Contra la indignidad de los cristianos (Nikolái Berdiáiev)

Mi fe ha pasado por el crisol de la duda (…)” “Los cristianos no pueden formar parte de los que violentan el espíritu”.  Estas frases pertenecen al escritor ruso Nikolái Berdiáiev (1874-1948) un paladín de la libertad religiosa y de la conciencia. Enemigo del zarismo, militó de joven en el socialismo, aunque acabó perseguido y denunciado por el gobierno bolchevique que lo empujó al exilio francés.  Enemigo de reaccionarios y materialistas, se convirtió en 1905 al cristianismo ortodoxo. Sus escritos han llegado hasta nosotros como una antorcha que ilumina la historia del pensamiento europeo contemporáneo. Defensor de una urgente reconciliación entre fe y razón, desechó con inquebrantable repugnancia cualquier fórmula política y religiosa de carácter autoritario, así como la unión de la Iglesia y del Estado.

¿Pero y cómo se veía a sí mismo Nikolái Berdiáiev? Sí, dejemos que hable el pensador ruso… “Me considero librepensador y creyente”. “Yo soy hijo de Dostoyevski”. En mi opinión, es un privilegio poder leer a este hijo de Rusia, ese cosmos lejano y oriental de la civilización europea. “Contra la indignidad de los cristianos. Por un cristianismo de creación y libertad” es el título de una breve recopilación de cinco ensayos, traducidos recientemente al castellano y publicados por la editorial Sígueme.

La esencia del pensamiento de Berdiáiev podría resumirse en una idea: “Cristo es la libertad”.

 “No bajaste (de la cruz) porque no quisiste tampoco esclavizar al hombre con un milagro, anhelabas una fe libre, no milagrosa. Anhelabas un amor libre no el servil entusiasmo del esclavo ante un poderío que le atemorizara de una vez para siempre”.  (La leyenda del Gran Inquisidor, Los Hermanos Karámazov, Dostoyevski

Ante esta provocación para la razón y la libertad del hombre, el pensador ruso lamenta “el drama de la historia cristiana”, a la que mira sin tapujos, reconociendo los abusos cometidos por la Iglesia católica romana y la Iglesia ortodoxa a lo largo de la historia. Desde Constantino, pasando por las cruzadas y la Inquisición, hasta nuestros días.  Así, Berdiáiev rechaza con total convencimiento, tanto la idea de una Iglesia sometida al Estado, como la de una Iglesia que somete al Estado para “cristianizarlo”. Y combate con ferocidad el recurso a la violencia física, psíquica y espiritual en el nombre de Cristo. Que como diría Julián Carrón es: Belleza desarmada. “Hemos olvidado a Cristo por culpa de los cristianos” afirma con dureza Berdiáiev.

Ante esto uno puede preguntarse… ¿Es entonces necesaria la Iglesia? Aquí el pensador ruso, influido por Vladimir Soloviev, considera que a pesar de todo sí que es necesaria, y apela al principio de la divino-humanidad. Este considera que las Iglesias (romana y ortodoxa) forman una “unión misteriosa de lo divino y lo humano”. Lo que genera la tensión entre dos fuerzas sobrecogedoras que no se excluyen: la acción del hombre a través de la libertad, y la acción de Dios a través de la Gracia.  “Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios”, decía Ignacio de Loyola. La Iglesia sería por lo tanto un instrumento, una compañía, que como diría Luigi Giussani en Por qué la Iglesia, lanza generación tras generación, y desde los orígenes, la siguiente pregunta: Pero… “¿Quién es realmente Cristo?”.  Pregunta que permanece viva como una llama  que no muere, tanto cuando “lo divino ilumina lo humano, como cuando lo humano desnaturaliza lo divino” en palabras de Berdiáiev.

Entonces podemos preguntarnos… ¿No es mejor que la Iglesia se limite a  los puros y a los perfectos? Berdiáiev responde que no. “La Iglesia existe para los pecadores y los imperfectos”. Para secundar esto el escritor ruso retoma la idea de la divino-humanidad. “Cristo es hombre-Dios y no Ángel-Dios” asegura. Es decir Cristo no rechaza la fragilidad de la carne. Decía Christian Bobin que: “El diablo detesta la materia tanto como a Dios. Su verdadera naturaleza es el angelismo”. Nikolái Berdiáiev también repudia la pesadez y el aburrimiento que genera un cristianismo que solo mira las formas y no el fondo del corazón. Además, critica duramente la interpretación que hace de la religión cristiana su compatriota León Tolstoi, al que acusa de defender un “moralismo abstracto” que no necesita ni de Cristo ni de la Gracia.

Por otro lado, Berdiáiev se aleja de los cristianos que fanatizándose, adoran de manera irracional a Dios como si fuera un “déspota del Oriente”. Ante esto el pensador ruso apuesta por una reconciliación de fe y razón. Así, propone una “razón iluminada” que supere el fanatismo religioso y la disociación entre Dios y razón consolidada durante la Modernidad. Muy influido por su querido Dostoyevski, Berdiáiev simpatiza con los pobres y lamenta la falta de sensibilidad de muchos cristianos ante la injusticia social y la explotación del hombre por los ricos y poderosos.

El pensador ruso propone así un cristianismo de creación y libertad. “Ya sea carpintero o filósofo estoy llamado por Dios a la construcción creadora” porque “sin creación no hay persona”. Berdiáiev influyó en la articulación del personalismo de Emmanuel Mounier con el que fundó la revista Esprit. Así, el escritor ruso arremete contras ciertas fuerzas clericales, que atacan o desprecian la creación humana por considerarla opuesta a la salvación. Lo que conduce a cargar sobre los fieles la losa de la “humildad decadente”, que impide el crecimiento personal y encadena el espíritu.

En definitiva, Nikolái Berdiáiev pide a los cristianos que no se retiren del mundo. Y les llama a participar de un “renacimiento eclesial creador” que defienda la cultura espiritual y luche contra el autoritarismo, la deshumanización y la barbarie. Porque cree firmemente que la religión cristiana, si no se olvida del rostro de Jesús de Nazaret, es portadora de “una fuerza creadora inagotable” como “religión cósmica y social” que es. 

(Este artículo es una reseña publicada originalmente en la revista chilena de antropología y cultura cristianas HUMANITAS y en la revista digital española DEMOCRESÍA. Se reproduce aquí con el permiso de su autor)

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