El rebrote filosófico en el caos pandémico

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La concepción del mundo y del humano está arraigada en cada pensador en parte por su experiencia, que se percibe lingüísticamente conformada por aquellos discursos que ese sintiente reconoce como propios -aunque sean ajenos-, y asimismo en la literatura filosófica que ha sido capaz de dar cuenta, de manera comprensible, no solo de lo fenoménico si no de “cierto sentido” trascendente de lo experimentado.

No es, por supuesto, en absoluto azaroso que uno elucubre bajo unos paradigmas u otros.

El hecho de existir que solo adquiere forma cuando, auxiliados por nuestro logos, nos escindimos y fluye la autoconciencia, constituye en sí el primer problema al que nos enfrentamos. La existencia se produce por un suceso biológico que nos arroja al mundo, como un fenómeno más. Pero, en el momento en que nuestro desarrollo nos brinda la autoconciencia la afluencia de lo problemático es permanente.

Existimos de alguna manera por azar, pero, una vez realizados, somos individuos con una carga de la que no podemos zafarnos. Ese existir de un ser, que ya no es un elemento disuelto anónimamente en el mundo, debe ser afrontado porque los humanos no podemos permanecer tan solo por el sortilegio biológico vegetativo. Nuestra condena es ese yo, esa alma, esa mente que se desgaja de lo corpóreo y se siente otro, necesitando entender de qué va este juego macabro y alucinatorio que es la existencia.

En términos hegelianos ese desgarramiento de la conciencia, como oposición y exclusión de lo otro, se torna en una guerra a muerte hasta que el reconocimiento dialógico posibilita que el sujeto se sienta libre, en cuanto esa dialéctica ya no es cósica ni excluyente del uno respecto al otro.

Es decir, la existencia se torna problemática con el surgir de la autoconciencia y esta a su vez exige un reconocimiento de la alteridad como los seres que somos. Mas, ¿queda nuestra angustia apaciguada con ese reconocimiento?

Diría que no, precisamente porque siendo testigos de otros que como yo nos hemos hecho conscientes del existir, ahora necesitamos apropiarnos de él, de tal forma que esa nada que parece envolver al sujeto y anida en su interior se torne sentido, significado, fin. La cuestión del sentido es crucial porque solo con él podemos minimizar la nada y la angustia que de ella se deriva como sustentaba Heidegger. Ahora bien, no hablamos de un sentido necesariamente trascendente o casi mistérico, sino de aquel al que podemos aferrarnos -sea de la naturaleza que sea- para no simplemente sustentar el existir, sino para que este además devenga vivir.

La escisión entre existencia y vida es paralela a la de lo corpóreo o material y la autoconciencia o el alma, o la mente. La diversidad de términos para referirnos a esta singularidad de los humanos respecto de otras especies no debe descentrarnos de lo nuclear: le demos los matices y las connotaciones que sean a un concepto en relación con otro, nos referimos al mismo fenómeno experimentado, el acontecimiento de la conciencia de existir y, por ende, la necesidad de dar respuesta al para qué.

El para qué es lo incierto y enigmático que exige una respuesta, porque sin ella, vivir, experimentándolo como algo valioso y deseable no es posible. Nos limitaríamos a vagar como zombis -muertos vivientes porque biológicamente estaríamos vivos- cubriendo las necesidades de subsistencia; impelidos por el impulso natural de sobrevivir que posee cualquier ser viviente, pero cuando esta batalla haya sido lidiada y vencida nos veremos abocados a un abismo, un vacío que mentalmente nos interpela y que o llenamos de sentido o la vida, como dignidad, se disuelve, desembocando en la pregunta camusiana  de ¿Por qué no me suicido?

Cuando un sujeto logra dar una respuesta válida a la pregunta fundamental, podemos decir que ha dado con su sentido existencial y ese hito le proporcionara el lujo de vivir.

