Regalar (el) tiempo.

Para cualquiera muy familiarizado con la filosofía francesa contemporánea, el nombre de Jaques Derrida es un referente ineludible. Este autor ya fallecido, nacido en Argelia, y muy prolífico en su obra escribió, entre otros, dos libros dedicados al tema de la donación: “Donner le temps…” (Paris 1991), es decir, “Dar (el) tiempo” (1995), y casi diez años más tarde otro libro sobre la misma temática, pero en clave más religiosa (o metafísica) llamado “Donner la mort”, (Paris 1999), o sea, “Dar (la) muerte”.

Lo que me interesa comentar aquí son algunas ideas interesantes del filósofo francés respecto de su primer libro. El mismo toma como figura para su hilo argumentativo a la esposa del rey Luis XVI, Madame de Maintenon, que para el profesor y filósofo constituye el ejemplo del “don”. No presentaré aquí toda la lógica del texto, bastante intrincado, por cierto, pero citaré algunas frases que me llevarán a las conclusiones que quiero compartir con el lector. En una parte del capítulo I, se puede leer: “¿Qué puede tener que hacer el tiempo con el don? Queremos decir: ¿qué tendría que ver con él?”. Y más adelante: “En resumidas cuentas, esta mujer dice que al Rey se lo da todo [En una carta que le escribe a una tal Madame Brinon]Pues al dar todo el tiempo de uno mismo se da todo, se da el todo, si todo lo que se da está en el tiempo y si se da todo el tiempo de uno mismo” (El subrayado es mío).

Explico un poco estos fragmentos, según mi interpretación, para el público lego. Una de las ideas fundamentales del autor es que “dar” tiempo no es dar “algo”, pues el tiempo no es una cosa, ni un objeto (incluso llega a decir que “no es nada”). En esto no reparamos cotidianamente, sin embargo, la temporalidad en sí misma no es tangible. De este modo, dar tiempo es mucho más que una donación, en el sentido vulgar de esta palabra, en el sentido de regalo, obsequio. Pues cuando lo damos, lo que estamos dando es “algo” que, en cierto sentido, no se “tiene” (como quien tiene una casa o un reloj). Esta idea, algo compleja creo yo para quien no lee filosofía todos los días, quiere decir en lenguaje fácil que dar tiempo es, como dice la cita del párrafo anterior, “dar de uno mismo”.

Por el contrario, en nuestro idioma usamos la palabra “regalo”, que no tiene ese doble sentido, y en consecuencia tampoco esa riqueza semántica de la palabra inglesa. En un cumpleaños, en Navidades, para la celebración de Reyes, para un aniversario, en español siempre, al menos en Latinoamérica, se usa “regalo”. Y sin profundizar en la filología de este concepto, en nuestro hablar coloquial, todos, especialmente los niños, lo relacionan con un objeto, con algo, con una cosa material. La moraleja de la parábola del psicólogo norteamericano es muy simple, pero muy profunda y muy relacionada, a mi modo de ver, con las disquisiciones filosóficas del francés J. Derrida: que se puede hacer más feliz a una persona dándole (el) tiempo, es decir, dándonos a nosotros mismo en lo que damos.

Esto no significa que a los niños no debamos regalarle este próximo tiempo de Navidad un juguete, o a nuestra esposa en el aniversario de matrimonio unas bellas flores. Pero más importante aún que los objetos que podamos regalarles a nuestros hijos e hijas, o esposos o esposas, será nuestro tiempo, es decir, nuestra dedicación, atención, escucha, algún abrazo, una mirada tierna, un diálogo distendido… Pues, como enseña Johnson tu “presente” es tu “presencia”, eres “tú mismo”. Y la temporalidad de tu yo que se dona transcurre “aquí y ahora”. 

Y esto todos los psicólogos lo saben muy bien: hace más feliz a un niño el tiempo que su padre le dedica a jugar con él, que el juguete que le regala. Dicho de otro modo, si yo le regalo algo y después cuando mi niño o niña me invita a que le enseñe a jugar con él, o incluso, a que participe de su juego, si yo me niego, el niño sentirá, aunque no lo exprese conscientemente, que habrá recibido algo efímero, de pobre significación emocional y al poco tiempo perderá interés por él.

El valor simbólico primordial de un regalo está no en el regalo en cuanto objeto, sino en el “regalador”. Creo no equivocarme si afirmo que su hijo o hija pensará: “tu obsequio me hace feliz no sólo porque sea bello o útil, sino, fundamentalmente, por que eres tú quien me lo has dado”.

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Por eso, y, en síntesis, quiero terminar dirigiéndome a las madres y a los padres: ¡Regálenles tiempo a sus hijos, y con el tiempo, vuestro presente y vuestra presencia! ¡Regálense ustedes mismos, sean revolucionarios en esto! También cómprenle algún autito o alguna muñeca. Pero después, jueguen con ellos a las carreras de autos y a la casita de las muñecas. ¡Pasen tiempo con sus hijos, especialmente durante su infancia! Así estarán criando adultos emocionalmente estables y con una gran capacidad de autoestima. Darse uno mismo con lo que damos es el “presente” más valioso que unos padres pueden ofrendarles a sus hijos. Por eso, y sin caer en el pobrismo, a veces parece mejor andar “algo cortos de bolsillo” para tener poco material para regalar, pero mucho de lo emocional y espiritual que tiene el darnos a nosotros mismos. 

¡Qué pasen una feliz y santa Navidad junto a sus familias y que el próximo año sea un poquito mejor que el que se acaba!