Sobre la compasión

Artículo aparecido en MASTICADORESMENTES por Ana de Lacalle

En nuestra cultura el termino compasión está tiznado de una connotación peyorativa por su versión cristiana. Acostumbramos a entenderla como una pena que nos produce el observar el sufrimiento de las víctimas, y cuanto más nos compadecemos más intensificamos su victimización.

Este es el sentido por el que Nietzsche denostó la com-pasión, el padecer el sufrir del otro, como algo que debilitaba a ambos individuos: el que compadece, porque se contagia de la debilidad del que es compadecido.

Sin embargo, considero imprescindible recuperar unas palabras del último Nietzsche -por expresarlo de una manera comprensible- que rezan:

“No hay egoísmo que permanezca consigo mismo y no se extienda más allá. En consecuencia, no existe en absoluto aquel egoísmo lícito, moralmente indiferente, del que habláis. Constantemente se favorece el propio yo a costa de los otros; La vida vive siempre a expensas de otra vida. Quien no comprende esto, no ha hecho en sí mismo el paso hacia la sinceridad”[1]

Es decir, no hay Vida sin el otro y, por ende, en cuanto ésta es placer y desplacer -no como contrarios, sino el segundo como aquel que posibilita el primero- el estar viviendo, aquí y ahora, implica necesariamente una interacción en la que recibimos influjos placenteros y dolorosos del otro. Aunque sea para favorecer nuestro propio yo, si ambos ejercen esta acción, lejos de debilitarnos podríamos entenderlo como un fortalecimiento mutuo, que opera como un “excitante sobre nuestro sentimiento de poder. El obstáculo es el estímulo de esa voluntad de poder” Ibid. Pg.147. Entendido así, Nietzsche no sostiene, lo que en general se difunde sin atender de manera global a todo cuanto dijo, que com-padecernos sea debilitarnos, si ese padecer con el otro supone un fortalecimiento sinérgico que nos potencia como individuos capaces de integrar el dolor como parte de esa vida, que nos lleva al placer y a la autosatisfacción de poder, sin fisuras, al mismo dolor. Lo que sí denostó, sin ambages, fue la concepción cristiana de la compasión.

Hoy, en las sociedades contemporáneas caracterizadas por una tolerancia baja al dolor, hemos acuñado un término sucedáneo al de compasión, que denominamos “empatía”. (seguir leyendo en blog original)

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