Experiencia de una inmigrante italiana en Estados Unidos

Año 2017. Mientras la gente se daba prisa para ser la primera en poner enlaces y memes en los medios sociales como reacción a los actos gubernamentales del nuevo presidente Donald Trump, en contra de los migrantes y para la construcción del muro fronterizo, yo me quedé observando. Me considero una persona muy impulsiva, pero en esta ocasión mi reacción fue observar.

En frente a estas reacciones de rabia y enojo por parte de la gente, donde cada persona parecía luchar por una causa en particular, sin embargo, la confusión de la gente era tal que al final ni sabía por qué causa estaba luchando ni por cual razón salía en la calle a manifestar, en mi cara apareció una sonrisa.

Tres años antes de que el “malvado tirano” fuera elegido, puse por primera vez mis pies en Estados Unidos. Mi deseo de vivir finalmente “el sueño americano” se desvaneció unos meses después, cuando me di cuenta de que a la gente le importaba poco saber quién era yo. Me explico: antes de interesarse en quién era yo, ya me habían incluido en más de una clasificación: para los estadounidenses negros, yo era la niña blanca; para los latinos, la chica europea; y para los estadounidenses blancos, una inmigrante con un acento incomprensible.

Incluso antes de comprender a quién se enfrentaban, la gente levantaba un muro invisible, hecho de prejuicios generales y tan sólido que era imposible derribarlo. Así, el otro se convertía en enemigo, que debía ser evitado y temido. El diálogo era muy difícil y, sobre todo, conocer y aprender de los demás.

Sin embargo, fue el lugar en donde vivía en aquel tiempo que me llamó la atención. Era un lugar en la parte oriental de Washington DC, considerado por mucha gente como una de las zonas más peligrosas. Este concepto de definir “peligroso” un lugar que ni siquiera se ha visitado es muy interesante, ya que los califican así solo por rumores o porque “personas diferentes” viven allí.

¿”Personas diferentes”?, ¿diferentes a quién? ¿Por qué son diferentes? Aprendí que las “personas diferentes” en Estados Unidos son quienes tienen características culturales, físicas u otras características diferentes de las suyas y, por lo tanto, se les consideran “diferentes”.

Ante la diversidad, la mayoría de las personas experimentan una sensación de miedo y, por lo tanto, a esto le llaman “peligroso”. A la luz de estas definiciones interesantes, debe recordarse que la respuesta de un estadounidense con respecto a sus orígenes casi siempre será “soy una mezcla de diferentes países, mi madre era europea, mi padre africano, pero mi abuelo era japonés, así que no sé…”.

No sé si es por mi locura o la educación que recibí, pero lo diferente me intriga, porque siempre hay algo nuevo que aprender. Y fue mi “locura” lo que me llevó a dos encuentros interesantes, justo en ese lugar despreciado por todos.

La primera fue con mamá Sonia, una madre jamaicana que vivía frente a mi casa. Sonia tenía 4 niños y su única hija había muerto. Desde que conocí a mamá Sonia, me trató como a una hija, y yo, cuando podía, después del trabajo, iba a visitarla para contarle sobre mi día.

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Una vez, al regresar del supermercado, me vio hablar con una persona que no era del vecindario, así que escuchó toda la conversación para asegurarse que no estaba en peligro y, solamente después de saludar a esta persona, entró en su casa.

Me llamó la atención este gesto de protección, una atención que solo una madre tendría con su hijo. Antes de mudarme a México fui a saludarla para darle la noticia, su respuesta fue: “no puedo detenerte, eres libre de hacer lo que quieras en tu vida, pero sabes, conocí a una chica italiana en el trabajo y la estoy tratando exactamente como te trato a ti”. Aparte de sentir un poco de celos, estaba muy contenta con esa declaración: ese encuentro fue solo un comienzo.

El segundo fue con Lorenzo, un niño afroamericano, durante una carrera matutina para tomar el autobús. Lo logramos, tomamos juntos el camión N. 92. Tan pronto como nos recuperamos, Lorenzo comenzó a asaltarme con las preguntas habituales: como me llamaba, de dónde venía… Fue una discusión que, aunque pudiera parecer “normal” en otro contexto, no lo era allí , en ese lugar y en ese período histórico particular.

Unos días antes había salido la sentencia de Michael Brown, en la que un policía blanco, que había asesinado un joven afroamericano, había sido liberado y declarado no culpable. En ese contexto, no era “políticamente correcto” que un niño negro, jamaicano, hablara tan libremente, sin paredes invisibles, con una mujer blanca.

Sin embargo, frente a los ojos incrédulos de todos los pasajeros, Lorenzo tenía curiosidad sobre quién demonios era. Una vez que descubrí su nombre, no pude evitar preguntarle si tenía algún origen italiano. Él respondió: “no lo creo, pero tal vez no sepas que, además de los nombres, nuestros pueblos tienen mucho en común”. Me dijo que a los italianos les gusta cocinar y comer bien tanto como a los jamaicanos. “¿Verdad?”. Y esto es cierto. Me dijo que los italianos son muy cercanos a su familia tanto como lo son los jamaicanos. “Verdad?” Y esto es cierto. Por 20 minutos de autobús seguimos listando todas las cosas que jamaicanos e italianos tenían en común. Cuando salí del camión me quede sin palabras, dos personas que podrían parecer tan diferentes en la apariencia en realidad eran muy similares.

De estos dos encuentros aprendí que se necesita muy poco para derribar los muros invisibles entre las personas, para iniciar un diálogo. La diferencia radica en el enfoque inicial de “Ya sé cómo eres, blanco, europeo, extranjero, no me importa”, a una curiosidad: ¿Quién demonios eres?

Esto es lo que la gente no entiende, el presidente Trump solo está legalizando, justificando y construyendo con hormigón algo que ya existe en nuestra sociedad y que lo refleja. La sociedad no la construye los políticos sino las personas. Un presidente puede firmar actos u órdenes ejecutivas, pero cada uno de nosotros es responsable de implementarlos, depende de cada uno de nosotros decidir si derribar los muros invisibles o levantar nuevos, cambiar la sociedad para bien o para mal.

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