Indignación; entre el fuego y la furia

En realidad, todo movimiento social legítimo tiende a incomodar profundamente. Su propósito es subvertir. Es por ello que frente a una lucha social no es sencillo quedarse al margen, se elige una posición en la que incluso la indiferencia abona a la conservación de las cosas y no a su transformación.

Pongamos el caso de las recientes manifestaciones que convocaron a cientos de personas a mostrar la indignación que provocan los miles de casos de mujeres violentadas, ultrajadas, desaparecidas y asesinadas en México. Basta mirar las estadísticas, escuchar las historias o tomar la temperatura real de esta sociedad que se ha vuelto inmensamente agresiva especialmente contra el sexo femenino para posicionarnos abierta e incondicionalmente en contra la violencia hacia las mujeres. Sólo un misántropo o inútil zafio podría minimizar el problema.

Y, sin embargo, tras los vergonzosos acontecimientos de la semana pasada durante las mal llamadas ‘manifestaciones feministas’, ha quedado claro que gran parte de la sociedad no puede simpatizar con el desastre que se exhibió como naturaleza del movimiento. Olvidemos los necios debates entre resguardar el valor de los inmuebles públicos o proteger el valor de la vida humana porque la vida humana y su dignidad siempre tendrán primacía; olvidemos también la endeblez de las consignas de política barata que pretenden exculpar los errores de cada posición porque si hubo ausentes en aquellos terribles acontecimientos fueron precisamente la autoridad y el movimiento feminista.

Resulta crudo decirlo, pero los hombres y mujeres que se montaron en los disturbios del lunes y viernes pasados son los agentes sociales más vulnerables ante la manipulación de sus conciencias. No son libres, ni buscan serlo. Se han dejado someter por las radicalidades discursivas promovidas por otros intereses, otros grupos u otros agentes a veces patrocinados y operados en las sombras.

Insisto en lo dicho en el primer párrafo: toda causa social legítima tiende a incomodar profundamente, incluso -o quizá en primer lugar- a los propios agentes de dicho movimiento.  La indignación que detona un movimiento que busca recobrar la dignidad humana ante la opresión o la brutalidad orienta los actos humanos hacia el bien y la justicia; y, aunque en el fondo, nunca se alcance la perfecta claridad de las acciones subversivas, la honesta adhesión a una causa requiere una sana dosis de reflexión.

Las personas que realizaron, aplaudieron, justificaron o minimizaron los terribles actos de la tarde del viernes 16 de agosto para permanecer dentro las fronteras de sus certezas realmente han dimitido del uso del pensamiento al consagrar cualquier tipo de comportamiento como válido en una lucha que no les pertenece. Porque la furia sólo pertenece a la locura, el arrebato demente y al extravío violento.

En política se suele preguntar “¿A quién le conviene esto?” cuando se desconocen los percutores de los desastres. Porque ha quedado claro que las mujeres y la autoridad fueron eliminadas de toda la narrativa del caos.

Quizá valga la pena seguir las pistas sobre esos agentes que convirtieron el legítimo fuego de la indignación en el bestial camino de la autodestrucción. No es difícil reconocerlos: Repiten irreflexivamente consignas vacías y tienden a uniformar a sus esbirros. Los describe Tzvetan Todorov: “Imponen su vocabulario guerrero a situaciones de paz y no admiten matices, todo aquel que piense de manera diferente es considerado un adversario, y todo adversario, enemigo, al que es legítimo, incluso loable, exterminar como gusano”.

¿A quién le conviene esto?

@monroyfelipe