Hay muchos seres humanos que urgidos por su perentoria situación de subsistencia no tienen espacio mental para formularse ni responder a esta cuestión. Bastante ocupados están existiendo. Pero también, y de esto no se apercibieron ni Schopenhauer ni Mainländer, hay humanos que, azotados por esta urgencia de subsistir, se preguntan si vale la pena continuar biológicamente vivos para llegar simplemente a existir, sin encontrar una razón que justifique tanto dolor.

Y aquí alcanzamos el otro elemento del binomio dolor/sentido. Quizás porque hay dolor exigimos un sentido que nos aliente en esta dicotómica hazaña.

Nietzsche es, a mi juicio, el filósofo que con más consistencia y realismo ha afrontado el problema del dolor humano. De hecho, en el origen de la cultura occidental cree atisbar un miedo al sufrimiento por parte de los humanos que es utilizado tendenciosamente por lo que Marx denominaría ideologías para construir relatos que legitimen el dolor como paso previo a un bienestar eterno. De esta manera lo que hacen es menospreciarlo y expulsarlo de lo que es el auténtico vivir como un tránsito indeseable pero necesario para alcanzar la vida plena. Aquí se inaugura el desprecio del dolor por parte de Occidente y, por ende, la negación de lo que en sí es la vida.

Para el filósofo alemán la vida solo puede darse como un binomio inseparable de dolor y placer. Quien quiere vivir afirma la vida tal y como es, en su aspecto más doloroso y en el más placentero. La voluntad es ese querer vencer y sobreponerse a lo otro, siendo capaces de mirar de frente lo doloroso y sostenerlo sin sucumbir, al igual que apasionándonos sin limites con lo placentero. El problema consiste en que ha sido el aspecto doloroso aquel que se ha negado como propio de la vida, provocando que los individuos lo padezcan y se compadezcan de esa suerte. Pero, como decíamos anteriormente, solo afirmando dolor/placer como elementos consustanciales de la vida, estamos queriéndola y afirmándola en su ser, dinámico y que fluye continuamente de un aspecto al otro. De aquí que vivir sea el sentido, que no precisa de ningún significado exógeno que la dignifique. Aquel humano capaz de masticar el dolor y sentirlo con la satisfacción de superarlo es asimismo capaz de danzar de alegría y placer, y de aceptar que quiere la vida por sí misma, sin sentidos trascendentes y asume la ya consabida muerte de Dios como el destino inherente a la cultura enferma occidental, que Nietzsche vislumbra como el acontecimiento necesario para que pueda surgir el nuevo hombre. Un humano que no padece los temores de aquel sometido a Dios, si no que liberado de esa falacia se apodera de sí mismo y se sitúa en el nihilismo. Este último no es algo deseable en sí, es un acontecer implícito en el origen de la cultura occidental y que solo el nuevo hombre será capaz de afrontar activa y positivamente. El resto se anegarán de vacío y sucumbirán a una deidad diluida y ausente que los llevará a un pesimismo y pasividad que no les permitirá vivir.

Establecido el marco desde el cual interpretamos el mundo ¿cómo podemos entenderlo en una situación de pandemia global que ha supuesto un cataclismo inédito para las sociedades que creían estar bien asentadas? Aunque, cabe decir que, este anclaje era posible para una minoría selecta que se nutría de las condiciones de vida precarias de una gran mayoría – asimismo es preciso explicitar que el concepto de “precariedad” es relativo al contexto socioeconómico del que se habla-

En primer lugar, considero imprescindible clarificar que la Filosofía no es una disciplina con el poder de predecir futuribles y hacer prospecciones, más cuando nos hallamos inmersos en una coyuntura de la que difícilmente podemos sustraernos, y adoptar la distancia crítica imprescindible para analizar con cierto rigor crítico cómo y en qué dirección marcará el porvenir este caos sanitario, económico y social que vivimos a nivel mundial.

La honestidad en este sentido entiendo que debería ser el punto de partida. Así, ateniéndome a las limitaciones que implica ser sujeto activo y pasivo del acontecer actual, sostengo que se hace más necesaria que nunca una actitud escéptica ante el flujo de información desgajada, contradictoria y a menudo distorsionada por voluntad propia. Esta duda metódica a lo cartesiano, es decir preventiva y no paralizadora, puede ser importantísima para protegernos de las manipulaciones opináticas que caracterizan las supuestas democracias actuales.

