Ecos del Edén

Mi vida está escondida en Dios.
La base de la cruz
atravesó el Shëol,
tocó la frente de Adán,
el durmiente en espera,
y Adán era yo.

El Edén se expandió,
árboles de cemento
con frutos de vértigo,
un dolor en el costado
pero no por una mujer;
todos vamos marcados,
heridos y trasnochados
por la lanza del costado,
y el moribundo era yo.

Y Caín huyó.
La sangre del justo lloraba
desde el altar de tierra;
una humareda pútrida se elevó de mis manos
¡Era mi miseria!
Mi envidia y mi dolor
que me corroían noche y noche.
Se alzó mi puño contra mi propia carne
para luego mendigar misericordia.
Y Caín era yo.

Ríe serpiente arcana
porque piensas que retozas sin ocaso,
embebida en tu odio ciego,
no miraste que te aplasta un talón.
Fuiste exprimida como amarga uva
y nadie escuchó tu clamor,
elixir derramado en la sombra,
tierra de alaridos,
y quien te bebió no fui yo.

Fue el nazareno
quien probó el fruto del dolor;
y no era maná caído del cielo,
era él el grano triturado
en la boca desquiciada del acusador;
pensaste que me exprimías a mí,
que me robabas la mirada al cielo,
pero por él no morí yo.

[Israel 2020]

Autor: Fr. Jesús Silván

Poeta de instantes.

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