Estudio, dignidad, resistencia

El corazón de todo proyecto vital es el trabajo intelectual organizado. Ha de tenerse cuidado en esto, como si la vida dependiera de ello. Es el motor de nuestros esfuerzos. Vivir es estar atento a lo que nos rodea, pero sobre todo saber que pertenecemos a una tradición de conocimiento que no puedo traicionar sin traicionarme: es un alto deber personal el estudiar todos los días de nuestra vida tratando de conocer esa familia de saberes. No puedes andar por ahí opinando con base en la evidencia que tu miopía te provee. Si queremos que nuestra vida no sea una simple consecuencia sino el resultado de ideas y voluntades poderosas, no podemos dejar de aprender sistemáticamente todos y cada uno de nuestros días en este hermoso planeta. Quien no estudia está condenado a repetirse interminablemente, atrapado por las tenazas de unos prejuicios que crecen y se fortalecen en directa proporción a su ignorancia.

Siempre he hablado de los beneficios de la rutina. Como parte de esa rutina (que no contradice en modo alguno la altísima obligación de vivir nuevas experiencias), el estudio debe ocupar un papel fundamental. El conocimiento que vamos robusteciendo con nuestras experiencias de lectura es el “combustible” que nos impulsa a caminar y que va abriendo poco a poco nuevas perspectivas para mirar el escenario del mundo; por si fuera poco, el conocimiento tiene fecha de caducidad: el mundo como lo conocemos es solo un momento de una larga cadena de transformaciones. La infinita capacidad para aprender, pues, es uno de los poderes del espíritu.

El estudio es un análogo de la nutrición fisiológica. La calidad del “alimento” hará que nuestro ser sea robusto o famélico; es necesario saber discernir entonces (de ahí la importancia del canon) hacia dónde dirigiremos nuestra atención. Digo esto porque hoy en día estamos rodeado por canales que ofrecen información de todo tipo, mucha de ella de altísima calidad, que fácilmente puede atrapar a las mentes más curiosas. Corremos el riesgo de diluirnos al dedicar nuestro tiempo escaso al estudio de áreas del conocimiento que no tienen relevancia en nuestra vida, o su relevancia es pobre o relativa. Si no hay una intencionalidad detrás de nuestro estudio, este puede ser tan fútil y vano como cualquier actividad de mero entretenimiento.

El estudio fortalece nuestra disciplina y nos concilia con la vida. Lo tengo claro, lo he tenido desde que hace más o menos veinte años comencé a tomarme en serio la lectura; gracias a esto he ido refinando lo que conozco y, esto es lo más importante, he conseguido (sigo en ello) tener una visión realista del inabarcable mundo del saber. Estudiar nos vuelve humildes (algo de lo que hablaré más adelante) para aceptar que nuestra lucidez será siempre poca y nuestra tarea por remediarla una misión condenada al fracaso. Lo sabemos, pero aun así no renunciamos, salimos cada mañana alzando la nariz hacia el horizonte, como olfateando el aroma dulce de la victoria. Esto es vivir con dignidad, esto es resistir.