Metanoia

Vivimos en la época de la autoayuda. Nunca antes, a mi modo de ver, se había insistido tanto en la cultura occidental en la “cura” de uno mismo. Al menos así lo atestiguan los famosos libros de “autoayuda” que abundan en las librerías de todo el mundo occidental (desconozco cómo será en Oriente). De hecho, los filósofos vemos con asombro cómo estos libros se mezclan en las estanterías de las librerías con los libros de filosofía y viceversa. Pasa bastante con algunos libros de filósofos epicúreos y estoicos que escribieron de modo no sistemático cartas, breves ensayos e incluso sentencias acerca del poder catártico de la filosofía. En efecto, estas filosofías tardías del período helenístico, reciben la influencia de la cultura romana, más preocupada por la vida práctica y política. Así un filósofo como Séneca o Marco Aurelio abordan el valor disciplinario de la virtud, la paz que trae la prudencia, el sosiego de tener pocos pero buenos amigos, la felicidad como vivir el placer de las pequeñas cosas, la reflexión acerca de la muerte (“meditatio mortis“) como pedagógica para una vida desasida de los bienes materiales, la ataraxia (la imperturbabilidad del alma) que se logra en la vida retirada del “populus”, la therapeia que provoca una vida dedicada a la actividad intelectual, etcétera.

Los libros de autoayuda, que se venden como pan caliente hoy en las librerías, hacen énfasis en el poder de curación de la propia mente, del sí mismo, del yo, ya sea a través de la propuesta de actividades intelectuales como corporales. Lo que llama mi atención es la focalización en la autocuración, a través de un proceso de “transformación” personal, ya sea reflexivo, afectivo y corporal. Muchos de ellos apelan a cosmovisiones orientalistas, budismo o hinduismo, otros a temáticas más psicologistas, que apuntan al autoconocimiento para alcanzar la autodisciplina, y después, los más radicales pero no menos abundantes, que apelan a lo esotérico, parapsicológico, paranormal… Todos ellos se fundan en un pre-juicio: “uno puede curarse y transformar su vida por sí mismo”. Esta tesis necesita, desde mi punto de vista, de muchas matizaciones, que por cierto, los autores de esos libros no realizan.

Esta concepción de la autoayuda, bastante polémica, por cierto, en cuanto a su eficacia real más allá de los récords de ventas, choca con la idea antigua y neotestamentaria de metanoia. Esta palabra griega, muy difícil de traducir y polisémica, fue traducida en versiones anglosajonas antiguas de la biblia como “repentance”, es decir, arrepentimiento. En versiones españolas más actuales se prefirió la palabra “conversión”, que tiene que ver también con una curación pero no tanto del cuerpo sino del corazón, y esa curación no tiene sólo un sentido médico-biológico, o psicológico, sino principalmente espiritual. “Curar” significa “ocuparse de”, y en el ámbito bíblico las curaciones no solo tienen que ver con la desaparición de alguna dolencia física, sino y principalmente con una “conversión del corazón” a Dios. Lo que a mí me interesa recalcar aquí es que la metanoia, la conversión, no es una operación que lleva a cabo el sujeto, sino al contrario es una acción que el sujeto padece, incluso, en algunos casos, sin pedirla, o sin merecerla. Es decir, en el contexto del Nuevo Testamento la persona, varón o mujer, no se cura (y se convierte) por sus propios medios, por acción de su libertad o voluntad, sino por la acción libérrima y gratuita de Dios. Una característica fundamental de la metanoia, como curación y transformación, es, por tanto, su gratuidad, su condición de ser dada. Evidentemente Dios cuenta con el concurso de la voluntad de la persona, en la mayoría de los casos, pero la “conversión” no le llega por sus méritos, muchos de ellos grandes pecadores y, por ende, a los ojos de los hombres “no merecedores” del favor de Dios. Por eso podemos decir que podemos querer (y pedir) la conversión (y la curación de nuestra alma), pero ella nos será dada, no cuando nosotros lo querramos, sino cuando la gratuidad del Sanador lo disponga.

Para terminar, hacer notar la esencial diferencia entre autoayuda y metanoia. El poder del yo para curarse es tan limitado como mezquino, podemos aliviar o disimular nuestro sufrimiento moral pero casi imposible curarnos. Ya lo dice el refrán: “El médico no puede curarse a sí mismo”. La curación del cuerpo o de la mente como transformación total de mi ser personal, digamos en términos bíblicos, de mi corazón no la puedo lograr por mis propios medios. Mientras que la curación del espíritu solo puedo esperar que me sea dada, que acontezca para mí una metanoia o conversión, algo tan inconmensurable como el poder de su Dador.