EL CLÁSICO PAVOR A LA LIBERTAD

Por Ana de Lacalle

Una gesta encomiable esta de sobrevivir en un laberinto de incertidumbres confundidas con embelecos urdidos miserablemente. Carecemos de criterio para discernir entre los falseamientos, probabilidades, hipótesis aventuradas o aseveraciones altamente contrastadas. Y en esta amalgama de ignorancia que nos somete al arbitrio de las autoridades legitimadas para pronunciarse en relación con la pandemia, nos sentimos arrasados por el desconcierto de las contradicciones, las malas intenciones y las manipulaciones amagadas tras intereses político-económicos.

¿Qué papel jugamos en este gran teatro calderoniano del mundo? Somos irrelevantes piezas que constituyen un conglomerado pétreo, fácilmente trasladable de un embuste a otro. Víctimas, paradójicamente responsables, de nuestra pasividad ante el espectáculo mundial que se escenifica ante nuestra vista, carente de mirada.

Y cual bultos inánimes que han sucumbido, sin oposición ni resistencia alguna, a la pantomima recreada infinitamente, dentro de nuestra finitud, experimentamos una especie de eterno retorno de esa actitud sumisa que otorga el poder, no a quien lo merece sino a quien lo quiere. Los otros, nosotros, hemos desistido por pavor a semejante responsabilidad y nos regocijamos en un victimismo deseado por comodidad.

Así va el mundo, unos ruedan cosificados por desentenderse de él, y otros ávidos y sin miedo de atesorar poder, lo acrecientan; y asumen la bestia en la que se han convertido por dialéctica natural contra los frágiles voluntarios. Unos sin los otros no existirían ya que la polarización no cabría, pero adoptando estas actitudes antagónicas todo se sostiene en un equilibrio de injusticia; y es que el escándalo acaso resida en que cada uno asume el rol que anhela, no por convicción sino por falta de êthos y sustancia.