¿Hay algo bueno en el mundo y en la carne?

El mundo, la carne y el padre Smith es una obra del autor Bruce Marshall que logra de una manera sencilla y bella adentrarnos en la conciencia, los pensamientos (incluso en la oración) y los hechos en la vida de un sacerdote escocés en los primeros años del siglo XX. Nos permite incluso estar en la escucha de sus confesiones y podemos conocer sus inquietudes y tentaciones. Es un sacerdote sencillo, sin aspiraciones, humilde y con un gran celo pastoral. Para él la realidad es un Don y en consecuencia todo cuanto sucede es positivo, a pesar de las tristezas, los dolores y dificultades. Leer los signos de la historia a través de una mirada más trascendente lleva a comprender mejor los acontecimientos y tener una postura más adecuada frente a la vida. Conocedor de los dramas humanos y de los hechos históricos, llama la atención que la trama se desarrolla en la época de las dos grandes guerras mundiales y el periodo intermedio.

 “Dondequiera que alumbra un sol católico hay siempre alegría y buen vino tinto; al menos yo siempre lo he visto así. ¡Alabado sea el Señor!

Hilaire Belloc

Esta simpática poesía de Belloc que cita el personaje de la obra, retrata bien la mirada que el mismo Padre Smith tiene sobre “el mundo y la carne”. El método de ver lo positivo en el mundo es sobre todo (y antes que una postura intelectual) una actitud de la Iglesia y sus santos ante los hombres de cada época. Y es el caso de este sacerdote: Es un hombre de profunda fe en Cristo y tiene una mirada poética hacia el mundo que lo rodea, aunque esto no implica que muchas veces veamos a lo largo de la historia que es un hombre que lo invade en ocasiones la tristeza.

El autor nos presenta un personaje que tiene su centro en su vida en Jesús. La trama es cómo este hombre cristiano (santo, me atrevería a decir) vive su misión en un mundo amenazado por las dos guerras mundiales y lo enriquecedor es que a pesar de ese terrible panorama, es un hombre de una profunda esperanza en quien cree. Esto se ve frente a quienes tienen una mirada reaccionaria sobre quienes atacan a la Iglesia: “Si tenemos jaleo nos servirá para que nuestra religión no se enmohezca, está es la gran ventaja de las persecuciones: que mantienen a uno en constante actividad y vigilancia. El mayor enemigo de la Iglesia de Dios no es el odio, sino la rutina[1].

El autor habla de una diócesis pobre en Escocia, con un Obispo muy cercano a la gente y con sacerdotes con mucho trabajo y carencias. Es interesante la oposición que plasma entre el mismo Padre Smith y Monseñor O’Duffy, el administrador de la pro catedral, quien es un sacerdote bueno, pero un tanto rígido, moralista y en momento, se deja abatir por el pesimismo ante la circunstancia social, política, mundial y de la Iglesia.

En una charla sobre poesía entre el Obispo y los dos sacerdotes, Mons. O’Duffy afirma que “la poesía es una estupidez – respondió el canónigo -. Una colección de sandeces sobre “amor” y “ruiseñor” y no sé cuántas cosas más, muy a menudo pecaminosas. A mí denme ustedes futbol cada día de la semana para los muchachos. Y en cuanto a las mozas, pueden sentarse junto al fuego y coser un poco, que siempre, que siempre les probará más que no llenarse la cabeza con todas esas retumbantes tonterías[2].

Estos debates se vuelven interesantes en los diálogos sobre los avances tecnológicos, sobre los que el monseñor tiene una opinión negativa. Dice sobre el cine:

Había sido inútil que Monseñor O’Duffy tronase desde el púlpito “No es repantigándoos en butacas de felpa roja y contemplando una serie de idioteces sin orden ni concierto en el cine como llegaréis a ver de cerca a la Santísima Virgen en el reino de los cielos[3].

Y concluye: “Desde luego, esto del cine no es más que un capricho pasajero y no durará mucho- dijo Monseñor O’Duffy (…) El Padre Bonnyboat dijo que a él le parecía algo más que un capricho y que incluso se preguntaba si, en el cielo, los bienaventurados no disfrutarían de un entretenimiento semejante[4].

Y tenía una mirada negativa sobre estos avances: “Aquello venía a demostrar que la juventud había caído en las redes de los judíos, de la prensa dominical y de Satanás[5].

Pero cuando van a examinar juntos la sala de proyección, el padre O’Duffy, el padre Bonnyboat y el Padre Smith, “Los tres sacerdotes aplaudieron con el resto del público, y el padre Bonnyboat afirmó que no había visto nada tan edificante desde hacía muchos años. Y Monseñor O’Duffy dijo que jamás se avergonzaría de reconocer sus errores y que, a juzgar por las apariencias, se había equivocado en cuanto había dicho sobre el cine[6].

