Una reflexión serena para el tiempo de Navidad

Mucho se escribe normalmente sobre la Navidad y su significado. Así pues, me he sentido también interpelado a ofrecer mi propia reflexión sobre este brevísimo pero tan significativo tiempo durante el año. Y me gusta hacerlo ahora, después de que han pasado el trajín y la agitación por la preparación material de esta celebración religiosa.

Para mí la Navidad siempre ha estado ligada a la vida familiar. Primero porque en el centro de los festejos y el recuerdo está una familia, un niño y sus padres. Y segundo porque en todos lados donde me ha tocado vivirla, desde que era niño, la conmemoración involucra a todos los miembros del grupo familiar, incluyendo muchas veces hasta abuelos y tíos.

La narración del nacimiento de Jesús, en los evangelios, está llena de elementos interesantísimos que hacen que no se pueda hablar de un único sentido de esta historia. Se puede leer la Navidad desde la madre de Jesús, que lo concibe por intervención divina, gracias a una fe inconmensurable e inconmovible. Se la puede leer también desde la figura del padre, José, que advertido en sueños no actúa como hubiese actuado cualquier judío de su tiempo al enterarse que su mujer ha quedado embarazada sin su concurso.

Y también se la puede leer desde el mismo niño-Dios que, precisamente en tanto Dios, se abaja, “se vacía” (“kenóo“, de donde surge la teología de la kénosis divina, basada en Filipenses), se empobrece para exaltar y, en cierto modo, endiosar al hombre. Lo que en palabras de Ireneo de Lyon se expresa así: “lo que no se asume, no se redime”. Este Dios que se abaja es escándalo para los gentiles, imcomprensible para las concepciones antiguas de lo divino. Para el judaísmo pero también para el platonismo, un Dios trascendente no puede ingresar en su creación, pues si realmente es trascendente no puede sino mantenerse “fuera” del ámbito creado.

A mí me gusta pensar el hecho navideño a partir del sacrificio que cada miembro de la Sagrada Familia tuvo que hacer para que la Natividad aconteciera. En este sentido, yo encuentro además el significado constitutivo de esta celebración religiosa y de la concepción cristiana de la familia.

Antoni Gaudí en 1918.

Un sacerdote amigo peruano, nos recordaba una vez en el acto de bendición de la casa de un amigo en común, que el Siervo de Dios español Antoni Gaudí, arquitecto y máximo representante del modernismo catalán, y creador de una de las catedrales más bellas de Europa (y del mundo), decía: “…para que una casa se transforme en un hogar, alguien debe sacrificarse por otro”. Esto vale igualmente para la familia. Para trascender la relación biológica que me une a mis progenitores, para que ellos se transformen en mis “padres”, y por ende, yo en su “hijo” nuestra relación debe llegar hasta el sacrificio. Sin sacrificio no hay hogar, no hay familia. La realidad familiar no es fija, se construye día a día y los ladrillos son los pequeños actos de caridad de unos por otros.

«Para que una casa se transforme en un hogar, alguien debe sacrificarse por otro».

Antoni Gaudí

La Navidad, me gusta pensar, tiene que ver con esto. María, la madre se sacrifica por su hijo, exponiéndose a la posibilidad de la lapidación por aceptar quedar embarazada, por obra del Espíritu Santo, del Salvador del mundo. Luego ella y su marido, en un acto también de incomodidad e inmolación huyen a Egipto y sus peligros, tierra extranjera para salvar al niño de Herodes. Y Jesús, irá creciendo y educándose en estos actos de sacrificio obrados por sus padres. Llegando a identificarse con el cordero de la Pascua, que es ofrecido como holocausto a Yavéh por el pueblo de Israel como memorial de la hazaña de la liberación del Pueblo por parte del Señor. Jesús devendrá el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, el paroxismo de la entrega gratuita por el otro.

La Sagrada Familia huye a Egipto.

La Navidad es la fiesta de la sagrada familia, que es sagrada no sólo porque está bendecida por Dios, si no porque bendice a Dios con su entrega y sacrificio. En este sentido es modelo de familia para mí: la Navidad me recuerda que debo dar mi vida por mis hijos, si realmente quiero crecer en mi relación paternal con ellos, y si realmente quiero que el grupo de personas que formamos sea un grupo familiar, es decir, un “espacio” vital donde lo que nos vincula es el amor. Y este amor que nos proferimos, si es verdadero y cotidiano, nos hace cada día más familia, a ejemplo de la Sagrada Familia de Nazareth.

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