Esta desconfianza de la multitud de fuentes de información debe ser una profilaxis que garantice las condiciones óptimas para repensar el mundo y al hombre. Una primera lección que podemos extraer es que no somos esos dioses sustitutos de Dios que mediante la ciencia y la tecnología podemos doblegarlo todo. Las investigaciones sobre la COVID19 que se han llevado a cabo han sido hechas públicas rompiendo todos los filtros que regulaban la actividad científica hasta ahora. Por un lado, con la supuesta intención de compartir en la comunidad científica con agilidad cualquier hallazgo local que pudiese servir a otros, pero con el inconveniente resultante de que franqueados los protocolos que garantizaban la fiabilidad científica poseemos una diversidad importantes de estudios parciales y poco rigurosos que se contradicen entre sí, y que a la postre han generado una situación de desconcierto e incertidumbre que nos hacen pensar que el esfuerzo hecho ha servido de poco. El primer responsable de esta avalancha de hipótesis, sin contrastación fiable, ha sido la OMS, evidentemente; pero parecía responder a una urgencia político-social que exigía a la ciencia respuestas rápidas que pudieran revertir en protocolos sanitarios útiles. La lástima es que, como se suele decir, lo urgente es enemigo de lo importante, y hemos sucumbido aceleradamente a la angustia y el miedo que suscitaba la situación ¿Sabemos realmente mucho más de la COVID19 hoy? Parece ser que seguimos rectificando continuamente lo que creíamos saber, lo que da lugar a la sensación, no demasiado desacertada, de que en definitiva “no sabemos casi nada”, y quien parece saber más – La China, por ejemplo, se lo guarda- Así es que, un baño de humildad al humano que será beneficioso para intentar no confundir quiénes somos y hasta dónde podemos llegar.

Una segunda cuestión creo que fundamental es responder a la pregunta sobre cuál es el auténtico origen del virus, que debería seguirse de una explicación del porqué este se ha descontrolado como una pandemia que nos supera, hoy por hoy, en oposición a otros coronavirus. El resfriado o la gripe común, que son coronavirus, forman parte de nuestra cotidianidad estacional que controlamos sin que paralicen el curso normal. Cierto es que la gripe somos capaces de atajarla anualmente con una vacuna adecuada a la cepa de turno. Pero ¿Qué tiene este virus de distinto, peculiar que no damos ni tan siquiera con un tratamiento eficaz? Tal vez, la segunda pregunta este estrechamente ligada al origen del virus, para ser más precisos, si ha sido natural -dentro de lo que hoy podemos concebir como “natural” ha sido un virus de laboratorio fugado o escampado a propósito. Entiendo que por mucho que califiquemos estos supuestos de teorías conspiranoicas, es urgente responder con prontitud y transparencia a estas cuestiones, precisamente para acallarlas -o no-.

Estas dos primeras consideraciones muestran que estamos atrapados en esa era de la posverdad, en la que lo verdadero es lo que interesa mostrar como tal y que revela lo que ya anticipó Nietzsche: que la verdad no es más que la perspectiva y, en consecuencia, el relato impuesto por los que dominan y que imponen como válido para someternos -esa manifestación de la voluntad de poder en la ciencia, la política, …-

Habiéndonos aproximado a una cierta delimitación del panorama actual ¿qué resta de esa disociación entre existencia y vida? Diría que sigue vigente lo nuclear, existir para subsistir no satisface las necesidades propiamente humanas. O sea, sobrevivir a una pandemia en el marco de un mundo sin horizonte y sin otro valor que el económico, incluso por encima jerárquicamente de la vida misma, no es alentador ni propicio para que nos aferremos, una vez superada la primera reacción marcada por el instinto de supervivencia, a la existencia.  Si las políticas se reorientan a velar por antes por la economía que por la salud estamos bien desnortados. Y que conste que no me sitúo al margen de ese mantra ya casi popular de que nos morimos del COVID19, o nos morimos de hambre, porque así es tal y como funciona el sistema para la gran mayoría de la población mundial. Mi desazón es, si realmente la vida es un valor prioritario ¿no es posible readaptar el sistema mundial de distribución de la riqueza para preservarla? Como la pregunta no deja de resultar un ramalazo utópico, la respuesta parece obvia.  Pero las consecuencias también: si la población solo puede aspirar a subsistir -o a existir- su capacidad de soportar una existencia indeseable puede precipitar los suicidios, los abandonos, la dejadez, esperando que suceda “lo que tenga que suceder”, y tan solo la élite protegida sobrevivirá para replantearse el sentido sin el cual no podemos querer la existencia por mucho tiempo; o acaso algunos restarán engullidos por la insulsez del materialismo vacuo.

