Del amor y otras discapacidades

Photo by burak kostak on Pexels.com

Si uno no se encuentra jamás, ni siquiera por un instante, en el clima de un encuentro, abandona este mundo con la convicción de haber vivido una existencia privada de sentido y de valor; se marcha vacío, porque no ha sido llenado por nadie.

S.Grygiel

Una de las cosas que más disfruto de mi trabajo como psicóloga es el trabajo con parejas. En mis veinte años como psicóloga he visto transformarse la situación emocional y psicológica de las personas. Confieso que actualmente los problemas son más intensos, críticos y me atrevo a decir que graves. Por ejemplo, no era tan común diagnosticar depresión crónica y ahora es de los diagnósticos más frecuentes, con complicaciones como ideas suicidas o intentos de suicidio y trastornos de ansiedad. En las relaciones de pareja este fenómeno de la transformación no podía quedarse atrás, y he observado como las relaciones han mutado, pero aquello que siempre las ha sostenido y el motivo por el que nacen es justo lo que permanece intacto aun con el paso del tiempo.

Algo que he descubierto es que las personas tenemos más que nunca una dificultad para crear vínculos. No estamos hablando de lo que todos conocemos como habilidades sociales; el vínculo es algo más profundo, es la conexión que establecemos con algunas personas y que termina ayudándonos a definir algo más que nuestra identidad. En esa necesidad humana de establecer encuentros está implícita la de lograr relaciones que nos permitan reconocer el valor de nuestra existencia personal, es decir, el sentir y saber que nuestra presencia es bien recibida en este mundo y que además tiene una razón.

El primer encuentro lo tenemos con nuestros padres, son los primeros vínculos que logramos formar, y es de esa manera como aprendimos a construir (o no) esos vínculos que repetiremos en cada una de las relaciones que tengamos en el curso de nuestra vida. No todas nuestras relaciones califican como encuentros y no con todos construimos vínculos, solo contadas personas pueden, en este sentido, rescatar nuestra humanidad y revelar nuestra existencia, ya es que estos encuentros exigen siempre otro más profundo y verdadero. Nuestras relaciones se convierten en un signo concreto de algo divino que nos conecta con el Infinito.

Viene a mi mente la película “Angel-A”, esa historia francesa del director Luc Besson muy famoso por su obra maestra “El Quinto Elemento”, que nos narra la historia de un hombre: André, de 28 años, cuya vida está en completo caos, pues se dedica a estafar a las personas y tiene una deuda con unos mafiosos que han amenazado con matarlo; ante la dificultad de resolver su vida de fracasos decide suicidarse en el río Sena y es ahí donde encuentra a Angel-A, que también está por saltar del puente. André le pide que no lo haga, pero ella insiste y, al lanzarse, es él quien la rescata y es justo ahí donde empieza esta conmovedora historia. André y Angel-A logran establecer un encuentro que los salva a ambos, la película narra de forma muy sencilla pero a la vez profunda la forma en que algo mucho más que el sentimentalismo une a las parejas y como se construye un vínculo que desvela la existencia de cada ser. Angel-A le confiesa a André que es un Angel y que fue enviada para salvarlo, pero en sus planes no estaba enamorarse. Así, ella también necesita ser salvada. Angel-A le enseña a André que no puede dar amor porque tal vez nunca lo recibió y es imposible también que pueda dárselo a sí mismo, esta discapacidad emocional por llamarla de una forma le dificulta también recibir amor y, por supuesto, esto es lo que llamamos no poder crear vínculos.

Vivimos una época donde las personas ya no construimos vínculos. En las familias, los hijos y sus padres ya no solo no pasan tiempos juntos, sino que sus relaciones tienden a ser más que superficiales, es decir, no podríamos llamarlas encuentros, eso tal vez sucedía en el pasado, pero los hijos contaban con otros entornos que les ofrecían lo que los psicólogos llaman redes de apoyo, en donde podían encontrar relaciones que les ofrecían esos vínculos que no construían en casa. Actualmente eso ya no sucede, y es que la pandemia de depresión de la que habla la OMS tiene mucho que ver con esa pandemia de soledad que viven las personas, porque sus vínculos no existen, y a la hora de encontrar pareja esa dificultad siempre sale a flote.

Cambiar a las personas por mascotas no ayuda mucho, los encuentros y los vínculos tienen que ser de persona a persona; antropológicamente, es una necesidad de nuestra naturaleza y los animales no pueden cubrir más de aquello que les corresponde. Vivir en pareja se vuelve complejo, como lo es también vivir en familia y, por supuesto, en comunidad. Tengo la teoría de que las parejas nos unimos no por las virtudes que tenemos en común, sino por los defectos que tenemos en común, que como piezas de rompecabezas podrán ayudarnos a descubrir aquello que nos toca resolver y también sanar, porque todos sin distinción tenemos algo por resolver, cargamos una maleta de situaciones que nos toca enfrentar y averiguar, que saldrán a flote en las relaciones. En medio de las crisis las podremos ver surgir; salir de ellas es nuestra mayor responsabilidad.

El matrimonio es una alianza, me queda claro, a la que muchos temen no tanto por lo que encontrarás en el otro, sino por lo que encontrarás de ti mismo. Todos sabemos que conocernos a nosotros mismos es el reto, es el viaje a nuestro interior lo que todos aparentemente anhelan, pero es a través de estos encuentros que podremos hacerlo, y me queda claro que por más que evitemos hacerlo, al final habrá consecuencias y tal vez tengamos que pagar precios muy altos que incluirán mucho más que los honorarios de un terapeuta.