Costantino Esposito: El nihilismo de la puerta de al lado

Fotografía de Daniel Schwen. Manhattan, Nueva York (Wikipedia)

No se trata de un ideal teórico, sino de una tendencia existencial que aparece por doquier. Una pérdida del gusto y de la energía, un «hundimiento del sentido» que nos afecta a todos. Aunque deja emerger algo irreductible…
Conversamos con el filósofo Costantino Esposito
.

Hace tiempo, hablábamos en clase del libre albedrío. En un momento dado, de repente una alumna se echa a llorar. Silencio. Le pregunto: “¿Qué te pasa?”. “Profesor, yo veo que tengo esa posibilidad de ser libre, pero no sé qué hacer con eso”. Este es en el fondo el drama de hoy: somos libres, ¿pero para qué?». En esas lágrimas se encierra todo el sentido de una palabra que los filósofos como Costantino Esposito, profesor en la Universidad de Bari, usan desde siempre, pero que representa como pocas el mal del vivir en nuestros días, no solo entre los jóvenes: el nihilismo. Un enemigo sutil, difícil de percibir e identificar porque no siempre se presenta con rasgos claros (“subidón”, rabia en las redes sociales, ciertas palabras y canciones…), pero que suele ir acompañado de una sensación inasible de vacío y fracaso. No hay nada que atraiga de verdad, nada por lo que valga la pena vivir.


«Los jóvenes no están bien y ni siquiera entienden por qué», decía el psicoanalista Umberto Galimberti en una entrevista al Corriere della Sera hace un tiempo (citada por Julián Carrón en la Jornada de apertura de curso de CL, ver Huellas de octubre, ndr.). «Les falta la finalidad. Para ellos, el futuro ha pasado de ser una promesa a convertirse en una amenaza». Palabras que encuentran eco en las del escritor Antonio Scurati, también en el Corriere, unos días después, hablando de una sensación común en la que «no hallan su espacio las grandes escenas de la vida: el amor, el arte, la política (la de verdad), la generación de hijos», y que por tanto nos deja sin horizonte ni esperanza. También lo han comentado Susanna Tamaro, Mauro Magatti… Incluso Gigi Buffon, que describía así, en una carta, ciertos momentos oscuros de su carrera: «Si vives tu vida de manera nihilista, tu alma empezará a marchitarse».
Se trata por tanto de algo muy concreto y que nos afecta a todos. «Pero el aspecto más complicado del problema del nihilismo actual es justamente que no se ve el problema», observa Esposito. «Se siente, se perciben muchos síntomas. Se nota que hay como un vacío de sentido, pero no se entiende de qué se trata ni cómo se puede afrontar».

Empecemos por ahí. ¿De qué hablamos hoy cuando decimos «nihilismo»?
Ante todo, de un problema existencial. Indica algo sin resolver en la experiencia de cada uno de nosotros. Existe una sutil desorientación -unos lo llaman vacío, otros insensatez- que se podría resumir en que no hay nada que de verdad sea capaz de aferrarnos por completo. Atención, no estoy hablando en un sentido teórico. Para vivir, tienes que tener un objetivo, aunque sea inadecuado. El problema es si existe algo que nos atraiga de verdad, que nos imante hasta el fondo.

Nada que ver con lo que proclamaban los filósofos como Nietzsche o los anarquistas del siglo pasado…
No, en cierto sentido es lo contrario. Lo que Nietzsche quería realizar era un nihilismo “activo”: algo heroico, titánico, cuyo objetivo era derribar los ídolos de una cultura que resultaba sofocante, empezando por un cristianismo reducido a doctrinas morales. Nietzsche dice: si tengo que elegir entre un ideal abstracto, universal pero lejano, y la vida, prefiero la vida.

Eso muchos lo han considerado como la vía maestra para afirmar al yo…
Ha habido un periodo, el llamado posmoderno, en que la cultura europea veía esta postura como una posibilidad de emancipación. Se trataba de liberarse por todos los medios del sentido, porque este se había convertido en una prisión. Eso liberaría al yo.
De ahí la revolución sexual, la liberación del deseo… Pero la realidad es que ese intento nos ha llevado justo a lo contrario. No es que se haya liberado el yo, sino que nos hemos librado del yo. Sin un sentido más grande que uno mismo, la percepción del yo se ha disuelto. Su propio deseo, en vez de exaltarlo, ha terminado quemándolo. Por ironías del destino, lo que ha prevalecido es un nihilismo pasivo.