Pero sobre la Radio, a “Monseñor O’Duffy le parecía mentira que tan excelentes invenciones de cerebros privilegiados fueran utilizados para fines tan vulgares, ya que nada se adelantaba con poder escuchar desde Escocia las melosas sandeces que sobre el amor materno cantara una chica de Londres[7].

Pero el Padre Smith escucha a Monseñor, no lo confronta a pesar de opinar de manera distinta en muchos temas e incluso es para él una autoridad. Por ejemplo narra:

A sus sesenta y cuatros años, el canónigo no había puesto jamás los pies en un bar, pero Monseñor O’Duffy le había explicado que se trataba de lugares donde hombres y mujeres que no creían en la Santísima Trinidad se reunían para divertirse lujuriosamente bebiendo extrañas mezclas y brebajes”[8].

Una mirada simple y reduccionista haría ver estos temas desde la dialéctica progresismo – conservadurismo, pero no es así. Quienes asumen que la ortodoxia se equipara solo a lo sujeción de ciertos valores ven como enemigo todo lo que no entra en su categoría mental.

El Padre Smith se desenvuelve en medio de una población mayoritariamente anglicana. Los católicos son minoría, pobres y en algunos casos, despreciada. El mismo sacerdote sufre un ataque de fanáticos religiosos. Pero aún así busca el encuentro con los otros hermanos cristianos y se ve en el diálogo con el pastor Gillesple:

El doctor Gillesple preguntó al Padre Smith el motivo de su visita a la casa de Rimón, y el Padre Smith contestó que por lo que a él concernía, aquella no era la casa de Rimón, sino un lugar antiguamente consagrado a Dios[9].

El Padre Smith salvaba la proposición de su prójimo, así supiera que el otro estaba equivocado y él tenía razón. En especial se ve cuando se confronta con el criterio de su obispo a quien siempre le guarda muchísima devoción y le guarda toda obediencia a pesar de que se da cuenta que muchas veces está equivocado.

Por ejemplo, hablando sobre la situación del mundo, el Obispo opina que “después de esta guerra se brindará una gran oportunidad a la Iglesia de Dios, Padre, y los sacerdotes que se hallarán mejor preparados para sacar partido de esa situación serán aquellos que hayan compartido la camaradería y las penalidades de estos hombres animosos que han de crear un mundo nuevo(…) El Padre Smith no supo qué responder, pues aunque deseaba dar la razón al obispo, sabía que la mayoría de los hombres con quienes había confraternizado en el ejército no tenían la menor idea de estar combatiendo en una cruzada espiritual.[10].

Y en otro pasaje, el Padre Smith pasados los años “recordó lo equivocado que había estado el obispo en lo relativo a los beneficios que iba a reportar la guerra, pero apartó este pensamiento de su mente, porque prefería mucho más creer que el Obispo tenía razón[11].

Al padre Smith le asustaba el criterio que se tomaba al respecto de la guerra en los ambientes católicos, en el colegio de las religiosas “la ceremonia empezó con una breve oración pronunciada por el Obispo y un pequeño discurso en el que Su Ilustrísima dijo que la juventud católica haría muy bien en volver sus ojos a Italia, donde un hombre llamado Mussolini estaba obrando una gran transformación en su país”[12]. (…) “El Padre Smith se preguntaba si no sería una equivocación enseñar a los niños a recitar poesías de guerra, por muy bellos que fuesen, pero supuso que el equivocado debía ser él, pues de lo contrario los sacerdotes y monjas que escuchaban no hubieran aplaudido tan entusiastamente”[13].

El Padre Smith sabía que la presencia de la Iglesia en ambientes hostiles y difíciles no era para ganar debates o tener más influencia social o política. La Iglesia en medio de los hombres anuncia una presencia más grande que lo lleva a dialogar con quienes no creen y a escuchar sus razones.

En un pasaje se encuentra con una autora de libros feministas llamada Dana Agdala y frente a sus argumentos ateos y con prejuicios, él le da las razones de por qué cree:

Creo en todo eso por los métodos más simples: en primer lugar, por obediencia, porque Dios nos manda a creer en esos dogmas; y, en segundo lugar, por lógica, porque nada más lógico que suponer que aquel que da luz a las estrellas y hace girar a los planetas e impulsa las mareas puede superar la limitación que Él ha impuesto a sus movimientos[14]. (…) “La religión es un sustituto de la sexualidad – dijo Miss Agdala. Por mi parte – contestó el padre Smith- prefiero seguir creyendo que la sexualidad es un sustituto de la religión y que el hombre que llama a la puerta de un burdel está buscando, inconscientemente, a Dios[15].

