locales, de alcaldes corruptos, cabecillas criminales… Señaló directamente a todos aquellos que eran culpables y que nadie se atrevía a denunciar.

Ese mismo día mi párroco me ordenó a mi y a todos los que trabajaban con él, dejar la parroquia. Yo me rehusaba con lágrimas, pero él me dijo: “Acuérdate de que tienes hijos”

Así pues, me fui, y apenas un día más tarde, un grupo armado entró al pueblo y se lo llevó. Dos días después, su cadáver apareció tirado en la plaza central del pueblo. La violencia continúa, pero yo tengo fe en que todo esto llegará a su fin: Dios no ignorará el sacrificio de mi párroco.

Anuncios