“Ese silencio exigente”

El derecho a tener tiempo para leer en un ambiente de silencio que permita la concentración y la reflexión era lo que la escritora y activista Carolina Coronado reclamaba como camino a la igualdad.

Ahora que se cumplen 200 años de su nacimiento, la escritora Carmen Ibarlucea ha querido rendirle homenaje, en medio de una pandemia mundial, haciendo eso que se hace a solas y que también requiere óptimamente un silencio exigente. Aunque sea interior. 

Yo, como persona cercana a la autora, la he visto escribir sus libros en medio de risas y carreras, rodeada de una infancia creativa y autodeterminada que es a la vez paz y disfrute, cuando la presión de su cuidado es compartida y no exclusiva. Dice Carmen, que la capacidad de concentración va unida a la capacidad de delegar, y también a la plena conciencia de tener derecho a la gestión del propio tiempo. 

Este año, también ha cumplido 200 años Concepción Arenal, otra imprescindible que aparece en el libro de Carmen. Dos mujeres muy diferentes, que compartieron un tiempo y una visión del mundo, que afrontaron juntas, sin ser amigas, los desafíos de su época, y que nos dejaron abiertos múltiples caminos para la desobediencia. 

“Ese silencio exigente” no es un libro premeditado. Es una respuesta urgente ante una situación inesperada. Carmen había planificado celebrar como se celebraba antes del Covid. Celebrar en presencia, estos dos natalicios, y también los cien años de nostalgia que le dejó en el alma la muerte de Benito Pérez Galdós, su primer amor adolescente, desaparecido del mundo cuarenta y seis años antes de que ella naciera. Sí, es esa una historia que daría para una saga de romanticismo fácil de las que triunfan en televisión, pero al que ella es reacia, porque sabe que pese al pensamiento avanzado de un hombre, siempre pesan los prejuicios y no olvida los argumentos machistas que esgrimió como excusa para romper su relación con Emilia Pardo Bazán. 

El confinamiento inesperado, llegó justo después de la vorágine emocional que significa un 8 de marzo, con sus asambleas, debates, discusiones acaloradas con otras personas y con nosotras mismas, porque el diálogo interior es el más doloroso de los diálogos. El confinamiento, las muertes en soledad, el apremio por hacer que la vida valga la pena, todo eso hizo nacer estos tres relatos que son, sobre todo, un deseo de hacer justicia.

Quizás, querida persona lectora, no te vas a dar el tiempo de leer la biografía de Concepción Arenal que magistralmente nos regala Anna Caballé, pero puedes atreverte con un relato breve como “Una infancia feroz” para entender una infancia llena de dolor, de incomprensión, de soledad, pero llena también de libertad en medio de la naturaleza, en ese precioso enclave de los Picos de Europa que es Armaño (Potes), donde se fragua la esencia amorosa y disciplinada de una mujer que sin salir del territorio español, influyó en el sentido de la justicia del mundo. 

Y compartir los miedos y las risas, en “Un salón acogedor”, de una pareja que sabe, que siendo a la vista del mundo una pareja heterosexual y normativa, viven en la certeza de que es ella quien va a pasar a la Historia con mayúsculas, porque es ella la que más arriesga, la que abre caminos, la que pese a la zozobra, el rechazo, el desconcierto, se atreve a ir por el mundo a pecho descubierto mostrando que las lecturas desordenadas de una persona sin escuela, dan frutos tan buenos y sabrosos como las mejores universidades. 

Es curioso, pero este libro de relatos, sin quererlo es también un homenaje al deseo de saber de dos mujeres que pasaron sus infancias lejos de las escuelas, y que se acercaron a los libros porque en sus familias, el amor a saber estaba al alcance de la mano que se les tendía con ternura. 

El tercer homenajeado, el más joven, es el más famoso, el de acceso más fácil para cualquiera que se educa en la lengua castellana. Benito Pérez Galdós, es sin lugar a dudas el más celebrado. Aunque seguramente a nadie se le ha pasado por la cabeza que una adolescente, que suspende todas las asignaturas sistemáticamente, incluidas la religión y la educación física, vaya a encontrar el refugio imprescindible de un alma gemela en un escritor muerto cuarenta y seis años antes de que ella naciera. Y ese es el caso de la autora de estos tres relatos. 

Se ha escrito mucho sobre Galdós, sobre su obra, sobre sus posiciones políticas, sobre su influencia en la vida pública, incluso sobre su promiscuidad sexual, y sin embargo pocas veces nos hacen caer en la cuenta de su capacidad para amar a los animales, para introducir en su vida cotidiana ese amor y ese respeto. 

Carmen Ibarlucea se ha sentado a escribir, porque en este caso el Covid no la ha dejado recorrer el territorio conversando sobre tres personas claves en su vida, que comparten con ella el activismo por los Derechos Humanos, el amor y el respeto por las vidas, y que se declararon hace mucho tiempo, cuando era más difícil aún que hoy, antitaurinas. Sí, se ha sentado a escribir para darles las gracias y nos lo ofrece en un libro, para que cobren vida en nuestra mente, para que quienes no sufrimos la dislexia, podamos gozarla.