El Padre reflexiona con Monseñor O’ Duffy este encuentro con la escritora y le dice: “es una novelista y se figura haber descubierto el secreto del universo que consiste en no haber ningún secreto. Este es el mal de todos esos modernistas: que no tienen sentido del misterio[16].

Cuando el Padre Smith se hace maduro, el Obispo lo nombre canónigo de la catedral y al tomar la palabra dice lo que piensa sobre la presencia de la Iglesia en el mundo:

Una de las razones de que el hombre no esté convencido, a mi entender, es que los hombres creen que la Iglesia, a la que confunden los eclesiásticos, predica una moralidad reducida y limitada en vez de una moralidad amplia. Oyen condenas desde nuestros púlpitos al adúltero, al ladrón, al asesino, pero no al patrón que explota a sus obreros, ni al accionista de fábrica de armamento, ni a los hombres que hacen sus fortunas con películas de gansters ni a los políticos que transigen con los perpetradores de atrocidades en tierras lejanas[17].

Y habla de la responsabilidad de los sacerdotes al hacer creíble la fe: “¿Por qué no le habrían entendido cuando les había exhortado a dirigir de nuevo sus miradas hacia la ciudad de Dios que todos ellos debían haber vislumbrado el día de su ordenación sacerdotal? ¿Sería acaso que su piedad se había transformado en rutina o quizás que él había elegido mal sus palabras?”[18]

El libro narra el panorama del mundo como si leyéramos el periódico del día. Y sobre esto hace distintos juicios y reflexiones el Padre Smith: “El mundo actual no es ni mejor ni peor de lo que era antes”. [19]¡Y lo dice en medio de las dos guerras mundiales! ¿Cómo puede ser feliz alguien en medio de la pobreza, la impiedad o la guerra? ¿Cómo evitar ceder a la tentación de condenarlo todo? Pensar la situación actual o futura con esperanza no es un optimismo vano sino que se debe ser profundamente realista. Y ahí está la clave, podemos confiar en la realidad porque es un don. Si no reconocemos que todo lo hemos recibido de Otro, se vuelve el presente negativo y se proyecta un futuro sin sustento. Despreciar el presente termina por idealizar el pasado o el futuro. Y de esto se da cuenta en varios pasajes el padre Smith:

En la responsabilidad que quizás él mismo tenía por haber dicho a Angus en las trincheras que el mundo iba a ser un lugar de bondad, justicia y santidad después de la guerra. El problema del mundo estaba en ser bueno o ser malo, y no en los vientos alisios y los centros de depresión y las deudas de guerra”[20].

Invita a tener una mirada cristiana sobre la realidad a pesar de los males del mundo, cosa que parece compleja, pero como ya lo dice Henri de Lubac en Catolicismo, no hay cristianismo sin paradoja. Sin el misterio, sin poesía (dijimos, sin analogía) nos queda una mentalidad cerrada, esta tonta ilusión de creer haberlo desvelado todo, de saberlo todo. Esto provoca el aburrimiento de una vida sin mayores sobresaltos y con la frecuente tentación de querer controlarlo todo.

¿Por qué tener esperanza a pesar de la decadencia moral, de la guerra y la muerte? Dice el Padre Smith:

Porque el verdadero progreso había de ser moral más que mecánico: si había más conmutadores, más pulsadores y más baterías, también había de haber más freno, más austeridad, más oración, más meditación sobre el verdadero fin del hombre. El mundo se hallaba en aquel estado de agonía porque los hombres no habían querido comprender que la lámpara de la civilización occidental, que había sido encendido por la Iglesia Católica, había de ser atendida y vigilada constantemente o de lo contrario se apagaría para siempre[21].

Refiere el Padre Smith la responsabilidad de la Iglesia ante la situación del mundo, el punto que recalca sobre lo que tiene qué hacer es el testimonio que dé de Cristo:”A veces creo que esta guerra podría haber sido evitada si tanto yo como los demás, no hubiéramos guardado silencio, por motivos de respeto humano, sobre cuestiones que todos sentimos íntimamente – dijo el canónigo Smith -. Debiéramos haber predicado más audazmente que el cristianismo no es una respetable costumbre de represión, sino un alto, vulgar y clamoroso heroísmo[22].

El mensaje de esta bella historia me parece que es un cristianismo presente ante el mundo de manera sencilla, muy humana y centrada en la persona de Jesús. Esto se ve entre las conversaciones entre los sacerdotes, en cómo explican la doctrina a los fieles y hasta en los mismos pensamientos del Padre Smith.

