Litoral

No conocí el mar, nací en él.
Soy del agua,
soy del más estricto tiempo,
soy de las horas, de la luz del sol,
del día que se abre y cierra,
de la señal de otros hombres en la playa,
de la invisible lengua de sal
que lame las heridas espirituales
y nos suena en el oído y el olfato,
en la piel dorada y en la frente
como en un viejo libro en el que
el viento escribe
sus minúsculos versículos de sílice:
el lento bramido de los buques
y el graznido nupcial de las gaviotas.

Hay un mensaje demasiado grande
para el corazón de los mortales
en cada ola, en cada naufragio
del sol que así se ahoga
en la espuma de su sangre,
en cada racimo de sal contra el muro de la ola,
en cada caracol que desenvuelve
sus milenios concéntricos,
en cada noche sin luna:
espejo de las galaxias abisales.

Entre el desierto y el mar
hay un instante en el que el hombre
puede verse a sí mismo,
por entero,
sin confusión de tiempos o palabras:
se sabe hijo de los elevados astros
y los amargos, soterrados minerales.
Todo es aquí un puente fugaz
entre el hoy, sucesión hecha de gases,
y el ahora, construido con los sutiles
elementos de la carne.

No conocí el mar:
devine varón entre sus fauces.
No supe de mundos sin ese vaivén
del agua combativa
en que se mecen cánticos interminables.
La ceremonia de las mareas,
el correo de los peces,
la memoria digital de los corales.
Todo eso era yo sin ser otra cosa que hombre
pobre en mis caudales de esperanza,
rico en mi alegría sin destinos,
todo aquí, en mí, desde mi frente:
era el vigía en solitario
frente al lento vértigo
de los crepúsculos.

Hay una floración náutica en mi pecho,
hay sogas de la tierra que me atan,
hay cadenas crueles, ventisqueros,
veletas locas, pulsos, ceremonias,
animales que vuelan o se arrastran,
cometas, hélices, oscuras latitudes.
He aquí el gran secreto:
todas las historias de los hombres
se disuelven en el mar.

Yo, como ese mar, soy el otro,
soy el mismo: mi destino es
ser la luz en vilo,
el mestizo primordial de la leyenda,
el sigiloso guardián del primer día,
el Adán hecho a semejanza del delirio,
el primer peregrino abandonado
en las orillas de este mundo.

Mi cuerpo es la cifra que repite su silencio.

Autor: Álex Ramírez-Arballo

Álex Ramírez-Arballo. Profesor de cultura y literatura latinoamericanas en la Pennsylvania State University. Doctor y maestro en literaturas hispánicas por la University of Arizona. Poeta y escritor. En el mundo académico imparte cursos de lengua y literatura latinoamericana, así como un taller de composición para hablantes nativos durante las primaveras. A la fecha ha publicado cinco libros de poesía, uno de crónicas y un libro de ensayos: Las comuniones insólitas (ed. UNISON 1998); El vértigo de la canción dormida (Ed. UNAM 2000); Pantomimas (Ed. ISC 2001); Oros siempre lejanos (Ed. ISC 2008); Las sanciones del aura (Ed. ISC 2010); en crónica: Como si fuera verdad (Ed. ISC 2016). Su libro de ensayos se titula: Buenos salvajes –seis poetas sonorenses en su poesía. Ha sido ganador de premios de poesía a nivel local (Sonora) y nacional, como el premio Clemencia Isaura (1999), los Juegos Trigales del Valle del Yaqui (2001), mención honorifica en el premio Efraín Huerta de poesía (2001), así como los premios binacionales Antonio G. Rivero (1998) y Anita Pompa de Trujillo (2006). Sobre su obra poética, el Diccionario de escritores mexicanos dice: “La poesía de Álex Ramírez-Arballo se proyecta como una exploración dentro de los territorios del pasado, la oscuridad y la ausencia. Esta sensación de vacío surge porque los elementos verbalizados son definidos no por lo que son, sino por lo que un día fueron: la infancia, el amor, el lenguaje, etcétera. En sus poemas proliferan las imágenes relativas al fenómeno de la mirada, la enunciación poética, el inconsciente y los procesos del sueño”.

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