Educar y ser educados.

Ayer hablamos con mi esposa con unos queridísimos amigos que viven en México. Y nos dieron la gran noticia de que, después de siete años de matrimonio, y unos tantos de búsqueda del hijo o la hija, por fin nuestra amiga ha quedado embarazada. ¡Y ya está de 13 semanas!

Cuando nos lo contaron, así con suspenso y de modo bien sorpresivo, nos pusimos a gritar de la emoción. Fue un gran momento. Después me puse a reflexionar sobre lo grandioso y hermoso de ser padres, aunque muchas personas no lo vean de ese modo.

Porque claro, ser padres no es tarea fácil. Y no hay una escuela que otorgue un título de buen padre o buena madre. Y esto es así ya que a ser padres se aprende siendo padres, haciendo la experiencia. No hay otro modo. Evidentemente, en la actualidad (cuando yo era niño también había pero mucho menos, y con menos objetividad científica que ahora) hay muchos libros y teorías sobre cómo educar buenos niños, y de ese modo recibir la etiqueta de “buen padre o madre”. Pero del dicho al hecho hay un largo trecho, dice el refrán. O sea, saber cómo se puede llegar eventualmente a ser un buen padre o madre, dista bastante de llegar a serlo efectivamente. Yo puedo leer una importante cantidad de libros sobre paternidad y maternidad, psicología del hijo, etc., pero tener un hijo o hija y criarlo es otro cantar.

Sin embargo, el tema que yo quería compartir con mis lectores tiene que ver con que ser padres no es tarea simple por una razón de la que, yo al menos, no he leído mucho.

El trabajo de educar a un hijo o hija nos exige salir de nosotros mismos, renunciar a muchos de nuestros gustos, dejar de ser el centro de mi propia vida, comenzar a entender y a hacer “sacrificios” en cuanto a pequeñas (o no tanto) autogratificaciones que nos hacíamos cuando éramos solteros. En definitiva, los hijos o hijas nos sacan de nuestra zona de confort, lo queramos o no. O como me gusta decir a mí, no sólo nosotros somos los primeros educadores de nuestros niños sino que ellos también son educadores nuestros.

Y, ¿por qué? Pues, precisamente porque como lo insinúo en el párrafo anterior ellos nos obligan a ser más desprendidos, desinteresados, más divertidos aunque estamos cansados, más alegres aunque estamos angustiados, e incluso más activos aunque estamos estresados.

Uno de mis hijos, cuando tenía 4 y 5 años, repetidas veces me pedía ir al baño a hacer caca en medio del almuerzo, cuando yo estaba por el segundo bocado de mi milanesa. Mi hija ahora mi pide que la ayude con matemáticas, una materia que nunca me generó mucho atractivo, por lo que me he tenido que poner a repasar algunos temas para poder ayudarla, y sacrificar ese tiempo para mí, para poder ayudarla.

Muchas veces, si queda poca gelatina para comer de postre, naturalmente me quedo sin tomar gelatina para que ellos puedan disfrutar de su postre. Una de mis favoritas son las de la noche… todavía mis dos hijos más pequeños son infantes y se resisten a dormirse sin que les cante una canción tomándoles las manos. Y yo me caigo de sueño, pero entre bostezos, no me queda más remedio que cantarles.Ni que hablar cuando a las tres de la madrugada uno de ellos se levanta llorando y viene a despertarnos porque tuvo una pesadilla. O cuando es fin de semana, domingo, y me levantan a las ocho de la mañana porque están aburridos o quieren tomar su desayuno. Y así sucesivamente.

Podría contar mil anécdotas más de cómo ellos nos templan el carácter, pulen nuestras imperfecciones, nos conminan a ser buenos, a ser cautos con lo que decimos, a comer más frugalmente, a no hablar de más. En resumen, nos obligan a ser mejores; o, lo que es lo mismo, nos educan.

¿Será por eso que hay parejas que deciden no tener hijos? ¿Por no atreverse a salir de su zona de confort? ¿Por el gasto material que también implica criar un niño o una niña? Tal vez… Pero si te lanzas a la aventura de tener un hijo, no olvides que, cuando “te saquen canas verdes” te estarán educando. Porque las personas aprendemos a ser mejores de muchos modos, pero sobretodo, al ser interpelados por otros, especialmente por esos otros que quisimos traer al mundo, y por quienes debemos responder con un compromiso que dura veinticuatro horas los trescientos sesenta y cinco días del año.