Francisco, el simpático

Una vez más, como el año anterior, las palabras de nuestro obispo Don Mauro Parmeggiani, llamaron mi atención dentro de la homilía que dirigió a toda nuestra comunidad religiosa y parroquial de Tívoli, en Italia, durante la misa solemne de la fiesta de San Francisco de Asís.

Hace un año, la idea de un Francisco no realizado en sus ideales sueños caballarescos, de presencia visible en la nobleza, de fundador, de padre e inspiración para sus cercanos, propuesta por las palabras de don Mauro, me sugirió un Francisco fracasado. Esta vez, las idea de su sumisión consciente, su entrega total y su propuesta llamativa para los jóvenes, sobre todo los de hoy, hambrientos y mendicantes de lo que pueda tener sentido en la vida, me sugirió un Francisco, simpático. “Por su invitación siempre constante a hacernos pequeños para hacernos felices, es por lo que Francisco, nos es atractivo, nos es simpático”, dijo el obispo espontáneamente, prescindiendo de la lectura de la homilía escrita para la ocasión.

  La palabra “simpático” es ciertamente muy usada por todo es el lenguaje común, pero su significado va muchos más allá de una cierta proclamación de agrado sobre una persona o una situación, o un calificativo contrapuesto a lo desagradable. Mucho más, cuando lo adjuntamos al poverello de Asís a manera de adjetivo, de descripción de su personalidad siempre atrayente y fascinante. A su obra toda.

  Hablando sobre el “yugo” que ofrece Jesucristo a todos aquellos que se sienten cansados y agobiados por este mundo, nuestro obispo apuntó: “No es cualquier yugo,  sino Su yugo, o sea el Amor”. Haciendo un paragón notable entre lo negativo y desagradable de lo que se entiende por yugo como instrumento de la ganadería para la sumisión al trabajo de los animales de servicio. Resaltando sobre todo, que el yudo de Cristo no deja de ser una carga, algo que se lleva encima e invade a toda la persona, pero que es carga e invasión de un amor verdadero que –en contraposición- hace liviano el caminar y agradable el paso por este mundo.

  Cuando se entra a la basílica inferior de San Francisco en Asís, inmediatamente sobre el techo altar mayor se encuentran los inigualables frescos del Maestro delle vele, formado a los pies del mítico Giotto, el “pintor de san Francisco, que describen bellamente los votos franciscanos. Exactamente a la derecha se encuentra el fresco que escenifica el voto de la obediencia. Es un hombre pequeño (lo más probable san Francisco) que voluntariamente se está colocando el yugo de Cristo para significar la sumisión alegre a la voluntad de Dios y de los superiores. Hay en la escena figuras humanas y angélicas que fungen de testigos, mientras que un centauro (figura de la humanidad-animalidad juntas, símbolo de la voluntad) se le ve en estado notable de bastante molestia. La escena sublime remite a un mensaje claro: la obediencia perfecta en la tierra integra al hombre y lo hace ciudadano celestial aun viviendo en este mundo. Lo hace simpático a Dios y a los hombres.

La obediencia franciscana. Basílica inferior de San Francisco. Asís.

  Es la simpatía, la característica que tomó poderosamente mi atención de entre todas las que conocemos del poverello, y las conocemos tanto que se nos escapan de la atención que merecen. Para darle a este atributo –tan humano y espiritual- una atención considerable, hemos de anteponer otro recurso auxiliar; la empatía.

La empatía

Según Edith Stein (filósofa alemana 1891-1942), la empatía es el conocimiento inmediato del yo ajeno, del otro, del alter ego del que yo tengo una propia experiencia. Este elemento cognoscitivo (de conocer) será el primer paso para llegar a tener una verdadera experiencia del prójimo. Siendo –para Stein- un paso cognoscitivo se debe entender como totalmente diferente del elemento afectivo que también nos pone en relación estrecha con el otro. La empatía es pues, el fundamento cognoscitivo desde el cual es posible un conocimiento afectivo de la otra persona. En otras palabras, yo empatizo cuando conozco la realidad del otro, su manera de pensar, vivencias, ideales, sueños o frustraciones.

El planteamiento de Edith Stein nos ofrece ya una base. Sin embargo, requerimos algo más que conocimiento para mirar mejor a Francisco.

