“Vivimos tiempos difíciles”

No hablemos de buenos o malos tiempos. Seamos buenos nosotros y los tiempos serán mejores.

Estanislao E. Card. Karlic. Arzobispo emérito.

Ya hemos pasado la primera quincena del primer mes del año nuevo. El año pasado ha sido muy difícil para todo el mundo, especialmente para las personas más pobres y vulnerables, ancianos, enfermos, entre otros. La pandemia del COVID-19 azotó en todos los niveles, la salud primero, pero también y con el paso de los meses la psicología y el bolsillo. Las economías nacionales cayeron a niveles de hace 60 años por lo menos, dejando a muchos hombres y mujeres, incluso familias enteras, sin trabajo, con pequeñas y medianas empresas quebradas.

Sin embargo, con el cambio de año renacen las esperanzas. “¡Esperemos que el ‘21 sea mejor!”, escuché a muchos suspirar. Otros más dubitativos o escépticos se planteaban: “¿Se acabará el maldito virus este año?”, “¿Irá a mejor la economía?”; y el repetidísimo: “¿Cuándo volveremos a la normalidad?”.

Foto de Sydney Sims en Unsplash

Oí también a algún amigo y leí algunos titulares de “tiempos de crisis”. Muchos periodistas y pensadores se atrevieron a afirmar que este es un “tiempo histórico”, que habrá un antes y un después del coronavirus. Alguien lo resumió con la frase: “Vivimos tiempos difíciles”.

Y como filósofo no pude evitar que resonará fuerte en mi interior la palabra tiempo.

Aristóteles, el Filósofo, como lo llamaba por antonomasia Tomás de Aquino, fue probablemente uno de los primeros en definir el tiempo objetivo (lo que hoy llamaríamos el tiempo físico o expresado científicamente), y, con su capacidad de síntesis extraordinaria lo resumió así: “la medida del movimiento”. En realidad, la investigación que hace el Estagirita sobre el tema en su Física (Libro IV, pto. 219a) es bastante mucho más compleja. Allí dice textualmente: “Por consiguiente, el tiempo es o un movimiento o algo perteneciente al movimiento. Pero, puesto que no es un movimiento, tendrá que ser algo perteneciente al movimiento”. Es decir, el Filósofo, no identifica tiempo con movimiento, pero asegura que tienen que tener algún tipo de relación.

Con esta cita y aclaración algo intrincada no intento complicarle la vida al lector ni hacer alardes de erudición libresca, si no en todo caso, hacer notar que ya el discípulo de Platón intuye que en la conceptualización del tiempo no podemos dejar de lado el “polo” subjetivo, es decir, la percepción de aquello de lo que hablamos. No obstante, habrá que esperar varios siglos para leer consideraciones más subjetivistas acerca de este tema.

Uno de los textos clásicos en esta línea y que ha generado un tsunami de opiniones, podemos encontrarlo en el capítulo XI de las Confesiones de San Agustín. Allí el obispo nacido en Tagaste acuñó la divulgadísima frase: “¿Qué es, por lo tanto, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si quiero explicarlo a quien me pregunta, no lo sé” (Libro XI, cap. XIV).  Pues esta ingeniosa disquisición resume una cuestión interesantísima en la que pocas veces reparamos, que el tiempo, como decía Lennon, es “eso que nos pasa mientras estamos haciendo otras cosas”. Y eso que nos pasa, es algo que nuestra sensibilidad no capta como el sol que quema la piel o el rojo de la manzana en la vista. Lo que nos pasa, o debería decir con más precisión lo que me sucede a mí, lo que me acontece. El problema es que siempre, o casi siempre, se habla de “el” tiempo, o de “la” historia. Mientras que, a mi modo de ver, sería más atinado hablar de mi tiempo, de mi biografía. La pandemia, es en este sentido, en realidad, la epidemia desconocida que hay en mi ciudad, o mi pueblo, en mi grupo de amigos, o la enfermedad que me contagié y tumbó 5 días en cama, con dolores por todo el cuerpo y mucha tos. O cuando hablamos del año nuevo, lo mismo. El año nuevo no existe, no llega aún. El año nuevo es el tiempo que yo construiré con mis acciones y mis omisiones. Con mis alegrías y angustias, con mi trabajo y con el tiempo que dedique a mi familia. Con el dinero que invierta bien o con las pérdidas que produzca mi impulsividad por las compras, con el saludo cariñoso al amigo o con la indiferencia al desgraciado.

Muchas veces hablamos en abstracto, con un nivel de generalidad para el tiempo y el espacio que pareciera que lo que acontece, acontece a nivel universal, mientras que en realidad me acontece a mí y sólo a mí, aquí y ahora. Dicho más filosóficamente aún: mi vida transcurre en momentos (o instantes, a los griegos les gustaba hablar de kairós) simultáneos que sólo se unen en la percepción que tengo de ellos (cuando la tengo). En ese sentido, a mi no me gusta mucho hablar de mejor o peor año, si no de un momento bien vivido o un buen día, o de una situación temporal compleja en mi trabajo, familia, salud, lo que fuera.

Por eso este año será mejor (o peor) no si los chinos siguen tomando sopa de murciélago, o si el ébola se salta el océano, o si el dengue se vuelve endémico. Tampoco será mejor si se va Trump, o si las vacunas contra el nuevo virus son efectivas (o no). El 2021 será mejor sí yo, antes que nadie, proyecto en mi agenda, me propongo, intervengo mi conducta y mis emociones para realizar algo bueno a mi prójimo, en mi barrio, para mi ciudad. La escalera se comienza a subir por el primer escalón… parece obvio, ¿no? En resumen, mi año, mi día, mi momento, mi instante será mejor si me hago mejor a mí mismo a través de las cosas ordinarias de cada día… ¿se dice fácil, no?

Y cerramos este artículo con la edificante frase de aquel poema del gran escritor germano J. W. Goethe: “…en el momento en que nos comprometemos definitivamente, la Providencia da el paso también”.