Labor omnia vincit

El trabajo exitoso es virtuoso: repetición, medición y compromiso diarios. No hay progreso donde no hay reproducción de esfuerzo; hay que entenderlo porque el talento, a pesar de la fama que le heredaron los románticos, no basta. Nunca ha bastado, pero en algunas culturas, como la mía, el trabajo cotidiano ha tenido mala reputación entre los pedantes. La verdad es que, por lo menos hasta donde yo puedo comprender, no hay más alternativa que la faena diaria, consistente y consciente.

Ahora mismo cuando escribo estas palabras el sol no ha salido aún y el silencio me rodea. Estoy preparando café y reviso papeles, me dispongo a cumplir con mis cuotas de palabras del día para después continuar con mis labores de acuerdo con una pequeña lista de cosas por hacer (to do list) que elaboro casi siempre la noche anterior. Es todo. Es simple, muy simple acaso, pero eso me basta para que mi esfuerzo consiga dar sus frutos, aunque sean tan modestos como el texto que ahora lees; sin esta organización mínima no sería posible conseguir nada, sobre todo porque el talento o la vocación desbocados tienden siempre a la dispersión, es decir, a la dilución: se vuelven polvo, humo, nada.

Cuando escribía mi tesis doctoral, a cada paso me parecía encontrar ideas maravillosas que corría a contarle a mi directora. Ella me escuchaba con expresión inconmovible y luego me decía que aquello era “muy interesante” pero que mis intereses estaban en otro lado. Como seguramente veía mi rostro de decepción, terminó por sugerirme poner todas esas “ideas maravillosas” en un “cajón de sastre” al que después podría acudir para seguir elaborándolas. Eso hice y después comprobé que muchas de esas ideas maravillosas en realidad no lo eran tanto.  

Un proyecto de vida es hijo de la razón, no de la pasión y sus exabruptos. La razón es quien nos ha hecho comprender que el logro de metas es la consecuencia directa de un sistema que organiza acciones diseñadas a acercarnos a nuestro objetivo: tan simple como eso. Es fácil de comprender, es verdad, pero es difícil de poner en ejecución; lo que sucede es que el animal que somos es voluble y propende a la autogratificación, la impaciencia, la pereza y la búsqueda cotidiana del placer. Todos los que trabajamos en proyectos de mediana y gran envergadura sabemos que pueden pasar semanas o meses de trabajo antes de ver los primeros frutos de nuestro esfuerzo. Quien es capaz de domeñar su impaciencia tiene tres cuartas partes del éxito garantizado.

La virtud es repetición, consistencia, esfuerzo constante. Es decir, no nacemos virtuosos, sino que nos volvemos virtuosos con base en nuestros actos constantes; hoy que se habla tanto de valores (así, en abstracto), bien haríamos en recuperar esta noción aristotélica, realista y necesaria, sobre la cual podemos montar lo mismo un proyecto empresarial o intelectual porque ambos, como actividades humanas que son, precisan del carácter dirigido y la constancia.

Haz lo que me dijo mi profesora: concéntrate en un objetivo, trabaja por él, mide tu progreso y no dejes que nada ni nadie te distraiga. Hasta este sol de hoy, que apenas comienza a asomarse por el horizonte, no he encontrado mejor manera de hacer las cosas. No sé si serán pocas o muchas, valiosas o vulgares, pero son hijas de mis actos y creo que eso me honra de algún modo.     

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