La sociedad: re-conocimiento mutuo y jerarquización

Mientras el deseo, la voluntad y en definitiva el yo se despliega sin oposición no hay alteridad ni conciencia de ella. Diríamos que no hay límites para la expansión del yo, que todo parece “ser yo”. Así, en el momento en que el deseo y la voluntad  notan resistencia, reacción contra su extensión, el yo se apercibe de la presencia de un no-yo que actúa con deseos y voluntad propios. Esta conciencia de delimitación que da lugar a la diferenciación y a la identidad permite el inicio de la interacción.

No hablamos en términos de desarrollo psicológico, sino en términos ontológicos, de tal forma que la interacción entre dos sujetos con identidad propia se establece siempre bajo el pacto implícito de la no agresión y de la confianza en la palabra que sella ese pacto. Partiendo de esa promesa se produce un intercambio y un contraste de deseos, miedos, emociones que suponen un flujo de humanidad fluctuando de un individuo a otro. Este tránsito posibilita el re-conocerse de cada sujeto, re-hacerse y re-fundarse a partir de lo que humanamente ha recibido del otro. Cuando la confianza se arraiga este intercambio se produce sin precauciones ni defensas, de forma continuada y dialéctica. Bajo este apoyo mutuo pueden afrontar el reconocimiento del mundo.

Fijémonos que si las relaciones entre individuos se forjaran en base a promesas que afianzaran la confianza, la forma en que se podría haber constituido la sociedad sería bien distinta. Pero la perspectiva desde la cual analizamos cómo es posible que un sujeto interactúe con otro y tome conciencia de su existencia, algo básico y primario pero fundamental ontológicamente, es sustancialmente diferente de la que podemos adoptar si lo que debemos prever es cómo organizar una masa de sujetos para que convivan en sociedad. La toma de conciencia de sí como sujeto distinto de lo que no soy yo, hace posible la existencia como humano, la vida en sociedad como humanidad.

Parezca lo que parezca, no todo soy yo –obviamente- no todo son los otros y el mundo del que hablamos es un concepto humano. En este sentido, apostar por una filosofía que dé consistencia al sujeto, a la dialéctica yo-otro y la percepción ajustada del mundo para que de todo ello hagamos un re-conocimiento continuo –lo cual implica praxis- es ejercer lo que otros han denominado una filosofía desde las trincheras, mundana y enraizada en las arterias de la vida misma.

Mas esta reflexión sobre el dinamismo de las relaciones humanas debe tener en cuenta que estas se realizan en un contexto en el que a cada sujeto le ha sido otorgado un rol u otro, principalmente a partir de su estatus económico. Este criterio de diferenciación del lugar que ocupa cada uno, en función de su poderío o carencia económica, establece una desigualdad que, aunque pueda no ser de derechos, es de facto de hecho, ya que hay derechos que no pueden ser ejercidos desde una posición de inferioridad.

En este sentido, las condiciones previas de re-conocimiento mutuo pierden toda legitimidad, ya que restan como un resorte teórico que se diluye cuando de manera efectiva se lleva a cabo la vida social. Si la desigualdad que se produce otorga más oportunidades y privilegios a uno que a otros ¿qué tipo de reconocimiento se espera que vincule a los individuos? El a priori presuponía la igualdad de valor de cualquier individuo, mientras que la plasmación de esa dialéctica relacional exige la jerarquización de los grupos de individuos que, en consecuencia, quedan desprovistos de su condición de igual respecto del otro.

En estas condiciones fácticas la construcción de un orden social justo es inviable porque parte en sus cimientos de la necesidad de discriminar roles asociados al poder adquisitivo. Cualquier sociedad que, como afirmaba Rousseau, se inicie con la aparición de la propiedad privada a partir de la decisión individualista de cercar terrenos y apropiárselos está abocada al fracaso como orden justo.