Pensamientos en voz alta

Dice Hannah Arendt que la comprensión “es el modo específicamente humano de vivir”.

Si estamos de acuerdo con esta idea, podremos percatarnos de que en la época “líquida” en que vivimos, lo menos popular es precisamente la comprensión. Comprender significa también poner un límite, delimitar, lo que se opone a la idea del líquido, es que es más bien amorfo.

Tal vez no sea un defecto de nuestra época, tal vez este fenómeno de la falta de comprensión es tan viejo como la especie humana, como nos lo sugiere Platón en la Apología de Sócrates.

Sin embargo, creo que a cada época le toca dar su batalla por una humanidad más humana, valga la redundancia. Y es que, como decía Goethe, aquello que hemos heredado, en este caso nuestra humanidad, hemos de ganarlo para poseerlo de verdad.

Pues bien, el tema que nos ocupa hoy es la comprensión y aquello que se opone a la comprensión.

La creencia

En estos días de pandemia y convulsiones electorales en Estados Unidos, me ha llamado la atención la polarización de la sociedad estadounidense y los argumentos que, particularmente de un bando, han tratado de descarrilar la democracia.

Durante las campañas electorales ha habido una serie de acusaciones sin fundamento sobre fraude y descalificaciones contra grupos raciales que han llevado a aseveraciones que distan mucho de corresponder con la realidad.

Pero al buscar un poco qué impulsa a hombres y mujeres a sostener aseveraciones inverosímiles me he topado con una palabreja que hace algún tiempo revolotea en mi cabeza: la creencia.

Ortega y Gasset ha dicho que la creencia es una especia de idea fundamental que “nos tiene” más de lo que nosotros la tenemos a ella. Las creencias son convicciones profundas y arraigadas en el espíritu humano que condicionan nuestra vida.

Y el desafío titánico es atrevernos a poner en el banquillo a nuestras creencias para confrontarlas y cuestionarlas.

Es un desafío titánico, digo, y, además impopular, porque incluso a la sociedad de Sócrates no le gustó que le removieran sus creencias. La gente suele estar muy cómoda “en” ellas y algunos incluso pueden llegar a matar o morir “por” ellas (pregúntenselo al mismo Sócrates).

El dolor

La cuestión es que muchas creencias de nuestra época nos están llevando a un estilo de vida destructivo en donde el dolor tal vez sea el único reducto que nos permite cuestionarlas.

Esto no quiere decir que toda creencia sea condenable. Al contrario, hay creencias perfectamente razonables y encomiables (tengo, por ejemplo la creencia de que el cristianismo, a pesar de las imperfecciones de los cristianos, es una bella respuesta a la exigencia de felicidad humana).

Más bien, la mirada la dirijo hacia aquellas que literalmente nos están matando (un ejemplo de ello es no seguir las pautas de distanciamiento en la pandemia o el uso de la mascarilla o cubrebocas) o que están aniquilando valores que nos ayudan a vivir, como la imperfecta democracia.

Así visto, el dolor, que rechazamos a toda costa, tiene una función existencial fundamental: poner en tela de juicio nuestras creencias y la vida que hemos construido sobre ellas que ha devenido en insatisfactoria.

Pero no nos confundamos. No se trata de destruir las creencias, pues esto no es posible, o al menos no lo es de una sola vez.

Las creencias, cual si fueran seres vivos, tienen un ritmo de vida y si bien hay casos en donde ha habido cambios radicales en un sistema de creencias, éstas solamente mueren cuando muere el sujeto en que habitan, como evidenció Thomas Kuhn en su análisis sociológico de las revoluciones científicas.

La tarea

Ante todo, debemos reconocer su existencia: las creencias existen, pero no solo están ahí, como algo ante nosotros, sino que más bien nos “tienen” a nosotros, forman parte de nuestro estar en el mundo. Nos movemos en ellas, nos dan consistencia.

Darse cuenta de ellas ya es un progreso. Luego está la tarea de desapegarnos de ellas, poner un poco de distancia y juzgarlas, atrevernos a preguntar por su consistencia. En este ejercicio puede haber pérdidas, pero estoy seguro de que habrá ganancias.

Desapegarse de una creencia destructiva puede beneficiarnos a nivel individual y colectivo que seguir apegados a ella. Y también nos puede ayudar a afirmar aquellas creencias razonables y que representan un bien para cada uno.

Considero que el examen de nuestras creencias contribuirá a la comprensión de la que hablaba al inicio de esta vociferación.

¿Usted qué piensa de estos pensamientos en voz alta? Me gustaría saberlo. Lo invito a dejar un comentario.