La simpatía

Max Scheler (filósofo alemán 1874-1928) desarrolló un planteamiento de esta experiencia de conocimiento-relación con el otro que va más allá de esta aproximación empática, a la que consideró insuficiente para dar cuenta de la experiencia profunda del otro. Según su teoría, la simpatía (führer), a la que entiende como el fenómeno humano del “contagio de emociones y sentimientos” (nos alegramos –por ejemplo- en una reunión donde sólo hay gente alegre y positiva, gente que amamos y nos ama) es la que nos lleva a la comprensión cognoscitiva y afectiva del otro, a una experiencia vivencial de lo experimentado en mi prójimo, independientemente si hay algún vínculo afectivo o no. Esta experiencia es para Scheler la verdadera simpatía (Mit-führer), el sentir-con o también co-sentir. El filósofo lo explica así: “aquellas experiencias que nos son inmediatamente comprensibles y conocidas de otros seres pero en las cuales participamos”. Vemos hasta aquí el binomio irrompible empatía-simpatía, la necesidad de la una a la otra.

Francisco; binomio vivo de empatía-simpatía

La primera reacción que tuve mientras escuchaba la homilía ante la palabra “simpático” fue la de imaginar un Francisco riendo y cantando en lengua francesa, predicar con ímpetu a las aves y abrazar a un lobo. Mi imaginación inmediata me regaló bellas sonrisas de un mismo Francisco de Asís. Sin embargo, una seria consideración de este atributo me hizo leer de manera más profunda no sólo el resto de la homilía, sino la misa entera.

  Momentos brillantes del Francisco simpático son tantos, imposible elencarlos aquí, pero hemos de decir que su ser “el rey de la juventud” de Asís, -como lo habían titulado sus amigos en su juventud-  revela ya esta gran característica de su persona cuando aún Jesucristo no había tocado su vida para la conversión (Vita Seconda di Tommaso da Celano, Fonti francescane 558-559). Era simpático a todos y centro de los festines porque empatizaba perfectamente con las diversas personalidades de aquellos que lo seguían incondicionalmente al punto que después irán tras de él a querer llevar su nada fácil estilo de vida precisamente movidos por la simpatía; de él para con ellos y ellos para con él. Simpatía que sólo él sabía dar al comprender las necesidades del otro.

  Me viene bien traer a la memoria una vez más aquel acontecimiento que las biografías señalan al inicio de la vida de la comunidad nacida entorno a Francisco. Se dice que, cierto hermano (algunos aseguran fue Bernardo de Quintavalle, su primer seguidor) recibía de Francisco un “te amo” todos los días, lo que llegó a hacérsele una costumbre que pronto se convirtió en necesidad. Cuando pasó el tiempo, Francisco tal vez agobiado por las enfermedades y el peso del liderar la comunidad, descuidó este gesto para con dicho hermano. Ocurrió  que el sensible fraile entristeció y su comportamiento en la comunidad era notorio para el resto de los miembros aunque no para el santo. Cuando por fin Francisco fue enterado de lo que ocurría, mandó llamar al triste fraile, lo abrazó efusivamente y retomó la costumbre de dar su dotación afectiva diaria a aquel con un sentido “te amo”, actitud a la que en vida no renunció jamás mientras se encontraba cerca de dicho fraile.

  Tampoco podemos dejar de largo lo que nos narran las florecillas y lo refuerzan las biografías de la época, la experiencia con el lobo (I Fioretti di san Francesco, Fonti francescane, 1500). Gubbio, ciudad a la que el pobrecillo siempre rindió agradecimiento y profesó gran amor por ser esta la primera que lo vio desnudarse para empatizar con Dios Padre como su hijo (sobre este dato interesante hablaremos en otra ocasión más detalladamente), fue el lugar que conoció uno de los acontecimientos más emblemáticos de la vida del santo: la conversión del lobo asesino. Sin discutir ni hacer discutible la historicidad del evento, hemos de decir que las narraciones no obstante su diversidad de intenciones y estilos, coinciden en algo: Francisco dialoga con el lobo, habla con él. Lo amonesta por su comportamiento. La coincidencia se hace más sólida cuando vemos que el final del acontecimiento viene señalado con el premio de la pacificación de la bestia precisamente con la garantía de ser alimentado y amado por la ciudad a la que agredió.

