Acusadores

Cristo y la adúltera de Giovanni Francesco Barbieri (Guercino). 1621. Galería Dulwich. Londres.

Giovanni Francesco Barbieri fue un pintor barroco italiano conocido como “Il Guercino”. Y es que un accidente infantil le hizo padecer un notable estrabismo, que arrastró de por vida. Artista de origen humilde, su formación fue la de un hombre autodidacta, en un ambiente eso sí, de gran ebullición artística. Llegó a ser famoso en vida y a recibir numerosos encargos. Aún así nunca quiso abandonar su bella y querida tierra, pese a que le llegaron numerosas propuestas desde el extranjero, por ejemplo del rey de Inglaterra. Como anécdota, se sabe que acogió al joven pintor español Diego Velázquez, que realizó su primer viaje a Italia en el año 1629, entre otras cosas para aprender de él. Pero vayamos a nuestro artista.  Sin duda, uno de los mejores cuadros del Guercino es “Cristo y la mujer sorprendida en adulterio”.  En él, el italiano se inspira en el famoso pasaje de la mujer adúltera, que aparece en el Evangelio de Juan (8, 1-11).  

Observemos por un momento la escena…

El artista italiano nos presenta a la mujer completamente cabizbaja, con la mirada triste y perdida. Internamente desgarrada. Un soldado la retiene, de forma invasiva, agarrando con fuerza su brazo. ¡Cuánta violencia hay en este gesto!

En la derecha del cuadro, vemos a Jesús de Nazaret dialogando con un anciano fariseo que parece encabezar la acusación contra la mujer. Los gestos de las manos y las miradas entre ambos, refuerzan la tensión del momento, el drama. Las manos del fariseo intensifican el peso de la denuncia. La pena que se aplicaba en estos casos era la muerte por lapidación.  Sin embargo, Jesús está tranquilo y mira fijamente al fariseo, gesticulando con autoridad…

El cuadro aparentemente, se queda aquí, pero nosotros podemos hacernos preguntas y ¿por qué no? tratar de reconstruir la escena. Aquí está mi propuesta.

Dice el relato evangélico que los primeros en retirarse del improvisado juicio, fueron los más ancianos. ¿Por qué? ¿Se dieron cuenta, quizá, de que en su larga vida, también habían cometido muchos errores? ¿Podrían estos mismos errores ser un punto de partida, para rebajar la exigencia frente al otro? ¿Despertaron de nuevo sus conciencias, enmudecidas por años de legalismo religioso?

Y respecto a la mujer… ¿Cómo sería la mirada de la adúltera al ver el rostro de Jesús de Nazaret, una vez liberada de sus acusadores? Probablemente sería una mirada brillante y llena de sorpresa… Quizá tardaría, apenas unos segundos, en recobrarse y volver en sí. ¿Cómo es esto posible? ¿Qué está pasando? ¿Pero este hombre que tengo aquí delante no me condena, no me etiqueta, no reduce mi ser? “Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más dice el Evangelio de Juan.

¡Impresionante! Jesús acababa de introducir en la historia de la humanidad una nueva forma de concebir la moral. Con una mirada así se puede volver a empezar y si se quiere, hasta nacer de nuevo. Y es que la verdadera moral, no se mide por el cumplimiento sino por el amor.

Ojalá que en una época como la nuestra, marcada por las acusaciones, la violencia económica y la cultura del descarte, como ha dicho Francisco, podamos entre todos, regenerar nuestras sociedades, tomando como punto de partida esta Presencia misericordiosa. “Él está aquí, como el primer día”, decía el poeta converso francés Charles Péguy. Y es que aunque la escena evangélica tiene dos mil años de historia, no ha envejecido, ni envejecerá, porque es profundamente humana y continúa llegando a lo más profundo de nuestro ser.

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