Hay estudios que demuestran que el mayor número de suicidios se perpetran por ciudadanos de países de ingresos bajos y medianos[1], que no consiguen realizar lo que en su entorno social, cultural y económico se muestra como el patrón deseable de vida. Efectos colaterales de una sociedad neoliberal capitalista.

En síntesis, desearía recalcar la idea de que la existencia es subsistencia y dolor en el fango de una pandemia, que aspiramos a expeler radicalmente de nuestro hábitat con el anhelo de reconvertir ese existir en vida, en un estado que pueda ser querido por considerarlo valioso.

Acaso hasta ahora tan solo, como humanos, hemos ido reafirmando la tesis de Mainländer de que la humanidad es el suicidio de Dios, en cuanto esta surge cuando Dios opta por abandonar su estabilidad ontológica y fluir disipándose progresivamente en esa multiplicidad de individuos que, finalmente son seres para la muerte.

[1] Informe anual de la OMS setembre de 2019

3 thoughts

  1. Nos planteas temas profundos. Difíciles de abordar desde lo limitado de nuestro conocimiento. Vamos dando golpes de ciego, en lo individual y en lo colectivo, y el avance es demasiado lento. La única pregunta importante es para qué vivimos. Sin embargo, hoy en día la cuestión fundamental ha derivado hacia el cómo vivimos. Mientras estamos distraídos en ese asunto fundamental para el modo de vida moderno dejamos arrinconada la pregunta esencial, para qué vivir.
    No deja de ser curioso el tema del suicidio, pues este ya no se circunscribe únicamente en sociedades pobres, asistimos en la actualidad a un aumento progresivo en la tasa de suicidios en las sociedades del bienestar más avanzadas, países nórdicos y Japón, principalmente.

    Preguntas: ¿no es posible readaptar el sistema mundial de distribución de la riqueza para preservarla?
    Creo que se debería afrontar la cuestión de la economía desde otra perspectiva. El sistema económico es un invento humano, en otros seres vivos no existe tal cosa, solo la supervivencia y el vivir. Como tal invento se tendría que contemplar la posibilidad de modificarlo y/o suprimirlo. Somos prisioneros de un sistema arbitrario que solo causa desequilibrio, y del cual somos los únicos creadores (no busquemos una solución a lo Deus ex Machina). Observando la situación desde fuera, intentando no ser parte comprometida, entenderíamos lo absurdo de cualquier crisis económica. El dinero no se come, no se planta, es solo especulación, fraude y sistema de control de masas. El día que nos falte comida porque no ha habido suficiente producción se podrá hablar de crisis, mientras tanto es ilegitimo llamar crisis a este despropósito de sistema económico. ¿Por qué no se condonan todas las deudas, borrón y cuenta nueva? Porque no interesa, las reglas del juego son impuestas por una minoría para aprovecharse de la mayoría silenciosa, obediente y esclavizada. Nadie está dispuesto a perder su ración de confort, inevitablemente nos abocamos a un doble final. Un final sistémico y el final de nuestra especie (verdadera depredadora de todos los recursos naturales) y quizá, también, la pandemia no deja de ser una cruel metáfora de esta absurda manera de vivir.
    Abandonamos las cavernas y el fuego, la caza y el misterio de la noche, para perder la libertad.
    ¿Acaso somos más inteligentes que nuestros primeros ancestros?

    Un cálido abrazo

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