Isabel, la que reinó siempre

“… en la salud y en la enfermedad, en lo próspero y en lo adverso”

Sobre la particularidad de haber “reinado” siempre y en cualquier situación vital de Isabel de Hungría, podemos decir muchas cosas. Lo primero sería apuntalar el hecho de que el “siempre” hace referencia a sólo 24 años de vida. No obstante a su rica iconografía donde se le manifiesta siempre con rostro y actitudes de mujer adulta (probablemente para manifestar su condición real y su coraje ante cualquier situación) los grandes sucesos de su vida tuvieron lugar en infancia y su adolescencia.

Válganos mencionar que apenas siendo una recién nacida y mientras aun era amamantada, fue comprometida en matrimonio con Ludovico di Turingia (quien era apenas un niño) y llevada a la corte de Wartburg sobre la que habría de reinar y desde ahí formarse para ser emperatriz de todo un reino. Por increíble que parezca a nuestros tiempos, así, a días de nacida, comenzó su vida matrimonial. Igual de fantástico es aquello que se dice, muy a la manera de las los cuentos de hadas, que, estando todavía en el vientre de su madre, la noche que nacería Isabel, un mago de aquella región que era huésped en el castillo de Turingia había leído en las constelaciones y en el movimiento de los astros el nacimiento de esta de la cual su santidad sería como un “himno de estrellas para ser glorificada por toda la tierra”.

Ante el dolor de perder a su madre a los 6 años de edad, fruto de un cruel asesinato por parte de los mismos miembros de la corte, se dedicó a tratar a todos aquellos con la mayor educación y respeto, no obstante la rabia de saber que entre aquellos rostros sonrientes que la rodeaban se encontraba la envidia y la intriga, maquilladas y perfumadas, entre oropeles y joyas preciosas, como se sabe disfrazar la maldad en este mundo.

Cuando adolescente, por opción personal decidió vestir austeramente, actitud que contrastaba con las vanidades de las demás mujeres cortesanas que luchaban a diario por ser las más atractivas y fascinantes. Isabel, según sus biógrafos, era bella por sobremanera y aún con vestidos simples, su gracia atrapaba a los que la miraban, incluso en medio de las multitudes. Esta pobreza fascinaba a su rey terreno, Ludovico su esposo. De sobra está decir que encantaba a su Rey celestial, Jesucristo a quién amó desde niña.  Ambos amaron a esta por su sencillez y modestia que es vestido y joya sólo de las mujeres que saben de su verdadero valor.

Pintura de Santa Isabel de Hungría perteneciente al tesoro artístico de nuestra parroquia en Tívoli, Italia. De autor desconocido y restaurada por la pintora Luciana Luciani en 1979.)

Su matrimonio fue a los 14 años, precisamente en 1221 (año en que San Francisco de Asís escribía su primera Regla y forma de vida para ser presentada a la Iglesia e miras a su aprobación). Su estado de casada duró  sólo cuatro años. En 1225 muere Ludovico víctima de la peste. Inmediatamente es corrida del castillo por su cuñado que quería ostentar todo el poder sin rastros del reino que había terminado con la muerte de su hermano. Isabel le estorbaba.

En 1228, probablemente –me atrevo a decir- por el gran acontecimiento de la canonización de San Francisco en ese mismo año o el fin de este proceso, Isabel, fascinada por la forma de vida del poverello, (a quien se sabe que ya imitaba desde que vivía como reina en el catillo) tomó el hábito humilde en la Orden Franciscana Seglar, movimiento laical fundando por el mismo santo de Asís apenas unos años antes. Hemos de decirlo, su opción por la vida en pobreza, al modelo franciscano, fue en medio de una situación de precariedad material, lo que no hizo de esa opción una consecuencia sino una expresión de continuidad de la vivencia en la pobreza de Cristo y un llevarla más allá de lo simplemente material. Deseo hacer de la pobreza, su vida.

En este periodo de exilio, de rechazo de sus familiares y de suspensión de su ejercicio de gobierno, fue cuando construyó con un gran esfuerzo e ilusión un pequeño hospital para atender a pobres y enfermos, hospital que dedicó a San Francisco. Se dice que servía a los más necesitados con atención y delicadeza, curando sus heridas del cuerpo y contribuyendo a sanar también las del alma, muchas de estas por el renegar de Dios al verse pobres y despreciados. Lavaba con sus propias manos las heridas y suciedades de los enfermos. Enseñaba a orar a tantos más, incluyendo a los que la auxiliaban en los servicios de aquel recinto sanitario que invitaba a creer no sólo en Dios sino también en la bondad del ser humano.

A este punto podríamos decir que la pobreza de Isabel -fruto del exilio y su deposición del trono-  ¿fue la situación asumida que la invitó a vivir como pobre entre los pobres?. Debo afirmar que no. Sabemos con precisión histórica y biográfica que durante su reinado en Turingia repartía de comer en el castillo a grandes cantidades de hombres y mujeres pobres quienes la llamaban “mamá” para expresarle su agradecimiento y honor. Personalmente creo que no hay cumplido más hermoso para un rey o una reina que el ser llamado por sus vasallos como “padre” o “madre”, pues ese el sentido de su ser monarcas. Isabel se lo ganó a pulso. Agradecía y disfrutaba ser llamada así.

Su vida concluyó en esta actitud de servicio desinteresado en medio de la pequeña “comunidad” de mujeres que en la corte fueron sus damas de compañía y fueron exiliadas del castillo junto con ella. Todas, a en un mismo sentir, vistieron el hábito franciscano para el servicio a los demás. No está demás que la Jornada mundial de los pobres viene celebrada el domingo más cercano a su fiesta el 17 de noviembre cada año. Isabel es su inspiración.

De Isabel de Hungría nos queda su amplitud de vida no obstante sus pocos años en este mundo. Una mujer que amó al hombre de su vida, al que siéndole impuesto, eligió con libertad y amó. Una mujer realizada en su rol de madre biológica al traer a este mundo al que sabemos que fue su hijo amado que siempre estuvo a su lado. Una mujer realizada como reina y plebeya sin conflicto alguno. Servidora siempre, creyente en todo momento. Mujer desposada desde el principio de su vida hasta el final. Amante y amada. Su amor: la caridad cristiana, aquella verdadera cuando no se hace porque se acepta con resignación (cuando exiliada), sino que se elige. Aquella que no se practica al dar lo que nos sobra (cuando reina). Aquella caridad que no busca hacer ruido. La misma caridad que hermana a todos, los eleva y los impulsa a la fe. Una caridad ejercida siempre, como sentido principal de vida: en la salud y en la enfermedad, en lo próspero y en lo adverso. Como quien se casa por amor.

Autor: Daniel Ramos

Mexicano y Jalisciense. Franciscano y sacerdote. En los andares de la filosofía y en el constante ir de la vida. En exilio italiano. Escribo para darle voz a la vida.

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