Muy al comienzo de la historia llaman al padre para que vaya a asistir y dar el último sacramento a un viejo marino moribundo y al entrar en la pensión donde se aloja se da cuenta que está entrando en un prostíbulo, “pero no vacilaba en ir allí con el Santísimo Sacramento, porque aun los mayores pecadores sabían siempre respetar a Nuestro Señor y, además, porque Dios mismo había estado en peores antros durante su vida terrena[23].

Al hablar con el moribundo vio claro inmediatamente que hacía años que había dejado de ser practicante, a pesar de que le contaba que todas las noches rezaba el Ave María. El moribundo le confió que había conocido a muchas mujeres viajando por el mundo y que volvería a hacerlo otra vez si tuviera la ocasión. El padre Smith le contestó que no convenía recordar todo eso al borde de la muerte; era mejor arrepentirse pronto de los propios pecados: “Repuso que si bien estaba arrepentido de no haber frecuentado los sacramentos y de no haber amado más a Dios, no lo estaba de haber conocido a aquellas mujeres, porque todas eran muy bonitas y algunas habían sido muy amables con él. Desesperado, el padre Smith preguntó al marinero si estaba arrepentido de no estar arrepentido por haber conocido a aquellas mujeres, y el marinero contestó que sí lo estaba y que esperaba que Dios le comprendería. A lo que el padre Smith añadió que también él lo esperaba, y absolvió al marinero de sus pecados, vertiendo los méritos de la Pasión de Cristo sobre su negligencia para con Dios y sobre aquellos vestidos que en otro tiempo hicieron tan delicioso fru-fru[24].

Reflexionando la obra de Bruce Marshall vemos a un sacerdote que sabe discernir la realidad y la acción de sus hermanos en su época para poder hacer la voluntad de Dios y tener una adecuada atención pastoral. El Padre Smith acota lo que ve y no prejuzga sobre ello. Es profundamente realista, observa y no se engaña, la realidad es quien tiene la última palabra. Y sobre las cosas y las circunstancias humanas, valora según los criterios del Evangelio todo lo bueno y malo en función de Jesús. Ya lo decía el Papa Benedicto XVI en un discurso al Pontificium Consilium Pro Laicisla contribución de los cristianos sólo es decisiva si la inteligencia de la fe se convierte en inteligencia de la realidad, clave de juicio y de transformación[25].

Consulta, obedece siempre a su obispo, salva siempre la proposición de su prójimo, valora lo positivo de los otros e incluso trata de sacar el bien dentro del mal que hay en el interior de quienes se encuentran con él. De este ficticio Padre Smith podemos aprender precisamente a discernir los desafíos del mundo y mostrar el mejor rostro de nuestra fe. Este personaje reconoce y acepta su misión en un tiempo difícil. Muchos de los personajes que muestra la obra descubren la bondad y verdad de la fe en el testimonio del sacerdote.

La obra se llama precisamente “el mundo, la carne y el padre Smith” porque es en el tiempo, en nuestra historia, en nuestra humanidad donde el Misterio quiere mostrarse, en la persona de Jesucristo. Y esta es la belleza que irradia la Iglesia, esta paradoja de un misterio que se hace presente a pesar de nuestra fragilidad.

La tradición católica clásica decía que los enemigos del alma son el demonio, el mundo y la carne. El título de este libro (original en inglés “the world, the flesh and father Smith”) nos recuerda que la presencia del cristiano en lugar del mal espíritu, hace bueno y positivo al mundo y a la carne.


[1] B. Marshall, “El mundo, la carne y el padre Smith”, Vergara Círculo de lectores Barcelona, Barcelona 1962. P. 12

[2] Ibid. 37

[3] Ibid.55

[4] Ibid. 62

[5] Ibid. 124

[6] Ibid. 61

[7] Ibid. 126

[8] Ibid. 190

[9] Ibid 54

[10] Ibid. 80

[11] Ibid. 180

[12] Ibid. 122

[13] Ibid. 123

[14] Ibid. 139

[15] Ibid. 141

[16] Ibid. 144

[17] Ibid. 174

[18] Ibid. 176

[19] Ibid. 138

[20] Ibid. 155

[21] Ibid. 212

[22] Ibid. 218

[23] Ibid. 24

[24] Ibid. 27

[25] Obtenido de https://espanol.clonline.org/noticias/actualidad/2011/02/08/inteligencia-de-la-fe-inteligencia-de-la-realidad

Autor: Gabriel Leal

Mexicano viviendo en la ciudad de Granada, España

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