Viernes Santo en iglesia doméstica

Este Viernes Santo es excepcional, para mal y para bien. Para mal, por la situación tan dramática y porqué no decirlo, «dantesca», en la que estamos viviendo a escala mundial, y para bien, porque en medio de ésta desolación, está Dios. No estamos sólos, porque así como dice el cántico, «aunque una madre se olvidara de su hijo, Yo jamás me olvidaré».

También hoy, el Señor viene a nuestra vida, viene a mi vida, ofreciendo a su único hijo, por amor nuestro, para darnos la vida eterna. «Muriendo, restauró nuestra muerte y resucitando, restauró nuestra vida».

Este año, la procesión va «por dentro» y nunca mejor dicho, para que nada nos distraiga de aquello que celebramos, de éste Acontecimiento, «siempre antiguo y siempre nuevo».

Volvemos al origen, a la Iglesia doméstica, en comunión espiritual con toda la Iglesia, con el mundo entero. Dios se hace pequeño, se hace humano y muere con todos los dolores, en muerte de cruz, redentora, para que nosotros tengamos vida, y vida en abundancia. Viene a nuestro hogar, a nuestra vida cotidiana, a nuestra familia, donde se hace patente todos lo días esta «Cruz Gloriosa del Señor Resucitado» como árbol de Salvación».

Que en éste día en especial, y también en cada día, desde que sale el sol y hasta el ocaso, podamos «mirar al árbol de la Cruz dónde estuvo clavada la Salvación del Mundo» y entregar en Su Amor todo aquello que no entendemos, que nos duele, nos agota, desespera, lo que nos separa de los demás, de Él, y de todo aquello que nos destruye.

Señor, que podamos esperar en Tu Providencia y descansar en Ti. Restaura nuestra vidas, danos un espíritu generoso.