¿Cuáles son sus características?
Un debilitamiento progresivo, una pérdida de energías y de espíritu que, casi a hurtadillas, se ha colado por todas partes, incluso en ambientes que no eran ideológicamente nihilistas. Ha entrado en nuestras casas, en nuestras creencias religiosas, en los ideales políticos. Es como un fumador pasivo, ¿te das cuenta? Tú no enciendes el cigarro, puede que no lo hayas hecho nunca, pero acabas respirando lo que te rodea sin darte cuenta. Acabas sufriendo los daños, y de qué manera.

¿Qué daños?
Sobre todo, la pérdida del gusto de vivir. Se ha introducido una enemistad entre la vida y el significado. Entonces la vida se convierte en puro instinto, en pura afirmación de uno mismo. Mientras que el ideal, la finalidad de la vida, en el mejor de los casos es una “obligación”, algo que tal vez me toque realizar, pero que no existe aquí y ahora. En consecuencia, cuando miramos al mundo y a nosotros mismos solo vemos lo que no hay, no lo que hay.

¿Puedes poner algún ejemplo?
Basta con ver una serie televisiva. En el imaginario popular ya ocupan el lugar que antes tenía la gran literatura. Algunas de las más seguidas muestran con detalle, casi con crudeza, una violencia inaudita. Pienso en True Detective, La casa de papel y otras muchas. Pero lo interesante es observar que esta violencia nace siempre de la fragilidad extrema de los protagonistas, una fragilidad que procede de una herida del yo, de una relación que decae, de una honda decepción… Resumiendo, es como si la violencia fuera la última y trágica posibilidad de cubrir cínicamente una necesidad apremiante, una necesidad inconfesable de amar y ser amados que no encuentra salida. «Nunca encontraré a nadie que me quiera de verdad». Y por tanto la vida no vale la pena.

¿Pero no es la misma postura que surge ante cuestiones más graves? Por ejemplo, el debate sobre el suicidio asistido. También ahí, en el fondo, el punto decisivo es si se experimenta o no un afecto por el que «valga la pena» vivir aun en condiciones dolorosas…
Habría que entender qué es lo que está realmente en juego… Claro que teorizar que la vida esté a nuestra completa disposición me parece contrario a la razón, pero no basta simplemente repetir que tiene un «valor en sí». La vida tiene valor porque conlleva algo que la supera. Si no nos damos cuenta de esto, el peligro es el de reducirla a un mero valor biológico. Ese es el desafío que tenemos hoy: que podamos volver a caer en la cuenta de que en cada instante estamos hechos por el Misterio del ser, y que este Misterio no es solo una fuerza de la naturaleza, es mucho más, es un Padre. En el fondo, aquí reside, a nivel antropológico, lo que más nos cuesta actualmente, de hecho, mirar a la cara la propia necesidad es algo escabroso.

¿«Escabroso» en qué sentido?
Cuando nos damos cuenta de que no solo tenemos necesidades sino que somos necesidad, eso también puede convertirse en una maldición, porque descubrimos que no somos capaces de responderla. No logramos llegar a descifrar el enigma que somos. Necesitamos otra cosa. Al final, solo existe una posibilidad de abrazar mi necesidad hasta ahí: que el sentido no sea algo que debamos realizar nosotros sino un encuentro. Si el sentido no es amoroso, resulta despiadado e insoportable. Tal vez por eso nos cuesta tanto encontrar la clave adecuada para identificar el problema.

¿Por qué?
Durante mucho tiempo hemos creído que, para resolver el drama del yo, lo que hacía falta era sobre todo un análisis de uno mismo, como un desmontar y volver a montar la vida según nuestros proyectos. Sin duda, el análisis es utilísimo cuando ayuda a mirar a la cara algo profundo y oculto en nosotros. Y los proyectos también son necesarios. Pero no bastan. Porque para volver a apropiarme de mí mismo necesito ser mirado por otro distinto de mí mismo, y afirmado, estimado porque existo y no por el poder que posea. Necesito alguien que me estime para poder estimarme yo. Ese es el problema más acuciante del nihilismo actual: una falta de estima por uno mismo.

