¿Arde el Estado?

En las últimas semanas me han impresionado las imágenes de ciudades de muy diversas partes del mundo en las que las fuerzas de seguridad reprimían a los ciudadanos mientras ardían contenedores de basura o montañas de neumáticos. Quizá comenzó en París con las huelgas de los “chalecos amarillos”, caracterizadas por la agresividad de los manifestantes contra la policía, pero en los últimos tiempos se han extendido a Hong Kong, Barcelona, Santiago de Chile, Quito y probablemente otros lugares.

Estoy seguro de que se trata de fenómenos muy complejos —cuyo análisis dejo al juicio de los politólogos y demás expertos— y cuyas causas son muy diversas en cada país, pero tengo la impresión de que hay una cierta uniformidad en todos esos fenómenos, quizá debido a que veo todas esas imágenes cuando cansado del día y sentado frente al televisor contemplo las noticias de cada jornada. Hay dos rasgos que a mí me impresionan particularmente: la agresividad desplegada por ciertos manifestantes contra la policía y el valor comunicativo del fuego.

Respecto de lo primero, se decía hasta ahora que el Estado tenía el monopolio de la violencia y que la ejercía cumpliendo todos los requisitos legales a través de las fuerzas del orden, en particular, de los diversos cuerpos de policía. Para mí lo novedoso es que ahora entre quienes se manifiestan hay grupos entrenados para atacar a la policía mediante piedras, objetos contundentes, petardos, lanzamiento de mobiliario urbano, etc. Los medios de comunicación suelen llamarles “radicales violentos”, “anticapitalistas”, “antisistema”, etc., y no les falta razón, en el sentido de que lo que estos grupos denuncian es precisamente el sistema capitalista que hace crecer de día en día el número de pobres y hace más ricos a los privilegiados. Esto que acabo de decir es lo que confirman de manera fehaciente todos los datos disponibles del desarrollo económico en las dos últimas décadas sobre la creciente desigualdad entre ricos y pobres.

Como escribía en el pasado agosto, me impresionó hace años la película Elysium en la que unas pocas personas que viven en el año 2154 en un satélite paradisíaco alrededor de la Tierra, sin guerra, sin pobreza, sin enfermedades, explotan a la humanidad que vive hacinada entre las ruinas y las factorías que quedan en nuestro deteriorado planeta. Con todos los antisistema pienso que es posible que estemos yendo hacia esa situación de pesadilla: la filósofa alemana Christel Fricke la ha llamado “a gentrification of society“, en la que unos pocos cultos, sanos y adinerados viven a costa del resto de la humanidad.

Un elemento central en esta discusión es el papel del Estado, que —no lo olvidemos— es en última instancia un “invento” de los últimos siglos. Muchos advierten que de forma creciente el Estado no encarna ya los sentimientos de la mayoría de la población, en parte por las enormes olas de inmigración en todos los países occidentales, pero también en parte porque solo representa en muchos lugares al pequeño grupo de familias o de empresarios que controlan cada país. De hecho, la definición más comúnmente utilizada es aquella de Max Weber que definía en 1919 al Estado moderno como la institución que en un territorio monopoliza legítimamente el uso de la violencia. Lo nuevo ahora es la violencia popular contra el Estado, sean los indígenas en Ecuador, las clases más desfavorecidas en Santiago, los jóvenes radicales independentistas en Barcelona o los jóvenes occidentalizados de Hong Kong.

El segundo rasgo que más ha llamado mi atención ha sido el fuego con toda su espectacularidad en la noche de una gran ciudad: contenedores ardiendo, neumáticos en llamas, densas humaredas convertidas en cortinas de humo tóxico, etc. Esas imágenes captadas por miles de móviles eran retransmitidas durante horas a muchos países del mundo. En Barcelona hubo incluso quienes se hacían fotos con el móvil para publicarlas en las redes sociales.

Me escribía una filósofa catalana diciéndome: «Estoy triste por lo que está pasando en Cataluña. Se nos está yendo de las manos». Yo le contestaba brevemente: «No está en tus manos ni en las mías. Tú intenta crear a tu alrededor un espacio de serenidad, paz y optimismo y verás cómo las cosas cambian un poco». Soy optimista y no dudo de que la razón humana, que con tanto éxito se ha aplicado en las más diversas ramas científicas, se ha de aplicar también ahora a arrojar luz sobre los problemas políticos y sobre la mejor manera de organizar la convivencia social.

De la misma manera que el trabajo cooperativo de los científicos a lo largo de las sucesivas generaciones ha logrado un formidable dominio de las fuerzas de la naturaleza, un descubrimiento de sus leyes básicas y un prodigioso desarrollo tecnológico, cabe esperar que la aplicación de la razón humana a estas cuestiones políticas y sociales tan candentes producirá resultados semejantes. Como me escribe Santiago Pons, “esa razón no puede ser la mera científico-técnica sino que debe ser una razón compasiva una razón del corazón que nos ayude a valorar al otro y a respetarlo”.

Por eso hace falta que quienes lideran la sociedad —políticos, empresarios, intelectuales, etc.— vuelvan a escucharse unos a otros y a repensar desde abajo la noción de Estado, la distribución del poder, la función de las fuerzas policiales y tantas cosas más sobre cómo organizar la convivencia en nuestra sociedad para que esta sea más justa, más pacífica y más amable. Se trata de una tarea que hemos de hacer entre todos si no queremos que el Estado arda.

Pamplona, 24 de octubre 2019

Agradezco las correcciones de Gloria Balderas, Ángel López-Amo, Paloma Pérez-Ilzarbe y Santiago Pons.