Pandora y Eva: la inversión del mal

La cultura occidental se asienta sobre la base de mitos que sitúan a la mujer como causa de los peores males, que algunos han considerado de una misoginia evidente para legitimar la importancia del hombre sobre la mujer.

Querría destacar dos mitos en concreto por la presencia que aún tienen en el imaginario colectivo: la caja de Pandora y el de Adán y Eva.

El primero de ellos está narrado por Hesíodo[1] y parte del robo que perpetra Prometeo del fuego a los dioses y del sacrificio de un buey cuya peor parte fue para Zeus. Este, herido por el engaño, castiga a los hombres enviándoles un mal fascinante: la mujer, porque siendo una desgracia los subyuga. En los Trabajos y los días este hecho queda sucintamente expresado así:

“Te regocijas de que me has robado el fuego y has conseguido burlar mi inteligencia, enorme desdicha para ti en concreto y para los hombres futuros. Yo a cambio del fuego les daré un mal con el que todos se alegren en su ánimo complaciéndose en rodear de amor su propia desgracia”

Así, la argucia inteligente y el engaño de Prometeo conllevan un don ilusorio, por ser deseable, pero a su vez nefasto. Zeus, como expresión de la racionalidad y la justicia únicamente, utiliza el engaño como castigo, por la arrogancia de Prometeo que pone de manifiesto la tendencia al engaño y al autoengaño de la condición humana. De esta forma, en el mito se narra como Prometeo fascinado por la presencia de Pandora “el don de todos los dioses” la toma como esposa, haciendo posible que este destape la jarra o la caja -según la traducción- en la que se hallaban encerrados todos los males que van, a partir de entonces, esparciéndose por el mundo.

Por su parte el mito de Adán y Eva, del cual hay versiones diversas y parece tener su origen en otro mito oriental, narra como Dios sitúa al hombre en el Paraíso o Edén y, no careciendo de nada, le concede además la compañía de un ser, gestado de una costilla del propio Adán -hecho de barro y de un soplo divino-, la mujer. Tan solo les pone una condición: que no coman el fruto del árbol del conocimiento. Pero he aquí, que Satanás, adoptando forma de serpiente, embauca a Eva para que lo pruebe y esta a su vez seduce a Adán para que viole la prohibición de Dios. Esta acción que desafía a la divinidad, por la ambición de ser como dioses desencadena la ira bíblica de Dios, expulsándolos del Edén y castigando a la humanidad al sufrimiento de por vida, trabajando para sobrevivir y la mujer “pariendo con dolor”. Es lo que se conoce como la caída del paraíso debido al pecado original. Todos los descendientes purgarán este gesto de altivez y arrogancia.

En consecuencia, parece que el dolor del mundo y de los humanos es la resultante, en ambos casos, de una acción inadecuada y voluntaria de ese ser nefasto que es la mujer.

Quien intenta por primera vez, que sepa, hacer una inversión del mito de Pandora es Goethe en El retorno de Pandora -texto, curiosamente, no traducido al castellano- En este drama Pandora no es la portadora de los males, sino al contrario: su caja contiene los ideales, alegorías de las artes y de todo lo positivo que proyecta sobre una existencia prometedora.

Lo novedoso, aquí, puede ser que al margen de la pretensión y el sustrato cultural con sus prejuicios con los que se narraron ambos mitos, estos pueden tener, hoy, una perspectiva distante de la voluntad originaria, pero reveladora por cuanto la figura del hombre queda mostrada, a su vez, como la de un ser voluble y manipulable mediante la estimulación de sus pasiones -aquello que popularmente se expresa con la aseveración de que el hombre tiene dos cabezas y no piensa precisamente con la de arriba-

Detengámonos en cada una de las alegorías. En el caso de Pandora, es Zeus quien conoce la debilidad del varón y sabe como anular su inteligencia para depositar su confianza, que no es sino entrega y sometimiento a la voluptuosidad femenina. Esto permite que Pandora acometa el designio divino de destapar la caja de los truenos, para ser castigado por una acción desafiante a Zeus en la que pretende mostrarse más inteligente que él. El dios griego evidencia la debilidad del varón: su escaso control de las pasiones. Es pues el hombre, Prometeo el que origina la desgracia con su desafío al dios, no la mujer. Esta última, Pandora, tan solo asume el cometido que ha previsto Zeus como expiación de la bravuconada masculina.

Por su parte en el mito de Adán y Eva, podemos observar como el hombre se somete sin más pretensión a la buena vida, la ausencia de esfuerzo y la asunción de su libertad, mientras que Eva, tentada ciertamente por la serpiente-demonio, osa, tal vez por curiosidad, tal vez por deseo de saber qué esconde el fruto prohibido, seducir al hombre, nuevamente cercenado por la intensidad de sus pasiones, para ejercer su libertad y descubrir por qué ese fruto prohibido le provoca quizás miedo a Dios. Es el árbol del conocimiento, de la sabiduría. Y el saber comporta dolor; en cuanto no es lo mismo habitar el mundo desde la ignorancia y la despreocupación de quien tiene vetado el desarrollo de su capacidad inteligente, que estar en él con la conciencia de dónde nos hallamos. Quizás el Edén no es más, en el fondo, que el símbolo de que solo lo ignoto nos permite vivir sosegadamente, y que cuanto más sabemos del mundo más infelices y atormentados vivimos.

Así, tanto Pandora como Eva, pueden ser vistas como el anticipo de la muerte de los dioses, porque cuando los humanos se proponen ejercer su libertad, el poder de la divinidad se va difuminado, o, como aseveraba Mainländer, Dios se suicida diseminándose en los individuos humanos, que siguiendo los mitos mencionados, asumen su relativo poder tomando conciencia de sí mismos y gracias al coraje de la mujer que, al no estar dominada por sus pasiones, es capaz de destapar y desvelar lo divinamente prohibido.

En síntesis, esos mitos o alegorías que pretendían mostrar que la condición humana se vuelve equívoca, con la aparición de lo femenino, al devenir seres indefinidos entre las bestias y la divinidad, pueden ser revelados ellos mismos como ambiguos y leídos hoy, tal vez, desde una perspectiva diacrónica que nos permite entender que la debilidad del varón y su sometimiento a las pasiones puede hallarse alegóricamente también en el origen de este mundo de dolor y sufrimiento que la humanidad -hombres y mujeres- ha ido generando.[2]

[1] Tanto en la “Teogonía” como en “Los Trabajos y los días”
[2] Otra propuesta de análisis que compara ambas figuras: Pandora y Eva. https://www.tendencias21.net/crist/La-Eva-biblica-y-la-Pandora-griega_a158.html

 

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