Sin embargo, si vamos hasta el fondo del nihilismo emerge una irreductibilidad última, como en la conocida carta de Houellebecq a Lévy, ¿no? Es nihilista hasta la médula, el «deseo de ser amado» le parece «penoso» y racionalmente «absurdo», sin embargo «la reflexión era inútil, el deseo persistía; y persiste»…
Exacto. Sintéticamente, podríamos decir que hoy el nihilismo ya no consiste en una pérdida de valores e ideales sino ante todo en que sale a la luz una necesidad irreductible. Ahora hay menos protecciones ideológicas, la necesidad existencial está más desnuda y por tanto es mucho más exigente. Ya no hay cobertura, por eso el nihilismo se plantea como opción.

También puede llevarnos a nuevas posibilidades de relación, hacernos más abiertos…
Yo diría que más vulnerables. Y esa vulnerabilidad, como todo fenómeno humano, es algo felizmente ambiguo porque en medio está la libertad. Por un lado puede llevar a una pérdida progresiva de uno mismo, a una renuncia. A pensar que el único remedio es la «justa medida» de los antiguos, de alguna manera gestionar nuestra finitud. «Para poder vivir, hay que aprender a morir poco a poco», decía Séneca. Pero por otro lado, precisamente ante esta vulnerabilidad puede nacer -desde el «profundo abismo de uno mismo», diría Agustín- una pregunta. Porque uno descubre que «en el yo existe ya otro». De otro modo ni siquiera sería posible desear. Esta segunda actitud puede llegar a reabrir la partida del encuentro de manera inesperada, y es común a todos. A cambio de evitar una última reducción.

¿Cuál?
El deseo no es solo una falta, un vacío que espera llenarse. Lo que deseamos es algo que, una vez encontrado, no anule ese deseo sino que lo intensifique. Es el alimento del que habla Dante que cuanto más «sacia», más «sed despierta». Eso es lo que el corazón quiere: un hecho que cuanto más nos sacie, más despierte nuestra inquietud.

Pero si así fuera, no se trata de un deseo genérico ni intelectual. Va orientado hacia una experiencia en acto, pide encontrar la respuesta, no solo saber que existe. Houellebecq, en su carta, no solo dice «hay algo que no me cuadra», sino que no consigue acallar su necesidad de ser amado.
Así es. No es solo un impulso que nos empuja a ir “más allá”. Es algo más preciso. De hecho, la cuestión hoy no es tanto afirmar teóricamente el deseo sino entender si el objeto de ese deseo infinito es una ilusión, un sueño o una posibilidad real. Responder a esta pregunta solo es posible si el objeto deseado sale a nuestro encuentro. Si nos damos cuenta, no tanto de que debamos salir a buscar un sentido que se nos escapa, sino de que es el sentido quien nos busca a nosotros, nos prefiere.

Una preferencia así no nos la podemos dar nosotros mismos, solo po¬demos reconocerla, cuando sucede.
Por supuesto. Pero, atención, no se trata de fatalismo. No solo quiere decir: «a quien tenga la suerte de que le pueda suceder». La contribución que los cristianos pueden ofrecer al mundo de hoy es justamente la de decir: «Fijaos en que esto sucede continuamente. Sucede ahora, en todas partes. El problema es que no nos damos cuenta». Como escribe el mismo Houellebecq al final de su novela Serotonina, «hoy entiendo el punto de vista de Cristo, su reiterada desesperación ante los corazones que se endurecen: tienen todas las señales y no las tienen en cuenta». No las tienen encuenta. La vía de salida del nihilismo no es un moralismo sino algo mucho más simple: prestar atención a los signos de la realidad. En términos cristianos diríamos que es una pobreza de espíritu. Parece nada, pero lo es todo.

