Sentido y vida

Una vida fracasada es una vida carente de sentido. De hecho, el mal de nuestro tiempo posmoderno es precisamente el de la pérdida del rumbo existencial; con el fin de los llamados metarrelatos (Dios, esperanza, libertad, etc.). El hombre se descubre rodeado de ruido tecnológico y sin ningún incentivo moral para seguir caminando; si observamos lo que sucede en cualquier campo de la vida, lo que observaremos es el triunfo radical del individualismo: nos hemos convertido en una sociedad de seres caprichosos convencidos de que el mundo debe obedecer nuestros deseos. No es extraño que la frustración (y su hija, la violencia) campee a sus anchas lo mismo en las calles que en las casas de nuestro mundo.

De acuerdo con Viktor Frankl, el sentido es algo que se descubre. Por eso es por lo que debemos estar todo el tiempo atentos, observando el mundo y, lo más importante, observando cómo es que observamos: ¿hacia dónde dirigimos nuestra atención con más frecuencia? ¿Qué aspectos de la realidad son los que con más frecuencia pueblan nuestros pensamientos? ¿De qué materiales están construidas nuestras fantasías? El sentido de nuestra vida que, como resulta obvio, es un asunto personal, se encuentra entretejido entre las respuestas que demos a esas preguntas y otra de la misma índole.

El ser humano actual piensa poco en sí mismo porque se encuentra ocupado tratando de resolver las múltiples responsabilidades que la vida cotidiana le ha puesto encima: deudas, deseos caprichosos, relaciones personales enfermizas, simulaciones, simulacros del éxito, etc. No encontraremos el sentido auténtico de nuestra vida hasta que nos desembaracemos de lo que estorba y tomemos el toro por los cuernos: ¿hacia dónde quiero que se dirijan mis pasos? La verdad sea dicha, descubrir el sentido de nuestra vida no es sencillo, no existe un sitio al que podamos ir para comprar esa maravillosa “piedra filosofal”. Tampoco nadie puede revelárnoslo porque solamente a nosotros es a quien nos compete semejante tarea. Es más, estas cosas que voy diciendo harían a muchos de mis colegas reír a carcajadas porque ellos asumen que en realidad vivir es habitar un presente en el que nada es lo que parece y nada sólido se encuentra bajo nuestros pies. No importa, la evidencia de que el nihilismo y el vacío existencial nos reduce y condena es tan amplia que considero una profunda inmoralidad voltear para otro lado.

El sentido de vida es rumbo, razón y experiencia. Vamos hacia algún lugar y las razones que nos justifican son las que convienen; nos auxilian nuestros cinco sentidos y la intuición (esa síntesis potentísima del intelecto) en el camino en el que vamos. Te diré algo, hay una prueba irrefutable de que hemos dado al final de cuentas con ese sentido necesario para nuestra existencia: somos resistentes al dolor y nuestros días se vuelven apacibles, tranquilos, llenos de una luz serena y distinta. Uno no debería levantarse cada día sin preguntarse cuál es el objetivo que lo anima; no perdamos de vista que una de las acepciones de sentido implica precisamente la de dirección. ¿Qué lógica tiene gastar grandes cantidades de energía en movernos cuando no sabemos hacia dónde vamos?

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