Una propuesta para vivir juntos

Esta vez, el discurso de fin de año del presidente de la República italiana, Sergio Mattarella, se caracterizó por la invitación dirigida a todos los ciudadanos a

“mirar a Italia desde afuera, ampliando nuestra mirada más allá de lo habitual”.

Una verdadera novedad que me llamó la atención: me sentí invitada a mirar a mi nación desde arriba, como si estuviera sobre en una nube, y así superar los límites espaciales y, con una mirada inclusiva, abrazar a las personas como una comunidad que -como algo que se mira desde arriba- no revela fracciones políticas o sociales, ni contrastes estériles, mucho menos cosas superficiales sembradas por la banalidad de las redes sociales, sino que abarca la verdadera realidad italiana, caracterizada por la solidaridad, por diversas habilidades, por habilidades notables, por las obras de su grandes artistas, sus mágicos paisajes, sus innumerables monumentos únicos que logran dibujarla con colores particulares que le dan un sello especial que la hace reconocida en todo el mundo.

¿Por qué te estoy diciendo esto? En su discurso, el presidente Mattarella nos dio otro elemento muy valioso. Nos hizo saber que había recibido, de una asociación de personas discapacitadas, una silla, en la que estaba escrito: “Cuando perdemos el derecho a ser diferentes, perdemos el privilegio de ser libres”.

Como italiana, pero más como ciudadana, lo tomé todo como estímulo para mirar a nuestro planeta como cubierto por una manta de retazos, donde cada nación dibuja su realidad, componiendo junto con las demás un diseño policromado y abigarrado, lleno de sorpresas que fascinan, porque son un regalo generoso del yo. Un regalo de sus particularidades.

Nosotros escribiendo en Humanum, ofrecemos nuestro ser. En cada frase y página se esconde y late el generoso objetivo de lograr hacer sentir a todos los que leen que son parte de un “nosotros”, que no aplana, sino que se personaliza, ya que preserva la subjetividad de la persona individual y, por lo tanto de las diversas culturas, para lograr lo que el Papa Francisco llama “un nosotros multifacético y no esférico”.

Sólo así podremos vivir el diálogo y la acogida, construyendo una red de relaciones que nos hará percibirnos como una comunidad positiva; fuerte y palpitante, que, en el don de sí misma, supera la homologación y nos permite seguir creciendo y sentirnos vivos. En una misma comunión.

El diálogo es siempre una reunión personal, no sólo de pensamientos o palabras, sino del don del propio ser. Dijo Franz Rosenzweig (filósofo alemán 1886-1929):

“En el diálogo auténtico sucede algo en serio”, es decir, no salimos ilesos de un diálogo real, algo cambia en nosotros.

Además, al  procurar el diálogo, fruto de la escucha, es natural indispensable que haya silencio, como obligatorio colocarse con todo lo que se es frente al otro, a su pensamiento, a su discurso.

El Papa Benedicto XVI dijo que: “un ecosistema que sabe equilibrar el silencio, las palabras, las imágenes y los sonidos, hoy es más necesario que nunca”.

¿Lo intentamos?

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