¿Qué es entonces lo que permite volver a empezar? ¿Qué es lo que nos arranca de la nada?
Sobre todo, no rendirse ante el propio deseo. Pero también es cierto que el
deseo se mantiene vivo solo cuando descubre que hay algo o alguien que le corresponde. Cuando encuentra a alguien que dice: «Mira que lo que tu corazón desea existe». Y, sobre todo, que nos acompaña a hacer experiencia de ello. En la jornada de apertura de curso, don Giussani nos decía que eso se llama autoridad, paternidad. Es una relación real. Y solo exige una condición por nuestra parte.

¿Cuál?
Ser, digamos, pacientes con Dios, darle una oportunidad. Debemos permitirle que nos lo haga entender. Por eso hace falta estar atentos y dejarnos tocar por las cosas. Ahí se ve el sentido extraordinariamente interesante que tiene hoy la amistad cristiana.

¿Qué entiende por «amistad cristiana»?
No es solo la relación entre los que pertenecen a la comunidad de fieles sino la amistad que los cristianos pueden ofrecer a todos. Pienso en mis alumnos, en mis colegas… En gente que muchas veces ya no se plantea “el problema del cristianismo”, pues ya lo dieron por cerrado hace tiempo. Pero con ellos, precisamente por esa irreductibilidad última, pueden nacer relaciones insospechadas. Yo siento como amigo a cualquiera que viva esa fragilidad, que es también la mía. No porque yo pueda resolverla sino porque la experiencia que yo he encontrado permite que en mi vida suceda algo que me arranca de la nada, una preferencia que me saca del nihilismo. Es algo que no genero yo, pero que puedo compartir con todos.

Para ti, ¿qué rostro tiene esa preferencia? ¿Dónde sucede, por dónde pasa?
Pues mira, tu pregunta ya es un ejemplo. Porque me obliga a no atrincherarme tras la teorización de categorías más o menos justas, sino a darme cuenta de que lo que podemos decir sobre nosotros y sobre el mundo solo será útil si es algo que, de alguna manera, hayamos experimentado. Y eso siempre implica un rostro concreto, con nombre y apellido, de personas que me ponen contra las cuerdas. Para hacerme entender que la utilidad de mi trabajo como docente, como profesor universitario, consiste en ser leal con lo que sucede en mi experiencia. Pero otro elemento espectacular, para mí, son a veces mis hijos.

¿Por qué?
Porque siempre tengo una fuerte tentación sobre ellos: querer forjar su vida, sin tener en cuenta su libertad. Espero de ellos ciertas cosas que no siempre se corresponden con lo que son. ¿Qué hay más noble para un padre que desear el bien de sus hijos? El problema es que muchas veces ese “bien”, por justo que sea, es “lo que yo tengo en mi cabeza”. En cambio, es distinto descubrir que su bien son ellos mismos.

Es la diferencia entre una relación estéril, que no genera, y una paternidad real…
Sí. Y me pasa igual con mis alumnos. Empiezas el curso y te preguntas: quién sabe si llegaré a «tocarlos». Pero hubo un tiempo en que «tocarlos» significaba «convencerlos», llevarlos a pensar ciertas cosas. En cambio, ahora es el anhelo de que lleguen a caer en la cuenta de quiénes son. Aunque en el momento en que lo hagan me rechacen.

¿Puedes contar un hecho, un momento en que gracias a esa «autoridad» te hayas sentido «arrancado de la nada»?
El marido de una amiga muy querida se enteró a los pocos años de casarse de que tenía una enfermedad degenerativa muy severa. Ella, por ejemplo, me llama mucho la atención y es de gran ayuda. Gracias a una mirada de la que ella se siente objeto, no solo es capaz de vivir la relación amorosa con su marido sencillamente aspirando la cánula que él tiene en la tráquea, sino que el suyo no se limita para nada a un amor “enfermero”. Es un amor completo. Como me dijo una vez, «yo no renuncio a ser feliz. No puedo decir: “Ha sido así, paciencia”. No. Yo quiero ser feliz en mi condición actual». Esta mujer para mí es autoridad. Porque me demuestra que Dios también puede llenar mi vida.

Entrevista realizada por Davide Perillo.

(Fuente original: Revista Huellas-Litterai communionis. Noviembre 2019)

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