La creación

El ser tiene un apetito enorme de crear; en la creación nos cumplimos, dialogamos con el mundo y con nosotros mismos. La creación es el diálogo perfecto. Me atrevo a decir que al hacer nos hacemos: somos nosotros la creación que se va levantando del polvo; todo lo que hacemos es testimonio de nuestra radical individualidad.

Cuando digo la palabra creación lo primero que viene a mi mente es la imagen del artista que se entrega furibundamente a su labor; sé muy bien que es un estereotipo, probablemente de origen romántico, pero no por ser un lugar común deja de referir a una verdad: el artista entregado con fervor a su trabajo conoce estados de arrobamiento que muy difícilmente encontraría en otra actividad. Se trata de un estado de flujo mental en donde la técnica y la voluntad creadora se conjugan de tal manera que el creador llega por momentos a olvidarse de sí mismo. Al igual que ocurre cuando observamos la realidad o resistimos, al crear estamos proveyendo de sentido a nuestras vidas. A todos los hombres nos ocurre que hay momentos de nuestra vida en que uno de estos valores (observar, resistir o crear) se destaca por encima de los demás y se vuelve regente; por ejemplo, entre los niños y los viejos la creación tiene menos pesos que la mera contemplación o la resistencia respectivamente: cuando niños somos exploradores de la vida, cuando viejos nos vemos en la necesidad de resistir enfermedades, sufrimiento y muerte.

Pero crear es más que ser artistas. Pienso por ejemplo en el ejercicio, algo tan de moda hoy en día, que supone acción dirigida y la meta clara de crear un estado de salud física mejor que el actual. Basta asomarnos a los gimnasios modernos para ver todas aquellas maquinarias que les confieren un aspecto algo industrial, como si fuera una fábrica de cuerpos fortalecidos, vigorosos.

De más está decir que nuestro trabajo cotidiano es esencialmente una labor creativa que supone el concurso de nuestra inteligencia y pasión, de nuestra dedicación entera. Pienso en el mundo de los empresarios o emprendedores, entre quienes cuento algunos amigos; los observo con la pasión con que se dedican día a día a conseguir aquello que desean; ellos no lo saben, pero son ejemplares. La sociedad entera debería reparar en ellos como los paradigmas de acción que son: nuestra vida es un campo de acción al que debemos abocarnos si es que queremos que nuestra vida abandone un estado de tedio y se eche a caminar hacia su estado natural, que es el de una tensa alegría.

Por último, no nos olvidemos nunca de lo más inmediato: el hogar. Es nuestro espacio vital, sagrado; ahí hay un sinnúmero de actividades que debemos y podemos realizar. Mejoramos lo que funciona, reparamos lo que se ha roto, embellecemos dignamente el entorno donde somos la conciencia de la vida.

Por último, conviene no olvidar la regla de oro de cualquier actividad humana: entre el aburrimiento y la ansiedad se encuentra la tierra prometida de nuestra existencia.

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