Tango de la muerte

Cuando llega el momento soy reconocida,
pero a diario vivo cubierta de olvido,
voy sola,
nadie me entiende,
creen que soy pálida,
agria,
piedra en el zapato cuando se me nombra
aunque llevo un aura luminosa.

No los duermo con dolor.
Soy la circunstancia paradójica.
Sólo beso sus ojos,
tiento su piel lentamente
con la caricia de pétalos blancos
y recuerdos entrañables,
montamos un corcel hacia la paz,
silencio,
quietud,
¿no lo añora?
¿no es acaso la consecuencia
de su estúpida finitud?

¿no querían despojarse de máscaras
para mirar y ser mirados sin velo,
sin carne, sólo ser sin la corbata,
sin el maldito maquillaje,
los esquemas sociales
y la gama cromática de ser humanos
e incomprensibles?

¡Mírenme!
¿acaso no soy hermosa?
Audite me!
Ascoltami!
Écoutez-moi!
¡Escúchame!

No ensombrezcas la mirada ante mi paso ligero,
no soy la plaga de langostas
o baño de sangre.
Sólo soy y nada soy.

Bésame.
Es momento de tango
y una espina floreciendo en los labios;
yo sé que tienes una pregunta,
pero tienes miedo
y en cada giro, cada compás,
resuena:

¿es mi momento?
Qué importa,
el único secreto es aferrarse a mi cintura,
cerrar los ojos
y esbozar una sonrisa ante lo ridículo.
Bésame.

Autor: Jilguero Recayente

Poeta de instantes.

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