  Este dato aunque conmovedor, es importante ya que nos lleva a pensar que Francisco simpatizó con el animal porque conoció su sufrimiento, su soledad y su dolor por no ser tenido en cuenta por nadie. Garantizarle de ese momento en adelante el alimento corporal y afectivo nos hablan de una solución audaz de alguien que prueba verdaderamente el dolor ajeno (Gubbio-Asís), incomprensible (en la figura de un animal) y mal encausado hacia el daño al otro (su rapacidad, crear terror), simpatía pura la de Francisco, que deja a la ciudad la paz y armonía añorada, sin resentimientos ni posibles venganzas hacia su agresor, pues “la ciudad lo alimentó el resto de su vida. (…) Los niños jugaban con el animal cual cachorro inofensivo y “toda la ciudad lloró su muerte”. Es conmovedor ingresar hoy en día en la ciudad de Gubbio a la pequeña iglesia llamada San Francesco della pace, hoy convertida en museo, y observar la antigua lápida donde se dice fue sepultado el mítico lobo que –según la escritura en latín- “fue amansado con el poder de la cruz” por san Francisco, mejor aún, con el poder de su simpatía.  

  Existe otro dato, más ubicado en la medida de la historicidad que ofrecen las biografías de la época donde se describe esta cualidad de Francisco ante las situaciones particulares de los otros. Se dice que en cierta ocasión un fraile de notable edad y experiencia de vida, amigo sabido de Francisco se encontraba dentro de un periodo de crisis espiritual donde, afligido en el alma por tantas sugestiones “del maligno” es decir, caídas y recaídas en algunos pecados, se avergonzaba tanto de ir a confesarlos asaltado de la tentación de pensar que los confesores tenían presentes sus recurrentes pecados y sentía su juicio. Se dice incluso que se había alejado del sacramento del perdón por esta situación de confusión espiritual. Dice la biografía que por aquellos días el santo acompañado de otro hermano pasaron por aquella región y decidieron visitar a la fraternidad del convento donde habitaba dicho fraile. En la convivencia y el trato fraterno, Francisco percibió la situación del alma de aquel atribulado hermano y llamándolo a sí le dijo: “Querido hermano, quiero y te ordeno que no te angusties de confesar todo lo que sufres por causa de tus tentaciones. Debes estar tranquilo, pues el maligno no ha hecho ningún daño a tu alma. De hoy en adelante cada vez que te asalte una crisis de angustia o tentación a pecar, recita siete veces el Padre nuestro”. Se dice que el fraile recuperó la alegría y expulsó por sí mismo toda aquella angustia y vergüenza que lo torturaban y admiró grandemente la santidad de Francisco por haberlo comprendido sin siquiera haber confesado a él cómo se sentía. Sin hablar siquiera, había conocido sus tentaciones incluso aquellas que él no había contado a nadie porque ni siquiera tenía las palabras justas para describirlas (Leggenda perugiana, Fronti francescane, 1168-1169).

  Una prueba grande de la simpatía de Francisco, de aquella capacidad de entrar en el otro, conocer su realidad y padecerla en sincronía. Cierto es que, como cristianos admitimos que esta capacidad es un don del Espíritu Santo –las biografías lo señalan en cada narración-, sin embargo no podemos dejar de lado que es también una capacidad humana que algunos logran desarrollar y poner en servicio de otros.

Escultura metálica de San Francisco. Pasillos Basílica Santa María de los Ángeles. Porziuncula. Asís.

Francisco, el simpático

Es claro que san Francisco sigue siendo atrayente a las generaciones actuales, basta pasear un poco por las calles de Asís para darnos cuenta de la atracción que tiene por los jóvenes. Su ejemplo de vida y las acciones concretas de las que tenemos noticia gracias a las fuentes franciscana nos sugieren nuevas formas de acercamiento a las realidades de los otros, sobre todo a aquellos que más necesitan de cercanía. Francisco en su tiempo fue práctica viva de la invitación que hoy nos hace el Papa Francisco bajo el eslogan de “la Chiensa in uscita” (Iglesia en salida), que no es otra cosa que desempolvar la simpatía donada por Cristo a la Iglesia y descuidada a lo largo de la historia.            

El movimiento empatía-simpatía es ciertamente un itinerario a seguir, punto de partida y llegada para comenzar a ser verdaderos humanos, coherentes cristianos y franciscanos alegres.  El mundo necesita más personas que empaticen y simpaticen con sus cercanos. Sensibilizarnos ante las situaciones de los otros –sobre todo aquellas más tristes y dolorosas- es el inicio de nuevas civilizaciones fundamentadas en la tolerancia y el respeto que todos necesitamos y que actualmente se exige. El modelo de esta simpatía será siempre el Creador, que quiso, haciéndose creatura, simpatizar para demostrar su amor infinito

Escultura metálica de San Francisco. Exposición “Cántico de las criaturas” en San Damian. Asís

Autor: Daniel Ramos

Mexicano y Jalisciense. Franciscano y sacerdote. En los andares de la filosofía y en el constante ir de la vida. En exilio italiano. Escribo para darle voz a la vida.

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